Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Categoría: reflexiones (página 1 de 5)

Charla pronunciada en Salt sobre el Teatro del Oprimido

Muchas gracias a todos por venir a esta charla. Mi nombre es Raúl Quirós Molina y soy profesor de teatro y política en Pa’Tothom. He de decir que estoy muy emocionado por estar aquí, en Salt, hablando de Teatro del Oprimido, de política, de pedagogía, de xenofobia y del trabajo que hacemos en Pa’Tothom.

Me siento tentado de contaros la historia de Pa’Tothom, de Jordi y Montse, que son las personas que crearon esta asociación teatral y política, pero creo que no hay mejor presentación que contaros qué hacemos en Pa’Tothom, porque en el teatro, como en la política, lo que moviliza a los participantes no es la historia o la nostalgia, sino la acción en el presente.

Digo que Pa’Tothom es una asociación política y más allá de ello que es una asociación política radical. Y si esto os asusta, lo que sigue os hará huir. Es radical porque parte de ideas radicales: que el estado actual de las cosas en este mundo, que la crisis, el racismo, la homofobia, las diferencias salariales entre hombres y mujeres no son circunstancias naturales, no son cosas que surjan así, como setas en el bosque y con las que tenemos que lidiar, y que la vida siempre ha sido así y nunca cambiará y que lo mínimo que tenemos que hacer entonces es escribir muchos tweets enfurecidos, y “ayudar” a nuestra mujer o novia en casa o acoger a un refugiado en casa. Que todo esto está muy bien y nos hace sentir mejor, pero no ataca a la raíz, no explica de dónde surge esa diferencia y porqué todos estos hechos, la diferencia salarial, el racismo, la homofobia responden al actual sistema político y económico y se sirven de ellos y de nosotros para perpetuarse y que si no se cambia desde esa raíz, se repetirá y perpetuará. Para estudiar y confrontar estas inercias, en Pa’Tothom nos servimos del teatro y más en concreto (aunque no exclusivamente) del Teatro del Oprimido.

Muchos de vosotros ya conoceréis algo del Teatro del Oprimido, sabréis que se trata de un tipo de teatro donde uno puede salir a escena y tratar de deshacer algún lío que ha ocurrido en la obra. Son normalmente obras que tratan de alguna injusticia social, el maltrato, la prostitución, el bullying. La obra trata de un protagonista, un oprimido, que trata de luchar contra el origen de esta opresión, normalmente personificado en un opresor: el marido maltratador, un skinhead, el chulo, el jefe que no te quiere pagar. El oprimido está ahí dale que te pego durante quince o veinte minutos tratando de que no le opriman y finalmente fracasa. Y entonces se le pide al espectador que detenga la obra, que entre en la misma y que trate de hallar una solución a ese fracaso y que el inmigrante, la mujer maltratada o la prostituta estén menos oprimidos y toda la pesca. Esta es la versión sencilla del Teatro del Oprimido y la que más se ve en festivales y en asociaciones y es muy divertida, pero es justo decir que normalmente no tiene ni pies ni cabeza. Trataré de explicar porqué.

En primer lugar, debemos plantearnos qué significa ‘estar oprimido’, y tal vez, podamos saber si se puede hacer algo así como un teatro de del oprimido que sirva para los propósitos de romper esa opresión y conseguir agrietar el statu quo, que como insinuaba más arriba, es la conjunción de estructuras y poderes (fácticos, económicos, políticos, históricos)  que perpetúan las desigualdades en la sociedad.

Por ejemplo, ‘ir al cine y que los niños no me dejen escuchar la película con sus palomitas y sus gritos’ no es una opresión, porque ni los niños, ni las palomitas, son grupos o elementos de opresión, no hay algo así como un grupo de oprimidos por los niños que comen palomitas y las consecuencias en la vida y en la libertad individual y colectiva de que esos niños ruidosos existan es nimia. Es un ejemplo un poco tonto, pero ha salido en talleres y es más frecuente de lo que nos pensamos.

Otro ejemplo: “a mí lo que me oprime son los mendigos”, bien, fantástico, genial, que a una persona de bien le moleste acudir a sacar dinero y encontrarse con un mendigo allí tirado es algo legítimo, pero tratarlo como “opresión” es una idiotez como un piano, sobre todo porque los mendigos no detentan ningún tipo de poder económico, político, ideológico sobre el resto de la sociedad, y porque a fin de cuentas esta persona puede sencillamente ir a otro cajero, y el mendigo seguirá siendo el mendigo y seguirá durmiendo donde pueda y el otro tendrá el dinero bien calentito en La Caixa o en el BBVA.

Un último ejemplo, muy recurrente y que nos va a meter en el ajo: típica obra de teatro donde solo se muestra una mujer maltratada que recibe palizas día sí y día también y en la que se pide al público que intervenga y haga de mujer maltratada y trate de solucionar esa opresión. Oiga, es como pedirle al condenado a muerte que luche contra la opresión a la que le somete el verdugo cuando lo va a ahorcar. Aquí no estamos haciendo “Teatro del oprimido” sino “Teatro de la víctima” y ahora explicaré qué diferencias hay entre ser un “oprimido” y ser una “víctima”. El oprimido, al menos, empieza a vislumbrar la causa de su opresión, empieza a conocer que hay unas reglas, una estructura, un sistema que lo perpetúa, al menos no lo ignora, pero si el protagonista es una víctima, podemos caer en un error fatal: es darle la oportunidad al público para condenar a la mujer maltratada en su miseria. Tipos de respuesta que se obtendrán cuando la mujer es presentada como víctima:

– Que la mujer le abandone.

– Que la mujer denuncie.

– Que la mujer se lo diga a sus familiares.

Pues bien, el problema de este planteamiento es que la mujer maltratada, en este caso que he expuesto, ya es una víctima: cuando alguien te está dando palizas en el comedor de tu casa es porque un sistema entero te ha fallado, cuando no has tenido ni la más mínima oportunidad de saber que el pescado ya está vendido. Que no se trata de que el tío que está abusando de ti sea malo, bueno o regular, sino que la violencia contra las mujeres empieza con cosas tan sencillas como que cobren menos que los hombres, que tengan que estar guapas, llevar hijab o no, minifalda o no. Cuando te van a fusilar, cuando el skinhead le prende fuego a un refugio es porque se han agotado todas las posibilidades. Presentar a una víctima como responsable de su propia opresión (y ojo, dijo “víctima” y no “oprimido”) es condenar a la víctima a su miseria y es repetir el mensaje neoliberal de que cada uno es responsable de su propio destino: perdone, pero yo nunca elegí que mi marido o mi pareja me maltratara. No creo que nadie lo haga cosas así.

Trataré de hacer entonces una aproximación a lo que significa ser o estar oprimido: es pertenecer a un grupo que se relaciona con otros en inferioridad de condiciones.

Repito: PERTENECER A UN GRUPO.

Esto es fundamental para entender las opresiones: nunca son individuales, sino colectivas. Yo, por ejemplo, que me meto mucho en los debates sobre la prostitución y salgo escaldado, alucino cuando salen en la tele prostitutas blancas, jóvenes, catalanas, españolas hablando de lo fantástico que es disfrutar de tu propio cuerpo, del mucho empoderamiento que concede ser dueña de tu destino, y ser libre para hacer lo que te venga en gana en el sexo y que elegir ser prostituta es una nueva forma de activismo. Fantástico, lo aplaudo pero ¿cuándo nos ponemos a hablar de la industria del sexo, de los empresarios de prostíbulos, y de si la elección es verdadera elección o simplemente ser prácticos económicamente? Entre ganar 1000 euros en un McDonalds al mes y 1000 euros por pasar una noche con un cliente, y tengo que pagar un alquiler, comprarle los libros a mi hija, enviar dinero a mi madre, etc. Pues miren, a mí no me digan qué hacer con mi cuerpo. Pero jamás preguntan por qué las cosas son así o si se pueden cambiar: es el “sálvese quién pueda”, yo, que soy blanca, joven y española o catalana, que me puedo permitir pagarme una página web y un agente de prensa, que puedo ir a la televisión a hablar de cómo el sexo es maravilloso y liberador no me pregunto, ni siquiera planteo qué mundo es este en el que existe que tal cosa como pagar por sexo, que los que pagan por sexo en su inmensa mayoría son hombres y que esa sea una opción de empoderamiento femenino aceptable, si no existe alternativa posible u otros empoderamientos donde la integridad física, sexual, moral, psicológica de tu grupo social esté en riesgo. Repito, ser oprimido es pertenecer a un grupo oprimido, a un grupo que está en una desigualdad, ser musulmán en una sociedad católica, ser mujer en una sociedad patriarcal, ser lesbiana en un mundo regido por lo hetero, percibir un salario en el mundo de la plusvalía empresarial. Lo que esta prostituta joven, blanca y empoderada no ve, no quiere o no puede ver es que las opresiones son transversales y no oprimen por igual a todos los miembros de una comunidad.

