Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Categoría: relatos (página 1 de 3)

Un hombre cae de un edificio, mi nuevo libro.

Gratis. Total.

Algo que decir sobre los elefantes

Nada de lo último que he leído sobre cementerios de elefantes – unas lecturas a las que ni Marlow ni los disidentes hacen referencia y me han llevado a centrar mis lecturas en los aspectos zoológicos de los elefantes naturales – hace referencia a algo así como un instinto animal que empuje a los paquidermos a elegir un lugar tan determinado donde caerse muerto. Es decir, que no está inscrito en su código genético, ni en su conducta animal acudir a un cementerio de elefantes. Se trata más bien de una consecuencia y de una estadística extrañísima. Los elefantes, cuanto más ancianos, más riesgo corren de sufrir deshidratación, por eso duplican y triplican el consumo de agua. Pareciera como si a la senectud le acompañara una urgencia por beber sin que haya una necesidad fisiológica para ello. Como parece que ningún agua calma este deseo, el elefante (natural), comienza a buscar nuevas fuentes, ríos, lagos, charcas donde encontrar otro tipo de agua, un agua que tal vez sí le sacie, sí le proporcione el hartazgo. Desesperado por el ansia, abandona el territorio que habita junto a los otros elefantes, se aleja, sin aviso; vagabundea por los alrededores, solo, perdido. A veces encuentra agua nueva, pero yo veo aquí una metáfora terrible, que es la que me perturba el ánimo: su sed es una sed interior, una sed reclamada por cada una de sus células y de sus órganos y por más que la evite, va creciendo a medida que pasa el tiempo. Por fin encontrará el valle donde los otros elefantes murieron y ante el espectral panorama, le abatirá el desánimo y convencido de que su búsqueda ha sido gratuita, que en realidad estaba muriéndose y la sed era tan solo un preámbulo, se recostará bajo algún árbol y expirará.
Estoy convencido de que es el organismo el que llama a la muerte y en los casos de enfermos que acuden a estos cementerios la voluntad es falible. En la soledad abundante de huesos y espíritus tal vez crean encontrar una utilidad para su destino, confundirse entre los esqueletos de los animales, innombrables e irreconocibles, desaparecer; en fin, ser verdaderamente un animal.
He dejado de acudir a la biblioteca y he dejado de leer. No acudiré más a ninguna reunión de enfermos, no me apetece escuchar a los nuevos ni aguantar las batallitas autocomplacientes de los veteranos. No puedo quitarme la idea de los cementerios. ¿Le colocarán unas vallas alrededor, para evitar la satisfacción del elefante suicida, que descubra que otros han tenido las mismas dudas que él? Los ayuntamientos de todas las ciudades del mundo los mismo con puentes y acueductos de suicidas, o las mamparas del metro. Quiero curarme y volver a los cuadernos caligrafía en el salón. No quiero ser un elefante.

Diario de Londres – Donde comienzan los sueños

Una vez escuché la historia de un barbero-cirujano que había inventado un cataplasma fantástico. La medicina se aplicaba a los niños con terrores nocturnos y epilepsias. Se les ungía con la plasta y se les dejaba dormir. Al día siguiente despertaban sonrientes y relajados y cuando trataban de explicar qué habían soñado se inquietaban, se revolvían y se reían con tanta fuerza que a veces se llegó a pensar que el cataplasma empeoraba sus tiernas condiciones mentales. La realidad era más bella: los chiquillos tenían sueños lúcidos, que son aquellos en los cuales los soñadores son conscientes de su ensoñación y por tanto podían convertirse en creadores de su mundo onírico: inventaban animales imposibles, doblaban el tiempo, le cambiaban el rostro a sus padres y amigos para hacerlos más guapos o más feos, o daban paso sin freno a las pulsiones sexuales más inocentes y perversas que guardaban en sus corazoncitos, sin que el temor a ninguna ley los contuviera.

