La buena literatura es muy sencilla en apariencia: solo necesita construir un mundo medianamente creíble y lógico. No necesita un gran despliegue de originalidad ni rimbombantes momentos épicos: lo único que ha de hacer es poner el lenguaje al servicio de una historia y, por tanto, del lector. La mala literatura es aquella que consciente o inconscientemente engaña al lector: le hace creer que está frente a una historia y, a mitad de camino, lo saca a trompicones de la misma para contarle no sé qué que opina el escritor acerca de un asunto que no tiene la más mínima importancia.

Ser profesor de narrativa en una escuela de escritura creativa es uno de los mejores trabajos que puede ejercer un escritor, siempre que tenga la paciencia y la mano izquierda como para enfrentarse a las dudas, egos, alegrías y decepciones propias y de alumnos. Este trabajo no solo concede la oportunidad de conocer a gente genuinamente interesada en la literatura, algo cada vez más escaso en el mundo de la escritura profesional, sino que le permite pensar sobre el lenguaje y sus usos (y abusos) a diario. Además, el profesor ha de leer atentamente manuscritos y discutir ortografía, composición, conflictos y personajes de relatos; tramas, sinopsis, escaletas… Y con el tiempo logra desarrollar un instinto sobre qué funciona y, más importante, porqué funciona. Empecé a enseñar narrativa en la Escola d’Escriptura de Barcelona hace tres años y he tenido la suerte de tener a unos cuarenta alumnos en mis clases. No parecen muchos, pero me ha supuesto leer más de mil manuscritos en todo este tiempo: mil historias con miles de personajes, mil situaciones conflictivas, descripciones y horas y horas de trabajo de los alumnos puestas al servicio de la ficción. Es justo (y una obviedad) indicar que entre esos cientos de manuscritos he leído joyas que aún recuerdo: la historia de un reloj que se enamoraba de una profesora, el relato de una mujer que perdió a su hijo en el conflicto colombiano, la fugaz relación en los sesenta de una hippie con un dilettante argentino en un hotel de la Gran Vía madrileña iluminado por los neones.

He querido recopilar los cinco signos y dislates que todos los escritores cometemos tarde o temprano y que convierten una historia perfectamente leíble en una idiotez supina. Yo encuentro estos errores repetidos en los manuscritos de muchos de mis alumnos. Por supuesto, ellos son estudiantes y esa es su coartada temporal y por ello se les ha de conceder cierta gracia. En un contador de historias que se precie, estos signos de mala praxis deberían haberse atajado hace mucho antes y a pesar de ello se siguen encontrando incluso en obras consagradas de la literatura, el cine y la televisión.

Estos son los cinco epígrafes que iré explicando a lo lago de esta serie. Podrían incluirse una docena más, pero vayamos poco a poco.

1 – Mi trauma me excusa.

2 – La amable víctima.

3 – Érase una vez un sueño en el que todos estaban muertos.

4 – Un conflicto tan grande como la puerta.

5 – Y el personaje dijo: esto es lo que el narrador opina.