Para entender esto me voy a valer de una metáfora: imaginad que unos alienígenas vienen a la Tierra y se detienen en un cruce de carreteras con semáforos: ellos podrán entender, después de muchas observaciones, que los coches se detienen con la luz en rojo y continúan con la luz en verde, que la combinación de luces permite que los peatones crucen por el paso de cebra, etcétera. Todo esto lo podrán entender los alienígenas sin mayor dificultad, pero lo que no podrá entenderse a simple vista es por qué, quién y cómo ha impuesto esas reglas ahí, no entenderán que hay un código de circulación en vigor, que hay unos policías que te multan si te lo saltas y unos jueces que te meten en la cárcel si pillas a un peatón, y no entenderán que todos los participantes hayan internalizado estas reglas, este sistema coercitivo por el que todo el mundo se rige y que hace que la circulación no sea el caos más absoluto. Pues bien, el teatro del oprimido y Pa’Tothom va de presentar esta situación tal cual, sí, con mujeres, con inmigrantes, con chavales, con presos, pero entendiendo el sistema de circulación, el sistema judicial y policial que hace que las injusticias que padecen se perpetúen y que nos atañen a todos.

El oprimido es, además, alguien que puede elegir y puesto que puede elegir puede luchar contra la estructura opresiva y es alguien que tiene contradicciones: un hombre negro sufrirá opresión por ser negro, pero al mismo tiempo pertenecerá a una clase opresora: ser hombre. Bien, el teatro del oprimido es una herramienta que sirve para activar a los oprimidos, a hallar no solo las causas y el funcionamiento de su opresión sino también a buscar posibles aliados para deshacer o confrontar esa opresión. Es por eso que es un proceso artístico, político y radical en el cual los oprimidos tratan de hallar las estructuras opresivas que los someten y qué posibilidades tienen de encontrar ventanas donde terminar con esa opresión. Por ello se hace necesario que el Teatro del Oprimido lo hagan los oprimidos y, sobre todo, que los oprimidos tengan conciencia de serlo: no es una herramienta de adoctrinamiento ni de buenrollismo.

Yo, que soy blanco, de Madrid y de raíces cristianas no puedo tener la cara dura de pretender saber qué hacer con las penurias que puede pasar un musulmán en Salt, o un refugiado en Siria, o una prostituta, puedo acompañarle, puedo investigar en mi propia clase qué privilegios tengo y cómo esos privilegios le oprimen, pero no puedo hablar por él. Esta es quizás la parte fundamental del teatro del oprimido: son los propios oprimidos los que toman las riendas del proyecto artístico y político. El creador del teatro del oprimido, Augusto Boal, decía: el teatro del oprimido es un ensayo para la revolución. Cuando internalizamos el proceso de deconstrucción de una opresión, cuando analizamos las causas y los agentes, y sobre todo, cuando observamos cómo nosotros también pertenecemos a este proceso podemos empezar a cambiarlo y con ello cambiar el mundo que nos rodea.

Bien, pues este tipo de cosas hacemos en Pa’Tothom, que es la asociación radical y política de la que venía hablar. Estamos instalados en el Raval, que es un barrio precioso en Barcelona, y que está sufriendo uno de los ataques más brutales por la especulación inmobiliaria y turística que yo haya visto. Tiene una población inmigrante bastante elevada y además empobrecida (porque nadie se mete con los inmigrantes con dinero de, por ejemplo, el Passeig de Gràcia) y, como en estos casos, los discursos dominantes son los mismos que en cualquier parte del mundo occidental, que si hay muchos pakis y son terroristas, que hay redes de pederastia, que si se vende droga, en fin, todas estas mierdas que no son más que intoxicaciones para derruir el tejido social y asociativo del barrio.

Os quiero contar una cosa sobre el Raval que a mí me impresionó cuando llegué: la cantidad de cámaras de vídeo que hay. Pensad en el Raval como una ciudad dividida en tres partes: la parte de los guiris-hipsters, todos aquellos que se quedan cerca del museo de arte contemporáneo con sus monopatines y sus Ipods, donde están todos los hostales y tiendas de bicis antiguas. Después está la parte más vecinal, que es donde está Pa’Tothom, y la parte más inmigrante, por así decirlo, que es donde están los negocios de los pakis, tiendas de teléfonos móviles, electrodomésticos de segunda mano y cosas así. Pues bien, las cámaras de vídeo están instaladas en estos dos últimos lugares, se dice que por seguridad, pero a mí me hace mucha gracia. Porque ¿quién coño querría robar en la zona pobre del Raval? ¿Es más, quién robaría en el Raval? Para eso me iría a Pedralbes, donde viven los directivos del Barça y donde tendrán sus casas llenas de joyas y trastos tecnológicos de primeras marcas. En el Raval a lo mejor puedes robar una secadora de veinte años de antigüedad o las bragas de una vecina. Pero no: la cámara tiene un sentido semiótico, es que incluso podría estar desenchufada y cumpliría su función. A la gente del barrio le está diciendo: ojo, te vigila, y cuando alguien te vigila es porque eres capaz de acciones dignas de ser vigiladas, a nadie se le vigila por ser buena persona. Al turista o al guiri le dice: ojo, que vas a entrar en una zona chunga pero tranquilo, que lo vemos todo desde aquí.

En Pa’tothom se habla de todo esto que os he contado pero con más gracia y salero, se enseña a los alumnos a organizar talleres de teatro del oprimido y a trabajar opresiones, es decir, se educa en Teatro del Oprimido, se educa políticamente y de manera radical. También se hacen cursos como el que yo llevo, que es Teatro y Política y en el que utilizamos la historia del teatro (los griegos, Shakespeare, Brecht) para entender el mundo en el que vivimos, y donde tratamos de pensar colectivamente, de activarnos políticamente. También hay clases de interpretación, dramaturgia, movimiento actoral, es decir, es una pequeña escuela de teatro pero que no quiere competir con las grandes escuelas de teatro clásico como el Institut o el Col·legi de Actors, nuestros alumnos son gente de todo tipo: tenemos al grupo de joves, que acuden a Grenoble cada año con una obra nueva a un festival de teatro, las madres del Bon Pastor, que es un grupo de madres de diversos orígenes que tratan temas relacionados con la maternidad (y que llevan 7 años dale que te pego), también trabajamos con presos, con chavales que se “han caído” del sistema educativo, con gente bienpensante, con activistas, con gente que no tiene ni puta idea de nada pero quiere tenerla. Hay una máxima de Boal que dice: “El teatro del oprimido lo puede hacer cualquier, incluso los actores”, pues bien, imaginad que magnífico caos tenemos ahí metido.