Luego despertaban y solo recordaban algunos restos de la aventura, como si el sueño hubiera sido un barco y el momento de despertar el cañonazo último que lo hace saltar por los aires. La piel era la única que conservaban la humedad refrescante de ese universo, gotas fresca se adherían, como la niebla al cabello, a la piel, más cuanto más se hubieran esforzado en jugar con sus sueños y sus fantasías.

Despertaban agotados, sí, pero toda la energía que parecían contener la hermética cabeza de los epilépticos se disipaba como la sal en un vaso de agua con los cataplasmas y las medicinas. De lo de después ya no me acuerdo. Posiblemente apedrearan al barbero por no curar a un niño con cáncer, o el Mal aparece y roba el arte mágico del pueblo, que acto seguido quedó sepultado por la lava de un volcán.

He estado pensando durante toda mi vida, o al menos durante toda mi vida consciente en lo que quería ser en el futuro. Veía a un tipo en la televisión aporreando la guitarra con voz flautil y por la noche me encajaba los auriculares en mi cama de 1.20 y mientras escuchaba los desgarradores aullidos con letra sobre lo inútil que es la existencia, me veía arrojando eructos a un público irracional y encantado con mis idioteces, y yo escribiría esas letras y destrozaría las guitarras al final del concierto.

Conforme fui creciendo quise hacerme escritor, pero no del tipo miserable que trepa desde el cubo de cangrejos donde se encuentran otros escritores, concejales de cultura, editores de tercera, libreros, etcétera, todos utilizando sus pinzas y sus patas sólidas para impedir que nadie más salga del cubo, sino un escritor del tipo que proviene de un país en guerra o en desarrollo, y se asienta en París, y cada escrito es oro y denuncia y no necesita hacer un máster, ni mandar copias y plicas a buzones de aldeas en la provincia de Soria, España. Yo quería ser más ben del tipo que llaman para un bolo en la UNESCO o con el Papa, del tipo que podría recibir o no recibir el Nóbel (según el clima político del momento) pero que definitivamente estaría en la lista.

Cuando llegué a la edad adulto, tan solo quería ser un ágil ejecutivo en mi empresa. Salvaría, con mis conocimientos en fusiones frías, a dos frágiles entidades bancarias al borde de la bancarrota, evitando que mucha gente fuera al paro en una época de crisis, sería de los que unifican nóminas, presupuestos, mantendría swaps y opciones a la orden del día, y trabajaría en oficinas en Londres, Abu Dhabi, Baltimore. Ganaría dinero en monedas de distintos países, cantidades obscenas, por supuesto. Me dejaría llevar lacónicamente por un diminuto sentimiento de vacío ante una copa de whisky de malta en un hotel de cinco estrellas de El Cairo.

El cataplasma del barbero infiel sería fantástico, pensé un día, deberían inventarlo. Así nos quitaríamos del terror nocturno y podríamos dormir tranquilos estos días. Pero en el cuento el cataplasma solo podía hacerles efecto a los niños: los que ya habían crecido, los que ya han asumido responsabilidades y la consciencia de ser alguien o tan solo de “ser” sufren un terror alimentado por sus acciones, por lo que el cataplasma solo les permitiría cambiar de terror en el sueño, como un mando a distancia de su inconsciente, para que tuvieran televisión, rock, mercados financieros y monstruos en sus sueños, también en sus sueños.

Roberto Aledaño, Diccionario de traducción

Diario de Londres – No gastar más dinero

El otro día me enteré de que Sonia había muerto. Charlotte, que reconoció mi voz al otro lado del teléfono, me lo soltó como si deslizara una barra de hielo a través del auricular. Luego me dijo que si quería, podía enviarme a otra escort como Sonia, que había muchas chicas que habían comenzado esa misma semana y que ya me acostumbraría. Colgué. Me molestó que tratara de endilgarme a cualquier otra fulana, pero lo que realmente me dolió es que la utilizara en el comparativo, tan a la ligera. Otra escort “como Sonia” le hubiera servido a cualquier otro putero que frecuentara el apartamento que la agencia mantenía en King’s Cross, alguno de esos tipos de la City que llegan a la puerta con la bragueta bajada y doscientas o trescientas libras asomando por el bolsillo, pero a mí, que no conocía a otra escort que no fuera Sonia, me habría asustado ante la desnudez de una muchacha real, es decir, una con pechos reales y sin pene.

Steve Reyna, Travesti

Diario de Londres – No olviden que, ante todo, este es un diario de creación literaria y los pormenores de dos españoles sin empleo sin casa y sin dinero por Londres son de relativa importancia dada la generosidad de los sistemas de seguridad social en occidente, sin contar, todavía, a EE. UU.

A mí, los tloros nunca me habían parecido un pueblo digno de estudio. Vaya por delante que en ningún caso abogo por excentricidades antropocéntricas, y más siendo yo doctorado en ciencias humanas, pero los tloros, como millares de pueblos a lo largo de la historia, están condenados a la indiferencia. Un pueblo sin referencias culturales, sin escritura, sin rastros arquelógicos, que no ha dejado testamento físico de ningún tipo es un pueblo extinto. Se sabe (y así lo documenta Pascual Merino, uno de los discípulos más entregados de Menéndez y sospecho que amante ocasional del profesor) que los tloros existieron por terceras y cuartas referencias de historiadores locales. En el Prontuario de las Yndias Americanas, escrito por Juan Choz, a la sazón aventurero y canalla español, hay un párrafo en el que menciona a los Tloros como enemigos naturales de “las economías espirituales reales o ficticias, así como de cualesquiera menesteres relacionados con la esperitualidad (sic) o la adoración de ídolos, falsos o cristianos”.
Markovitz, Los Tloros

Los tloros

Apenas habló durante veinte minutos. Fueron los únicos veinte minutos en los que vi a Menéndez con vida, pues dos semanas más tarde sufrió una isquemia. Durante el seminario apenas dibujó a los alumnos el trabajo de campo en el que se hallaba inmerso. Las referencias culturales a los Tloros suelen confundirse, decía, con aquellas tribus caribeñas que practicaban el vudú. Sin embargo, los Tloros, o al menos su rastro histórico, no dejaba lugar a dudas: provinientes de las costas atlánticas de México, había cruzado el Caribe para asentarse primero en Cuba y después en Haiti. El vudú de los esclavos negros llegó más tarde y la práctica resultante resultó ser una combinación de la santería chamánica centroafricana y los rituales de sacrificio aztecas. Zeiller, el paleontólogo que descubrió un campamento Tloro a principios de siglo detalló a grandes rasgos algunas costumbres del pueblo, como la organización urbana, alrededor de un gran fuego que varios chamanes se encargaban de mantener vivo y que servía a la vez como cocina y elemento mágico para la purificación de los habitantes de la tribu. No poseían moneda, pues no comerciaban con ningún otro pueblo, tal vez por saberse peregrinos o traidores al imperio azteca y lo más exótico, no creían en el alma.
Los tloros, Jorge Luis Jorge

Un hombre cae de un edificio

… ya está en la calle

Y se puede descargar desde aquí.

O leer desde aquí: Un hombre cae de un edificio.