Diréis, todo eso está muy bien pero más o menos vivimos en un mundo en el que los problemas se van limando, ahora tenemos la Ley contra la violencia de género, los gays se pueden casar, la peña sale a protestar e impide que el autobús de HazteOír haga el cafre por ahí, no estamos tan mal, ¿no? Con educar a los críos y a la gente en no pegar al negro ni a las mujeres vamos bien. No, no vamos bien, hay que ir más allá. Porque corremos el riesgo de ir poniendo tiritas, de ir “tolerando” es decir, “dejar participar” a las minorías, pero no enfrentarnos al poder que las oprime y que nos oprime. Les voy a dar un ejemplo. Yo viví en Londres durante cinco años y me vine a vivir a Barcelona en 2015, justo antes del Brexit. El Reino Unido es ahora mismo la quinta o sexta potencia mundial y tiene un sistema de defensa, que en realidad es un sistema de ataque nuclear, llamado Trident que les cuesta 250 mil millones de euros / libras. Estoy hablando de un sistema de defensa que les cuesta todo el dinero que genera Grecia o Israel en un año. Pues bien, en el barrio donde yo vivía, Tower Hamlets, que tiene también una inmigración importante de zonas como Pakistán o Bangladesh, donde también hay “células terroristas”, “mezquitas peligrosas”, “prácticas religiosas medievales ” y mandangas del estilo (¿os dais cuenta de que el cuento es el mismo aquí, allí, en Bruselas, París…?) la pobreza infantil era del 50%. Es decir, uno de cada dos niños sufría de pobreza. ¿Es por que son moros? ¿Es porque es su cultura? ¿Es que son felices siendo pobres? Hablamos de la quinta potencia mundial, una de las democracias más antiguas, blablablá que permite que haya zonas del país donde los niños no coman lo suficiente, pero sí, por ejemplo, que se renueve un escudo antimisiles que cuesta 200 mil millones de libras. Uno podría pensar: ¿qué demonios tiene que ver una cosa con la otra? Pues mucho: ese escudo antimisiles, como la cámara de vídeo, son signos, unidades semióticas: hay pocos países, acaso ningún país beligerante al Reino Unido con capacidad nuclear lo suficientemente potente como para requerir una respuesta de esa magnitud pero sirve como advertencia, es como plantar un gigantesco pene al lado del Big Ben y decir: aquí estamos nosotros, somos Gran Bretaña. Y con todo, el riesgo de que niños malnutridos, abandonados en sus barrios, se acerquen a posiciones radicales y terminen por cometer atentados contra su propio país es algo más peligroso y probable que los sirios o los coreanos bombardeen Londres o Devon. Si yo paso hambre y veo que mi gobierno se gasta 200 mil millones de euros en defensa cuando no puedo comprarle leche a mi hijo, os puedo asegurar que yo mismo me apunto a la yihad, aunque no tenga ni idea de lo que es. Que los niños de Tower Hamlets, musulmanes o no, radicales o moderados, se mueran de hambre, no es algo casual: es algo político. Porque no es una cosa de “integrar” a los musulmanes, a los gays, a las lesbianas, a los negros, ¡si integrados ya están! Si no estuvieran integrados Salt, Barcelona, París, Lonndres hubieran ardido hace mucho tiempo, es que todo el aparato político, ideológico y del estado están puestos al servicio de que acepten la opresión y la injusticia como algo natural y cuando alguien se rebela, cuando a alguien le da por protestar se le indica cortésmente su lugar. ¿Cuántas mujeres de las que hay aquí aún andan con miedo por la calle, cuántas naturalizan que de vez en cuando hay que “aguantar” los piropos del jefe, los cuidados de los niños, y cuántas, a raíz de estas opresiones no pueden vivir sus vidas en plena justicia, como proponen los estados modernos?

Sigo con el Reino Unido. Si ustedes siguen la política británica, sabrán que existe un partido, llamado UKIP, que es el equivalente al Frente Nacional, a Plataforma por Catalunya o a Donald Trump, son partidos que cada vez ganan más adeptos (el UKIP, aunque no tenga representación parlamentaria, fue el impulsor del Brexit y se llevó nada menos que 5 millones de votos en las últimas elecciones), pues bien, el problema está que los Tories, para no perder votos, tuvieron que hacer suyos ciertos postulados, es decir, tuvieron que metamorfosearse en una suerte de UKIP pero que no fuera tan descarado, lo mismo le pasa al Partido Socialista Francés, al Partido Demócrata norteamericano, lo hace el PSOE, etcétera, es decir, se ha utilizado la crisis para propagar una serie de ideas racistas, homófobas, misóginas y presentarlas como baluartes de la incorrección política, es decir, se justifican palabras y luego actos de opresión como actos de liberación (liberarse de la corrección política, del buenrollismo, que el pobre hombre blanco heterosexual, que ha perdido sus privilegios, de un golpe en la mesa). Esto es fascismo puro y duro, y estamos en el siglo XXI.

Os puedo asegurar que a pesar de la seriedad de mi discurso, en Pa’Tothom reflexionamos y actuamos desde el juego teatral, desde la imagen pero también desde la cabeza y desde el corazón. Lo malo que tiene el teatro del oprimido y el teatro político es que tienen una fecha de caducidad muy cercana porque el poder, el capitalismo, el heteropatriarcado encuentran siempre estrategias novedosas y originales para colarnos sus preceptos, para introyectarlos en nuestra forma de pensar y de comportarnos frente al mundo, es por eso que es una batalla que se ha de hacer permanentemente y en la que tratamos de integrar todos los saberes, todas las inseguridades y toda nuestra energía para combatirlo.

Muchas gracias.

El problema de cierto teatro reivindicativo

Detengo por un momento la serie de lecturas y reflexiones sobre los griegos para poner palabras a un fenómeno que observo, cada vez con más frecuencia, en obras que pretenden tener un carácter reivindicativo.

El viernes acudí a ver una obra de teatro/cabaret acerca de la presión social sobre la imagen de las mujeres. La compañía estaba compuesta de cinco chicas y un chico, y el director de la obra era asimismo un hombre. A través de diversos sketches los espectadores asistíamos a las injusticias a los que el cuerpo de las mujeres está sometido diariamente: desde la imposición de tener hijos, a la directriz de permanecer bellas a cualquier precio. Un problema de primera importancia y necesario, sobre todo cuando el repunte de actitudes machistas está encontrando nuevos picos en las nuevas generaciones.

Sin embargo, el gran peligro de construir teatro acerca de un tema (y entiendo por tema un discurso que está problematizado) es dejarse llevar por las inercias ideológicas, y contaminar el proceso teatral con cháchara más propia del mal periodismo que del teatro. Cuando una obra, reivindicativa o no, repite la estela de los cartógrafos de la opinión en columnas y revistas, ésta se convierte, en el mejor de los casos, en una caja de resonancia del pensamiento perezoso al que acostumbran el periodismo y las redes sociales. Es justamente esto lo que ocurrió con esta obra.

A lo largo de diez o quince escenas, los espectadores asistimos a las siguientes imágenes.

  • Un hombre orinando sobre el rostro de una mujer.
  • Una mujer utilizando el flujo de su menstruación para cubrirse el acné.
  • Una mujer bebiendo un bote de Fairy porque, supuestamente, quema grasas.
  • Dos mujeres acribillando a insultos a una tercera por tener sobrepeso.
  • Una mujer sumergiendo su cara en un bol repleto de caracoles.
  • Una mujer (sudamericana) maquillándose alegremente los moretones, mientras justifica el maltrato de su compañero y graba un vídeo que sube a Internet. Una connotación racista sumergida recorría toda la obra, puesto que a través de las instrucciones de esta mujer se perpetraban las mayores barbaridades.
  • Dos mujeres batiéndose en duelo por la capa de un hombre.

He visto cientos de obras, nuevas y antiguas, donde se han utilizado todos los recursos imaginables para concienciar al espectador de que lo que se está visualizando es importante y es digno de ser pensado. El gran problema surge cuando a lo que se está asistiendo es a un festín de la victimización y no a la reflexión de las injusticias que sufre un colectivo.

Si nos detenemos en el conjunto de las escenas que menciono arriba, podemos extraer un mensaje que opera en dirección opuesta a la que se pretendía originalmente. Si quisiéramos entender las opresiones de las mujeres siguiendo la obra, nos lleva a inferir que son ignorantes, superficiales, malévolas, sumisas y dependientes de la mirada del hombre en todo momento. Cuando se representa a un grupo oprimido como único causante o colaborador necesario de su propia opresión, se le arrebata el poder de romper con ella y se da la razón al opresor. No hubo momento alguno en el que las mujeres, en tanto que mujeres, reflexionaran acerca de su opresión y se unieran para combatirla. No hubo ninguna escena de búsqueda de aliados o aliadas, un respiro, un enfrentamiento, un contraste, nada, cero, salvo por un momento en el que las actrices, completamente fuera del papel, se dirigieron al público para explicarnos cómo debía practicarse un cunnilingus, habilidad muy práctica de cualquier manera, pero que nos lanza a un debate enajenado, casi surrealista: ¿la liberación de la mujer pasa porque se les practiquen mejores cunnilingus?  ¿Y qué ocurre con todo lo demás? ¿Qué mensaje feminista, o qué contradicción muestra un hombre que orina en la cara de una mujer? El desagradable festín al que se somete al espectador no tiene un verdadero final reivindicativo, sino profundamente conservador: el problema de la presión social de la imagen de las mujeres es terrible, pero es que las mujeres son así y no hay mucho que se pueda hacer. ¿Qué preguntas se hacen?