El juego era el escondite

El juego era el escondite. Lo jugaban cada tarde, la niña, su abuela y el piso de tres habitaciones donde convivían con los padres de la niña, cada tarde, después del colegio y la merienda. La niña se escondía siempre en tres lugares: debajo de la cama de sus padres, en la bañera y en el armario de la habitación de la abuela. La abuela contaba uno, dos, tres y los pasos cortos y prietos de la niña resonaban por el pasillo. Luego, la abuela anunciaba su presencia allí por donde pasaba. Se hacía preguntas en voz alta, «¿dónde se ha metido?» «¿se ha perdido la niña?» Tras un par de minutos la encontraba y vuelta a comenzar. A veces jugaban al escondite hasta que volvían a casa los padres de la niña. La abuela no se alarmó cuando no encontró a la niña ni debajo de la cama, ni en la bañera, ni el armario. Siguió lanzando las mismas preguntas al aire, mientras agradecía a Dios que le hubiera concedido a su nieta la inteligencia para esconderse de su abuela. Movió algunas mantas, miró bajo las tablas de la cocina, abrió los armarios que nunca utilizaban, registró los sofás, las mesas con mantel, detrás de las cortinas. Buscó durante cuarenta minutos. De vez en cuando se detenía y prestaba atención, en silencio, esperando que un murmullo, una risa o tal vez una carrera de un escondite a otro delatara a la nieta. La mujer, intranquila, salió del piso. Esperó unos segundos en el descansillo y dio la luz. Llamó a la puerta vecina y le preguntó por la nieta. La vecina se preocupó y se unió a ella. Llamaron a las dos puertas de enfrente. Después preguntaron a los vecinos de la planta superior y a los de la inferior. Por último, acudieron al portero. Nadie había visto a la niña. Varios vecinos se introdujeron en el apartamento y revisaron cada una de las habitaciones. Apartaron las sábanas que cubrían los fondos de los armarios, cambiaron los muebles con libros y comprobaron que no se había escondido en el espacio que queda entre la pared y las tablas. La abuela, mientras tanto, llamó a la madre de la niña. La madre de la niña acudió de inmediato. Llamó al padre. Se avisó a la policía y se puso en marcha un dispositivo urgente de búsqueda por todo el barrio. Mientras la policía interrogaba a cada familia del bloque, el padre y la madre de la niña, junto a algunos vecinos, sacaban a toda velocidad todas la pertenencias fuera de la casa. Se daban instrucciones en voz alta y se sudaba cuando las sillas eran transportadas fuera mientras la abuela apilaba los libros, la ropa interior, los zapatos y otras pertenencias en el descansillo de la escalera, mientras un corro de vecinos susurraba y se lamentaba de la fortuna de la abuela. Un niño se acercó a unos muñecos de la niña y fue reprendido por sus mayores, como si el juguete se hubiera transformado en una corona funeraria que guardara el recuerdo de su antigua propietaria. Después de varias horas, ya no entró ni salió más gente de la casa. Los vecinos volvieron temerosos a sus casas, la policía regresó a la comisaría y la abuela, que esperó a que el descansillo estuviera vacío y los últimos ánimos cayeran sobre ella, entró en el apartamento. Ahora, sin mobiliario, ni decoración, con pelusas rodando por el suelo y papeles que se habían derramado sobre el parqué con el movimiento del escritorio, parecía abandonado.
Dos años más tarde la abuela murió a causa de una insuficiencia renal. Las energías fueron abandonando poco a poco a los padres de la niña, que se dejaron llevar por una melancolía innombrable y desistieron de continuar buscando a su hija. Abandonaron el piso al poco de morir la abuela y se trasladaron a uno más pequeño, con menos habitaciones, para que no quedara ninguna vacía que les recordara a su hija. No lograron venderlo y el piso quedó cerrado salvo para el portero del edificio, que de vez en cuando subía a ventilarlo y a inspeccionar con tristeza los rincones donde la niña podía haberse escondido. Los vecinos fabricaron historias oscuras como que la niña había penetrado en alguna grieta en un tabique y había quedado atrapada entre los tabiques, que había trepado por el hueco del extractor de humos y había muerto asfixiada o creaban suspicacias en torno a la bondad de la abuela.
El edificio, en estado ruinoso, fue planificado para su derribo años más tarde. Todos los antiguos inquilinos fueron recolocados en nuevos bloques, siguiendo el mismo orden que el que guardaban en el barrio. El día en que las empresas de demolición acudieron con excavadoras, cizallas y martillos, se encontraron con una pareja que les rogó poder asistir a todo el proceso de demolición. Durante dos semanas, los padres de la niña permanecieron tras las vallas de protección sin perderse un solo movimiento de las labores de demolición y desescombro. Cuando la jornada en el tajo concluía se marchaban a su nuevo piso, pero al día siguiente los trabajadores los descubrían revolviendo los contenedores y vagando entre las ruinas del edificio. Se les expulsaba y volvían mecánicamente a su posición detrás de la valla. La pareja desapareció el mismo día que las obras terminaron y en el lugar donde se levantaba el edificio quedaba un solar calvo, ridículo, solitario, entre los nuevos edificios que se habían ido construyendo a la par. Los niños del barrio lo tienen como su lugar favorito para sus juegos.