El creador de teatro debe hacerse cargo de quién está hablando y cómo lo está presentando y conocer cómo opera la injusticia. Cuando opresor y oprimido se encuentran en el mismo plano moral (como estas obras en las que el soldado nacional y el republicano son igualmente inocentes, porque “la guerra no entiende de bandos y todos somos seres humanos“) se está naturalizando la injusticia y, por tanto, se está perpetuando.

Dicho esto, sería conveniente trazar algunas guías para todos aquellos que trabajamos en el teatro con material sensible, sean opresiones que nos tocan directamente u otras que no lo hacen, pero que reconocemos como tales y queremos ayudar a desterrar.

1 – Lee, investiga y habla, pero sobre todo escucha. Hablar de las injusticias que no nos atraviesan directamente no es algo prohibido (lo hizo, por ejemplo, John Stuart Mill) pero dejarse llevar por el concepto que uno tiene de justicia e injusticia suele estar intoxicado por sus propios prejuicios de clase, género, raza…

2 – Pertenecer a un grupo oprimido no le otorga a uno directamente conciencia de oprimido.

3 – No relativizar las opresiones ni convertirlas en bidireccionales, pues es la mejor manera de desactivar cualquier crítica y camuflar la injusticia real. Ni los hombres son maltratados de manera estructural en ninguna sociedad patriarcal, ni los cristianos son marginados frente a otras religiones en comunidades mayoritariamente cristianas, ni bobadas por el estilo. Estudia quién detenta el poder en cada situación, cómo se propaga y se ejerce sobre las minorías y atente a eso. Lo contrario (obras sobre el maltrato que sufren los padres, lo marginados que están los blancos en la universidad y demás) son argumentaciones reaccionarias, no solo no invitan al debate sino que lo anulan y benefician al grupo opresor.

 

Las mujeres

Tú no lo sabes, porque la vida te tiene distraída con sus banalidades, pero en unos pocos días estarás muerta. Tu piel reposará contra el frío metal de la camilla de la morgue, los periodistas revolotearán con sus cámaras y sus plumas a tus vecinos, las llamadas de teléfono sorprenderán a tu familia, que se quedará blanca como la sábana que te cubre el rostro… Pero eso no ha de preocuparte más, porque estarás muerta. Poco importarán entonces el vestido de flores que querías ponerte para el próximo verano (y que te probaste ese mismo día que te mataron) y las dos clases de pilates a las que fuiste con este propósito y de las que te rendiste porque te daba la risa, con tanto ejercicio absurdo y tanto estiramiento de no sé qué. Claro que era la primera vez que hacías algo de gimnasia en mucho tiempo, y ahora, en los últimos compases de una vida que ya se te acaba (y tú no lo sabes todavía), te debates entre si renunciar a este verano o apostar por el vestido.
Será esta tarde, o será mañana, o quizá pase en unos meses, pero es irremediable: te matarán. Te pasará como a esas otras mujeres, a esas a las que les pasa lo que no le pasa a nadie, nunca. Setecientas en la última década, a manos de sus compañeros sentimentales. ¿Compañeros? ¿Un compañero que mata?

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
[…] Cesare Pavese.

El día que vengan a darte muerte, ésta vendrá a confirmarte lo que ya se te había advertido: que tu muerte no es más que un suicidio. Que llevabas mucho tiempo cruzando la línea, provocando, poniéndole en ridículo y que a un hombre no se le puede una enfrentar. Que todos tenemos un límite. Que lo vuestro no es un homicidio, ni un asesinato, sino un crimen pasional o un crimen por honor, como si en acabar con tu vida hubiese un acto de poesía. Ahora que estás muerta debes saber que los hombres pequeños e insignificantes no son capaces de poesía alguna y por eso matan, matan, matan. Te mató la insignificancia de un hombre – no la poesía.

No estuvo solo, éramos tantos los que contemplábamos esta tu muerte a cámara lenta. Tu hermano que te decía que denunciaras, que qué tonta que eres, que a ver si es que te mereces a un idiota así; tu suegra que te dice que es que él tiene un pronto, y que nunca se paró a pensar que aquél insignificante que salió de su vientre sería capaz de mandar a otra mujer a la tumba. Los periodistas, que colocan tu esquela en la sección de sucesos, y que habría que preguntarles que pasaría si en vez de mujeres, se tratase de taxistas o joyeros. Los jueces y juezas, psicólogas y psiquiatras, abogados, el peso de la ley, en fin, que te colocaron el sambenito de la víctima, de la incapacitada, de ese alguien a quien hay que esconder en refugios, pensiones y centros como si fueras una delincuente; a quien hay que cambiar de vida y de nombre, a la sombra de tu familia, de tus niños, de tu vida, de tu trabajo, no vaya a ser que a tu hombre, tu verdugo que camina tranquilo por la calle, que se va a llorar en total libertad al hombro de sus amigos, que van diciendo tu nombre en voz alta, no vaya a ser que este hombre pequeño le dé por ir a matarte.

Y ahora que estás muerta y que ya no te tienes que esconder y que ya nada te importa, conocerás a los peores secundarios de esta la historia de tu asesinato. A todos esos ciudadanos y ciudanas de bien que tú ni siquiera llegaste a conocer y que sienten tu muerte y lo ven una desgracia, pero que defenderán a pecho partido que ya hemos logrado la igualdad entre hombres y mujeres. Gente honrada que cree que sí, que hay mujeres maltratadas, pero que también hay muchos hombres maltratados y que una cosa es equiparable a la otra, y te dirán que muchos hombres se suicidan por vosotras, pero que no sale en las estadísticas, porque vuestras formas de matar son más retorcidas, más psicológicas, en fin, que es que en el fondo sois así, malas. Malas, malas, malas, como Eva, como Medea, como la mujer que tu asesino decía que eras. Personas buenas que menean la cabeza y dirán que un 0.005% de denuncias falsas por malos tratos son suficientes denuncias para recapacitar sobre la Ley Integral contra la Violencia de Género y que más mujeres deberían denunciar, aun cuando no denuncian, ¡por qué no denunciarán estas idiotas! Y se preguntan porqué la mayoría de las asesinadas ni siquiera habían pisado una comisaría: las matarían por bobas.

Sí, nosotros, la gente bondadosa, también te matamos un poquito. Somos los que tomamos certezas por hechos y experiencias por ley, y a fin de cuentas, una mujer muerta es tan solo eso, una mujer muerta; y una mujer muerta sucede a otra, y aquí seguimos contándonos la misma puta historia, con los mismos personajes, un mes tras otro, un año tras otro, mientras el número sigue aumentando, lenta pero tozudamente, y los reporteros reportan, los jueces juzgan, y todos opinamos; todo en su justo orden y en una moderación que no sabe de urgencias; una mujer tras otra, un año tras otro, tal vez hasta que los cementerios solo tengan nombres de mujer y la tierra se poble de hombres pequeños, mezquinos, insignificantes que matan, matan, matan.

Infomaltrato Mujer

 

Vecinos

No debería contar esta historia, porque no sé narrar historias de gente qué conozco. No he tenido buenos vecinos en Londres. A decir verdad, no he tenido ni buenos ni malos: la mayoría han sido sombras pasajeras en el trajín del día a día, personas decentes con los que intercambiaba un buenos días y un buenas tardes si se daba el caso y la frustración del día lo permitía. Cuando llegué aquí, mientras trataba de ajustarme al cambio de piel que es una nueva ciudad como Londres, me ocurrió lo peor que le puede pasar a uno en estos procesos: perdí la llave de mi casa. Vivía solo por aquel entonces y apenas llevaba cuatro meses en este país, así que poco sabía de la celosa intimidad de la que presumimos los londinenses y que llena las consultas psicológicas y los pubs a diario. Fui tocando puerta tras puerta hasta que un vecino en calzoncillos se apresuró a abrirme la puerta. Le dije que era nuevo en el vecindario, que había perdido la llave y que tenía varias bolsas de la compra en la puerta: ¿no sabría por casualidad de algún portero o vecino que guardara una copia de la llave? Sorprendido, casi cómico, el hombre me dijo que no sabía y se volvió a quien parecía ser su amante, preguntándole si sabía de alguien que tuviese una copia de mi llave. La pregunta les era alienígena, ¿quién confiaría la llave de la puerta de tu casa a un vecino? Llamé a otra puerta menos amable que me mandó a la mierda y ahí decidí que lo mejor sería recorrer en metro las quince estaciones de metro que separaban mi casa de la de la dueña, española, que me dio una copia y la factura del cambio de cerradura dos días después.

Cuando vuelvo a España, cada dos o tres meses, los vecinos, lo quiera o no, me dan el parte de lo sucedido no ya en mi planta, si no en todo el bloque. Da igual que permanezca un fin de semana o un mes entero, que vaya acompañado o no, día tras día, cada encuentro son diez minutos de un fragmento de la gran novela que construimos en nuestro edificio de apartamentos. Al principio lo desdeñaba como cotidianeidades sin sentido pero hoy tengo más humildad y me lo tomo como un intento colectivo de crear una historia sobre el lugar en el que vivimos, sobre contarnos nuestras vidas de una manera que tenga sentido. Muertes, nacimientos, casamientos, achaques, nuevos inquilinos se cruzan transversalmente con el momento político, con el parte meterológico o el tráfico, y mi posición como observador intermitente casi pone en revuelo a la comunidad, que parecen esperar un día tras otro para encontrarse conmigo y regalarme fragmentos de una historia tan trivial como fascinante.

En Londres, solo he conocido a un tipo así, que vivía en el piso de abajo. Lo conocí en 2012 y me despedí de él en 2014, desde el autobús. Me cuentan que descubrieron su cadáver la semana pasada. Llevaba varias semanas muerto y al parecer, la ola de calor facilitó que el hedor del cuerpo llegara a las otras casas. Llamaron a la policía, al juez y certificaron su muerte. Ahora estoy muy cansado, incluso para contar esta historia, pero quiero contarla.

Conocí a mi vecino por mi compañera de piso: no te acerques al tipo de abajo, que está loco. ¿Está loco? Está loco, no hables con él, no sea que vaya a ser peligroso y nos mate a todos. Esta era mi compañera de piso, que se volvía histérica porque los de abajo ponían música caribeña a las 11 de la mañana o porque la limpiadora brasileña le arruinaba el día cuando no terminaba su turno antes de que ella volviese del trabajo. Todos están locos menos yo: es el chiste del conductor suicida, que ve a los otros conductores en dirección contraria. Era una invitación a que nos presentaran.

¿Estaba loco mi vecino? Bien, me pasaba notas ilegibles debajo de la puerta y estaba convencido de que la CIA orquestaba un espionaje mundial a través de nuestros teléfonos móviles. ¿Estaba loco? Sí, lo estaba, estaba diagnosticado, tomaba litio y era muy consciente de lo mal que se encontraba a veces. Me enseñó la caja de pastillas cuando tomábamos agua en su apartamento, y una foto en la que aparecía su hermano con su sobrino. Su hermano se pasaba, de vez en cuando, pero quienes más se pasaban eran los servicios sociales. A veces se lo llevaban una temporada y venía calmado y un poco más triste. Yo solía salir a correr a la misma hora todos los días y él sabía a qué hora llegaría, allí en el descansillo, me esperaba fumándose un charuto. Me contaba que el lavado de cerebro de los londinenses llegaba a límites esquizofrénicos, que venía originalmente de Isla Mauricio, que había sido electricista (me enseñó el título) y que echaba de menos trabajar.

No tenía absolutamente nada en la casa. Nada. Ni siquiera cubiertos. Ni sábanas, ni persianas. Así vivía mi vecino. Con la pensión del estado, las pastillas, su título de electricista y la foto de su hermano con su nene. No necesitaba nada más. Solo las historias: sabía que la pareja de arriba se iba a mudar porque iban a tener un bebé, que los de abajo preparaban un jerk chicken genial y que el del primero estaba cambiando el parqué. Digo esto porque mi vecino era el único que contaba la historia de toda su comunidad y como el cuentacuentos, como el Tiresias de Balls Pond Road, tenía que estar por fuerza un poco loco, un poco ido, porque se cargaba sobre sus espaldas la novela y la historia de tantas familias.

Tiresias, como yo, se quedó un día sin poder entrar a su casa y ni se molestó en ir pidiendo la llave: para qué, si ya conocía los recovecos de sus vecinos. Si ya sabía que le consideraban un loco. Intentó tirar la puerta abajo y no desistió hasta que una ambulancia y unos señores de verde le agarraron del brazo y se lo llevaron por unas semanas. Mi compañera de piso pudo salir de casa y la vida siguió su curso. Y cuando volvía de correr allí seguía, recabando historias, preguntándome directamente porqué seguía trabajando en la oficina si yo lo que quería era ser escritor.

Leo la historia de Joyce Vincent, que murió durante la Navidad de 2003, rodeada de regalos y la televisión encendida y su cadáver no fue encontrado hasta tres años después, en 2006; leo la historia de David Clapson, un ex-soldado que murió de inanición (sí, de inanición, en el Reino Unido) con 3 libras en el bolsillo y una bolsa de té en la despensa; me pregunto por toda esa gente que quise profundamente y que insiste en escapárseme de mi vida, en desaparecer absolutamente como agua en el océano de ojos tristes y paso apretado que es esta ciudad, y en toda esa gente a la que yo he desertado por hastío, por pudor, por venganza; me entero de la muerte de Tiresias y de su cadáver preguntándose, segundo tras segundo, qué será de una comunidad tan ciega y tan sorda, de una gente tan mezquina como la que se queda en la tierra, y no encuentro, de verdad que no encuentro las palabras con las que añadir si quiera una palabra amable a esta novela comunitaria que estábamos escribiendo, en qué momento se nos olvidó contarnos los unos a los otros nuestras vidas, en que momento saltamos de este punto fugaz, pretendiendo olvidar lo pequeños y preciosos que somos en el gran gran vacío que es este universo oscuro y frío.

Teatro por la Memoria. El teatro también debe responsabilizarse de la memoria histórica en España.

Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacer la, más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos. Ella, desde el aire, nos respira.
Es contradictoria, como nosotros. Nunca está quieta. Con nosotros, cambia. A medida que van pasando los años, y los años nos van cambiando, va cambiando también nuestro recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escuchado. Y a menudo ocurre que ponemos en la memoria lo que en ella queremos encontrar, como suele hacer la policía con los allanamientos. La nostalgia, por ejemplo, que tan gustosa es, y que tan generosamente nos brinda el calorcito de su refugio, es también tramposa: ¿Cuantas veces preferimos el pasado que inventamos al presente que nos desafía y al futuro que nos da miedo?
La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.
Eduardo Galeano

Cada día, en España, a cientos de miles de españoles les son negados sus derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación. Familiares de desaparecidos durante la Guerra Civil y la posguerra, familiares bebés robados de brazos de sus madres, prisioneros empleados como esclavos en la construcción de monumentos y grandes empresas, homosexuales, mujeres, estudiantes torturados por oponerse al franquismo, investigadores que tratan de estudiar los archivos donde se ocultan las historias que merecen ser expuestas han visto como los sucesivos gobiernos democráticos en España han perpetuado la cultura del silencio impuesta desde la dictadura y de sus herederos.

Con todo, desde el comienzo del siglo XXI una nueva generación de activistas ha comenzado a exigir responsabilidades a los gobiernos nacionales e internacionales para que derechos tan básicos como el de la reparación, la justicia y la verdad, derechos que tejen las estructuras de las sociedades democráticas sean garantizados de manera irrevocable. Se trata de asociaciones que trabajan de manera voluntaria y gratuita, que han visto cómo el gobierno elegido por todos los españoles ha revocado cualquier partida económica para su sustento, que han sido insultadas, menospreciadas y ridiculizadas por políticos, periodistas y opinólogos.

La infamia perpetuada desde el restablecimiento de la democracia ha resonado más allá de nuestras fronteras. Organizaciones como Amnistía Internacional, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU, así como el Relator Especial de la ONU para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición han reiterado una y otra la urgencia que requiere tratar este abuso que es la negación del derecho en un país democrático como España.

Los gobiernos de España, entre tanto, se lavan las manos cuando incumplen tratados internacionales de extradición de individuos que participaron en abusos contra los derechos humanos, cuando señalan con el dedo a las asociaciones que pretenden restablecer un mínimo de cordura en el país y cuando se atreven a sentar en el banquillo a jueces que intentaron arrojar algo de luz sobre la historia reciente de España. España, que fue una de las pioneras en la persecución internacional de dictadores y criminales de guerra en Argentina, Chile, Tíbet, Guatemala, ignora e insulta a sus propios ciudadanos.