Fantasmas

Hacer el amor, follar, echar un polvo o un quiqui: sexo es aburrimiento tras la puerta cerrada de nuestro hogar. Horowitz, el programador de la compañía que me sirve de confidente observa, muy sagazmente, que sexo es sobre todo batalla y que una pareja que se lleva demasiado bien, que es demasiado responsable, demasiado querida y leal es seguro un fiasco entre las sábanas.

Fantasmas, Fracking Räta

Nada hoy

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Nada hoy.

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El aburrimiento. El aburrimiento que me lleva a emplear un día entero en ver El Mago de Oz. Hay algo kitsch en El Mago de Oz. La sexta o séptima vez que la vi ese día, traté de encontrar algún gesto o símbolo que premonizara el fin de Judy Garland. Solo tenía trece años.

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El aburrimiento. También es kitsch y anticuado llamar ‘kitsch’ a El Mago de Oz. El aburrimiento es ¿kitsch? Fui consciente de ello la octava vez que vi la película el mismo día. La decimotercera vez estaba amaneciendo. Lo dejé ahí, aunque pude haber aguantado otro visionado. No trato de ser un héroe. No es eso. Desde que descubrí, en el octavo visionado, que El Mago de Oz era un cliché, me sentí tentado de dejarlo de una vez por todas y no disfruté, en realidad, de las sesiones restantes. Inclusó cabeceé un par de veces. No entendí muy bien la película. ¿Cuál es el asunto, cuál es la trama? Es un insulto, ¿un mensaje a la Humanidad? ¿Está Judy Garland riéndose de sus compañeros? ¿Del hombre sin cerebro, el hombre sin corazón, el hombre sin alma? ¿Por qué separar cerebro, corazón y alma? Judy Garland se ríe de los tres hombres, porque ella tiene corazón y cerebro y unos zapatos brillantes, y ellos se humillan ante ella. ¿Está Judy Garland riéndose de la Humanidad, a través de esos tres hombres? Pensar en ello me sulfura. Hay un hombre disfrazado de león. Casi me pongo a llorar.

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Hoy había una carta en el buzón. Era de un psiquiatra al que acudí hace cinco años por el asunto del insomnio. Fui a un par de sesiones, me recetó algunas pastillas, no funcionó y dejé de ir. Le había pagado por adelantado dos meses pero no volví. La secretaria no llamó para reembolsarme el dinero: supuse que no había tomado bien mis datos. No es exactamente una carta del psiquiatra, es una carta de publicidad para que vaya al psiquiatra. Qué curiosidad, saber cómo es la publicidad de un psiquiatra. ¿Cómo promocionarse? La abrí con mucho interés, luego lo perdí y lo tiré: se dedica casi por completo a adolescentes y a adicciones. Será frustrante para él: el mismo problema, una y otra vez, con caras distintas. El mismo adolescente con el mismo problema: ser adolescente. Ser sí mismo. Los demás problemas me parecen ridículos.

Nada Hoy, Clariste Yuri

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