El teatro va a contar estas historias. Como autor y como artista, uno puede intentar pensar que puede alejarse del suelo que pisa y volar hacia frágiles paraísos de musas y arcángeles literarios. Pero hemos aprendido que la tierra siempre le traerá de vuelta al suelo, obcecadamente, dónde tendremos que enfrentarse, una y otra vez, al barro del que verdaderamente venimos. Uno querría engañarse creyendo que las habilidades que el cielo le ha entregado han de ser devueltas al cielo. No es cierto. Si se nos concedió la gracia de poder y querer escribir estando aquí en la tierra, es para que contemos lo que aquí sucede. En éste, nuestro barro.

En 2013 fundamos Teatro por la Memoria. No se trata de una asociación cultural, ni de un movimiento: no tenemos un manifiesto, ni un programa, ni siquiera tenemos socios. No somos nada: palabras. Somos una idea compartida: la de que el teatro debe clamar, desde las tablas, desde los cuerpos y las voces de los actores, desde el texto dramático, la urgente necesidad de que los derechos de nuestros ciudadanos sean restablecidos.

Hoy, esta idea es una realidad material. Después de dos años de trabajo, de contactos con activistas, jueces, periodistas, víctimas y personas de la cultura, Teatro por la Memoria anuncia su primer grito desde un escenario: Flores de España.

Gracias la labor infinita de la compañía de teatro Los Sueños de Fausto, Flores de España abre el sábado 16 de mayo de 2015 en el Teatro de los Santos de La Humosa, en Madrid, para contar las historias de aquellos que desaparecieron, que sufrieron y cuyos derechos han sido negados aún 40 años después de la muerte del dictador.

No creo, como escritor, que haya una responsabilidad mayor y para la que se necesita más humildad que la de haber podido trabajar con todas estas maravillosas personas por evitar que la mayor injusticia que sufre nuestro país se siga perpetuando.

Raúl Quirós Molina, autor de Flores de España.

www.teatroxlamemoria.org

www.lossuenosdefausto.com

Cuando lo que deseas nunca llega

Andy Warhol, uno de los grandes pensadores del siglo XX muy a su pesar, relata en su Mi filosofía de A a B y de B a A que aquello que uno quiere con toda su alma, eso que uno desea por encima del mundo, solo lo consigue cuando ya ha perdido el interés por completo. El dinero, la fama, los amigos solo se los encuentra uno cuando ya no los busca.

Incluso haciendo una lectura irónica del enunciado, hay una críptica verdad en el asunto. La intensidad de nuestro deseo acaba por transformar el objeto de nuestra ansia, hasta deformarlo o destruirlo. Pensaba en La Tragedia de Romeo y Julieta, de Shakespeare donde los amantes, una vez encontrados el uno con el otro, deciden aniquilarse, o las múltiples versiones del Don Juan en las cuales el desencanto de Don Juan se da justo cuando la candidata deja de serlo y se entrega, convirtiéndose en otra. La pretendida era misterio y pudor, freno; la conquistada es sumisión, despecho, melancolía y muerte, ya es otra y nunca más será la deseada. Solo la Muerte a la que Don Juan llegará a conocer es la amante ideal, pues es una amante que no cambia nunca.

Cuando uno desea que algo ocurra con todas sus fuerzas, y espera obtener una recompensa futura a expensas del sufrimiento presente parece que la vida se suspende y la alegría se escurre entre las mallas de este deseo. El día a día es un acto de masoquismo en el cual la única forma de obtener placer de la existencia es habitando en lo profundo de nuestro ser la posibilidad de reunirnos en algún momento con aquello que anhelamos. El único placer es el placer de la fantasía. El placer de los vapores de la posibilidad, de la ahogada persecución, de la constante lucha por alcanzar la zanahoria que seguimos empujando ciegamente.

Como con el inversor bancario más convencido, no existe fin en esta búsqueda (en el caso de nuestro banquero, no hay límite para ganar dinero), no hay barrera o tope salvo que las que disponga la naturaleza o la finitud de nuestras vidas. Ocurre con frecuencia que la persecución se convierte en la misión en sí, en la cual el objeto ya no importa, ya puede ser olvidado y solo queda ir hacia delante y hacia delante; una vez deformado o destruído nuestro objeto de deseo, ¿qué queda frente a nosotros? Nada, salvo continuar deseando y destruyendo nuevas cosas, querer más para dejar atrás más rápidamente, y encomendar nuestro paraíso a una fantasía eterna en la que la tierra yerma que estamos se poblará de flores y Evas y Adanes de piel aterciopelada.

Sucede también que a uno le vence esta orgía de encarnizada búsqueda y a veces, se detiene. El ciclista que se para a mitad de la escalada del Tourmalet o el corredor que abandona a dos kilómetros de la meta; el broker que se retira a una viña y dona todo su dinero a paliar los desastres de su especulación, el escritor que decide no imprimir una línea más. Se anula el deseo, el objetivo, las metas y la vida parece que resume su curso incierto y atado a los azares de las leyes cósmicas.

Sucede entonces que los objetos que perseguíamos, los amigos, la fama, el dinero se presentan ante nuestros sentidos más limpios que cuando nuestra ansiedad los imaginaba. Aparecen así, desnudos como Adán y Eva ante los ojos del iracundo Dios que ansiaba una réplica de sí mismo y terminó por expulsar esta réplica de Su Paraíso (y Dios, ¿en qué ansiedades andará sumergido ahora, tan lejos de aquellos dos seres que se amaban y le daban nombre a las cosas que él había creado? ¿Cómo serán la soledad y el deseo de un Dios?)

Y vistos desnudos, los objetos no tienen las guirnaldas ni el confetti con que los aderazaba nuestra ansia. Están ahí, puestos en frente de nosotros, sin significado, sin destino.

Ocurre entonces que uno entiende por fin que en el transcurso frenético del tiempo hay poco por lo que merezca abandonarse a una búsqueda tan desesperada. Que ni el mayor de los esfuerzos está guiado por nuestra inteligencia o nuestras emociones, sino que lo que tenemos en la vida es una casualidad cosmológica sobre la que tenemos poco control. Quién somos, qué queremos y cómo lo conseguimos es tan azaroso como el circuito de los universos.

Solo entonces aquello conseguimos lo que tanto habíamos buscado y no hallado. Justo igual que lo que decía Warhol. Uno consigue las cosas cuando ya no las quiere más.

Eso es.

Eso mismo.

Todo lo que no perdimos en nuestros años de la cocaína

No perdimos ni un solo año en la cocaína. Ni uno solo. Aunque quieran hacérnoslo creer. Siempre quedarán para nuestra literatura íntima los apartamentos donde el camello nos invitaba a un tiro en una mesa de cristal cubierta de restos de tabaco y marcas de vasos. Los dueños de bar que te conducían detrás de la barra y te presentaba a dos veinteañearas tatuadas con los ojos y nariz irritados que se irían de marcha contigo si resultabas ser un comprador simpático. El amigo que hacía diez años que no veías, y que a los cinco minutos te estaba invitando a meterte en los baños de un bar de tapas, a las ocho de la tarde.

Era nuestro club y nos reconocíamos al instante. Nunca se lo podríamos hacer entender a nuestras novias, a nuestros hermanos, a nuestros padres. Sabíamos quiénes éramos, y podíamos acudir unos a los otros si el teléfono mágico nos daba fuera de cobertura. Podíamos invitar a una copa y a cambio, rezaríamos con la cocaína de otros. Sí, había algo chamánico en encerrarse cuatro desconocidos en un automóvil y terminar compartiendo el nevadito. Y comprobar que no éstabamos tan alejados uno del otro: yo conozco esta canción, tu hermana fue a mi instituto, ese chiste ya lo has contado.

¿Quiénes eran todos esos que noche tras noche, cuando el club cerraba optaban por pasar la mañana en el salón del piso de un desconocido? ¿Quiénes eran esos compañeros de habitación que se levantaban con nuestra llegada y se apuntaban al círculo, y celebraban con nosotros la muerte de la noche y la horrible constatación de la mañana? El amanecer nos era tan extraño como esos ancianos que pasean al perro a las cuatro de la madrugada.

Luego llegó el castigo y la monserga, y Dios, luego llegó el Dios iracundo y vengativo, el Dios ansioso, paternal, obsesivo, insomne, el Dios de la salud y la rehabilitación, el Dios del porvenir, el Dios adulto, el Dios responsable, el Dios sobrio, el Dios deportista, el Dios de la normalidad.

Ya no volverás a entrar en el círculo salvo en una reunión nostálgica, en una sesión remember en las que todos están más gordos, o más feos, o más idiotas, o más casnados. No será lo mismo que fue pertencer a nadie salvo a la coca. No a cualquier coca, sino a esa coca que tomamos cuando no sabíamos que era, no la coca que toma por aburrimiento, o por adicción, no la coca como enfermedad, o necesidad, o histeria, no. La coca cuya única falta fue descifrar cuán débiles somos, cuán frágil es el material del que estamos hechos, lo solos que estamos.


No soy el amo y señor del Universo

No soy el señor del Universo.

Ahora sé que no soy el amo y señor del Universo. Hasta hace poco, creía que bajo mi sola responsabilidad caía la organización absoluta de todo lo que acontece en la realidad: desde el movimiento planetario a la polinización de las plantas, pasando por la casuística de las relaciones extramatrimoniales, el conflicto en Siria y la cura del cáncer.
Parece ser que no. Que todo era una ficción. No es que yo pensara que era Dios; no, ni mucho menos. De hecho, en mi concepto omnímodo yo era un Dios bastante raquítico como para ser considerado tal, en lo que a poder se refiere. Muy lejos quedaba aquello de la omnipotencia: era incapaz de controlar lo que me rodeaba. Qué más hubiese querido yo que hacer que mi compañera de piso dejara de incordiarme con sus exigencias de organización y limpieza, que mi enamorada me agasajara con aún más con piropos, regalos; o que yo hubiera acertado todas las apuestas que hice durante el fin de semana. Nada estaba bajo mi control, y cuanto más intentaba controlarlo, más crecía mi frustración. ¿Por qué las cosas no son como yo quiero que sean? ¿Es que el Universo está en contra de mí? ¿Cómo es que todo, y en ese todo incluyo también las leyes físicas, los pensamientos de la gente, los líderes mundiales, los virus mortales y los tubos de escape de los automóviles no obedecen a mis deseos, a mi forma de ver el mundo que es la única y verdadera y más congruente? ¿Por qué la realidad tiene esa querencia a hacer las cosas mal, y no bien, que es como yo las hago?

Qué bien sienta no estar a la altura de las circunstancias.

Qué bien sienta no estar a la altura de las circunstancias.

Yo creía que tenía que ser Dios, pero qué va.

Hasta que un día me cansé de preocuparme por todo y por el Todo. Ciertamente hay que ponerle un límite a lo que uno da al mundo. Uno da la mano y la Realidad le toma el brazo y no solo no se lo devuelve, sino que que quiere el otro. La Realidad es horrible. No se conforma con nada. Quiere esclavizar tu alma. Es una amante permanentemente insatisfecha, que quiere que te preocupes por ella las veinticuatro horas del día.
Así que hoy, me preocupo por lo poco que me queda. Estuve a punto de tocar el cielo y caí al fango. He asumido mi derrota. Soy un mortal imperfecto. Soy como el resto (o el común del vulgo, como yo solía llamarlos). Como ahora tengo mucho más tiempo, tengo preocupaciones banales, como cepillarme los dientes, hacer feliz a la gente que me rodea (una tarea nimia comparada con lo que yo solía hacer) y en general, problemas que puedo resolver por mí mismo o, en casos mayores, con la ayuda de algún conocido. Fue un tiempo bonito, cuando yo quería organizar el mundo a mi antojo. Yo creía que sabía, y seguramente lo sabía, pero mi poder finito me frustraba.

Supongo que ahora solo me queda pasar el resto de mi existencia preocupándome menos y menos por hacer saber a la Realidad que mi plan hubiera funcionado. Que el mundo hubiera sido mejor si se hubieran seguido todas y cada una de mis directrices. Qué más da. No soy el primero, ni el último que lo intentó. Al menos, a mí, ya no me agobia. Yo me reúno con la gente que tengo más a mano y discutimos sobre cómo arreglar lo inmediato, lo que está a nuestro alcance. Tiene algo de tranquilo esto de estar así, sin preocuparse por los experimentos genéticos, el desarrollo de la bomba nuclear en Corea del Norte, los planes de salud pública de los Estados Unidos y hacer cosas inútiles y hippies como ir en bicicleta en vez de ir en coche a todos lados, o echarle una mano al vecino porque no tiene ni idea de usar un taladro. A veces hasta participo en manifestaciones, y me enfrento a mis propios miedos escribiendo. Supongo que ahora soy como todos lo demás. Simple. Ingenuo. Mortal.

¿Por qué dejar de trabajar? Parte II


Adoro la película El Club de la Lucha, aunque la verdad, no cuenta nada nuevo. Un joven blanco, de edad media, con un puesto de responsabilidad y un buen salario en una empresa mediana o grande se da cuenta un día de que la razón por la que fue puesto en este mundo es trabajar de 9 a 5 para financiar muebles del IKEA. En un viaje de negocios se encuentra con su opuesto: un joven también blanco, con ideas más cínicas que el protagonista que expele citas que impresionan al protagonista. Entablan una amistad, abandonan sus trabajos y encuentran una solución que transforma la sociedad y el mundo en el que viven. En El Club de la Lucha la solución pasa por montar un club de peleas en los garajes de la ciudad en la que viven. El club se expande hasta convertirse en una sociedad secreta, la cual pretende la destrucción del sistema capitalista por medios terroristas y el establecimiento de una sociedad más libre que surgirá, no se sabe muy bien cómo, de las ruinas. Hablamos de una película anterior al 11 de septiembre entre cuyas secuencias más espectaculares está la demolición de los edificios de oficinas de los bancos más ricos del mundo. La lógica del argumento es: si eliminamos las infraestructuras, el sistema se derrumbará por sí solo. Los ataques a las Torres Gemelas demostraron lo contrario: derribar edificios con bombas o aviones no erosionó el sistema lo más mínimo. Lo pone en evidencia, desde luego, pero también lo justifica. Del terrorismo surgieron dos grandes beneficiados: los medios de comunicación, que pudieron rellenar informativos con otra cosa que no sea deportes y partes meteorológicos, y la industria armamentística.

Hay todo un género de películas y literatura similares a El Club de la Lucha. El Hombre de Los Dados, de Luke Rhinehart, trata de un psicoanalista harto de su existencia acomodada que decide tomar decisiones conforme lo que le vayan dictando los dados. Trainspotting sigue el mismo trayecto pero en dirección opuesta: el éxito o el fracaso de los protagonistas se mide según su capacidad para integrarse en el estilo de vida corporativo. El viaje de Renton termina cuando abandona la heroína para volver a un estado de aceptabilidad social y éste es nada menos que convertirse en comercial inmobiliario, es decir, encontrar un trabajo asalariado. En ambos casos, el núcleo de los problemas gira en torno a un mismo concepto: cómo los protagonistas aceptan o rechazan el trabajo asalariado. En ninguna de estas obras se pone encima de la mesa qué significa para ellos trabajar: se asume de manera tácita que acudir de 9 a 5 a una oficina es algo que hay que hacer. Aquí encuentro una diferencia en el tratamiento en Trainspotting y en El Club de la Lucha. El componente mágico. En El Club de la Lucha, la solución a los problemas del protagonista, la ansiedad por el estatus, la depresión y el aburrimiento se encuentra en el afuera. En Tyler Durden, en una sociedad de luchadores secreta, en la fantasía extremista de que dinamitando edificios corporativos los integrantes de la sociedad se volverán felices al día siguiente. La lógica subyacente es: si el capitalismo en su versión corporativa es el trauma de la sociedad, eliminemos las corporaciones y habremos creado las condiciones para la felicidad.

Se trata de ficción, claro, pero démosle un uso a la imaginación: una sociedad secreta dinamita los cimientos del capitalismo, cumplido su cometido se desintegra y nos deja al resto de seres humanos libres de nuestro yugo. Nos encontramos ante las puertas del ansiado paraíso. ¿Qué sucede?

Nada. No sucede nada. En El Club de la Lucha hacen un interesante guiño a esto, a su manera.

Me sorprende cómo he organizado mi vida en torno al trabajo. Elijo mis horas para comer según los horarios de la oficina para la que trabajo. Elijo una casa según la comunicación y la accesibilidad al lugar de mi puesto, no según la posibilidad de convertir mi casa en un hogar. Cada vez que me junto con amigos o conocidos desenfundo preguntas sobre qué oficios, qué trabajos, qué salarios manejamos. Cuando tengo pareja, muchas de nuestras conversaciones tienen como fondo a las relaciones con los compañeros de trabajo, las condiciones del empleo, las amenazas de recursos humanos, la habilidad o inutilidad de los jefes, las prisas por las entregas, las sospechas de quien se escaqueaba y quien cumplía. Y, por supuesto, me levanto, algunos días, con el estómago al revés, me arrastro hasta la ducha, desayuno cualquier cosa, me enfundo el traje y luego me dejo ir hasta la oficina.

Dos pensamientos han sostenido este ritual durante diez años. Uno, que la causa de que renuncie a la libertad de levantarme a la hora que me venga en gana es totalmente ajena a mí. En este mundo uno necesita dinero, el dinero se consigue trabajando, la manera de conseguir dinero rápido y seguro es trabajando de 9 a 5 en una corporación. No es culpa mía. Dos, algún día, cuando tenga suficiente dinero, no tendré que trabajar, podré hacer un corte de mangas al sistema y seré feliz. Voy a subrayar esto, que está en futuro simple: seré. Repensemos estas dos afirmaciones. La primera excusa arroja la miseria personal a las abstracciones: las empresas, los bancos, en fin, todo lo que no soy yo es causante de mi estrés. La segunda es el pensamiento mágico: algo ocurrirá que me salvará. Esto es como estar en un edificio en llamas y negarme a salir de mi cama porque los bomberos tienen que venir a rescatarme, que para algo pago sus salarios con mis impuestos.

Pues bien, si todo esto acabara, si de repente mañana un grupo terrorista destruyera todas las empresas, y sorprendentemente no quisiera asirse al poder y nos dejara a nuestro libre albedrío, o la crisis se llevara por delante a toda la gente mala que puebla el gobierno, la industria, si solo quedaramos la buena gente de este mundo, como soy yo y todos los sufridos trabajadores de las corporaciones… No pasaría nada. O quizá sí: a mí me invadiría una ansiedad terrible. Mi mundo ha consistido en obedecer esos dos pensamientos: la culpa de mi miseria es ajena y la felicidad vendrá cuando deje de sentir la bota en mi cabeza. La democracia llegará cuando la gente se eche a la calle, las mujeres me querrán cuando dejen de fijarse en los mazados del gimnasio, podré dejar de trabajar cuando las empresas no me exploten. Todo eso no existe ahora. Ya no hay opresiones externas. Ahora me toca a mí. Como el protagonista de El Club de la Lucha estoy solo frente a mi dolor. Y estoy aterrorizado.

De carreras, de escribir y de perder las llaves. Una reflexión.

Me encanta correr. Tanto, que no hay semana que no haga al menos cuarenta kilómetros. En un año, he participado en cinco carreras (incluida la San Silvestre Vallecana, en la que pude correr de milagro), me he llevado un par de sustos en el fisioterapeuta y tengo planeado correr la maratón clásica de Atenas este año. No obstante, no me puse a correr por salud sino por tacañería: ¿para qué pagar cuarenta libras mensuales de gimnasio si puedo correr alrededor del gimnasio por casi nada? Echarme a la carretera también me ha ahorrado un buen pico en psicoterapia, y es que parece ser que torturar tus rodillas durante una hora cada día cura la melancolía y la desazón.

Así que a correr se ha dicho. Salgo disparado del trabajo para vestirme con el traje folclórico del corredor amateur: zapatillas, camiseta transpirable, pantalones cortos, reloj cuentakilómetros y muñequera con dinero y llaves, y ahí que voy al elegante trote por parques, calles y avenidas. La excitación cuando voy a correr es tal que me falta tiempo para deshacerme de la ropa de trabajo una vez llego a casa y tirarme a la calle a zapatear en el pavimento. Esta urgencia por emular a Zatopek o Forrest Gump, según el día y la hora, le hace uno olvidadizo y acarrea anécdotas muy apropiadas para reuniones de amigos, especialmente aquellas en las que la mayoría de los presentes se agita ante la mención de la práctica de actividades físicas más allá de la carrera hasta el autobús. Como aquella vez que me dio un tirón en un enero siberiano a cinco kilómetros de casa, sin abono transporte ni dinero con el que tomar el autobús. O el espasmo asmático que me atacó en primavera mientras mi ventolín reposaba plácidamente en el fondo del cajón de los teléfonos móviles retirados y condones con fecha de caducidad cercana.

Ayer me olvidé las llaves de casa. No se lleve nadie a engaño, que no fue una desgracia: vivo con otras dos personas, que estaban trabajando en ese momento, así que acudir al drama no era razonable. Aún. Fueran una, dos o tres horas, mis compañeros de piso volverían y podrían abrirme la puerta, y me fundiría en un abrazo con ellos. Y ellos, perplejos, deducirían que aquella era otra muestra más de la necesidad que Raúl tenía de un par de sesiones más de psicoanálisis.

No había comenzado a correr y ya sabía que no tenía las llaves y no podía volver a casa. Así con todo decidí correr. Mis quince primeros minutos al trote los ocupo pensando en las cosas que me han tocado los cojones ese día. Por ejemplo: que tengo que soltar cincuenta libras a Vodafone por no molestarme en conectar Skype con más frecuencia. O que ese mismo día le dije a mi jefe que dejaba mi puesto de trabajo, y que no tenía intención de buscar trabajo o montar negocio alguno. Ningún plan. Bueno, sí, quiero escribir, pero eso no evita la sorna y cierta vergüenza ante lo regurgitado de la opción. Escribir no da dinero. Pienso, además, que me he dejado las llaves en casa, sin saber si mis compañeros decidirán trabajar hasta tarde o solazarse en las casas de sus parejas hasta la mañana siguiente.

A los quince minutos del comienzo de la carrera, la respiración, el ritmo de la carrera y la mente se calman. Encuentro un equilibrio y así el esfuerzo se hace más agradable. No obstante, no se vuelve más fácil: mantenerse en este estado de neutralidad emocional requiere una concentración formidable. Yo soy de la opinión de que cualquiera con una forma física normal puede correr una maratón en cinco o seis horas si tiene la cabeza donde tiene que estar. En mí, cualquier interferencia desata una pequeña crisis interna y la primera reacción de mi cabeza es siempre “para”. Un ciclista te adelanta: “para”. Un chucho te ladra: “para”. Otro corredor se pone a tu estela: “para”. Y así todo. Trato de observar las reacciones internas y a la tercera vez, ea, paro. No quiero desatar una crisis de ansiedad y convertir mis ejercicios de introspección en una tortura. Ea, venga, paro. Llegué al portal de casa, y mis compañeros no habían llegado. No sabía qué hacer, o cuánto esperar, así que me dediqué a caminar. En un cibercafé mandé un correo a los dos, con la esperanza de que lo leyeran y se apiadaran de mi despiste lo antes posible. Sin teléfonos móviles ni otra manera de contacto cabía la posibilidad de que pasara la noche fuera de mi casa.

No estaba dispuesto a dejarme llevar por el pánico, no aún, así que me senté en la parada de autobús en frente de mi casa y tomé el 38 hasta Angel. Pero no tomé el autobús 38 de toda la vida, no, no, yo quería subir a uno de los nuevos, el nuevo RouteMaster que lleva poco tiempo operando y en el cual uno puede montarse y bajar al vuelo, en una intersección, en un cruce, ale-hop y uno ya está dentro, como en los antiguos RouteMaster. Mirad qué preciosidad.

De ahí bajé a Angel y me di un paseo por mi antiguo barrio, donde viví un año en un piso de una habitación que, para que negarlo, era un lujazo, está situado a una conveniente distancia entre King’s Cross, Angel y la City pero cuyo alquiler y facturas se comieron los ahorros que traía de España en cinco meses y me acarrearon una deuda de igual cantidad, que solo he terminado de pagar este mismo año. Esto es: quince meses después de haberme mudado a una habitación en un piso compartido en la poco accesible zona 2. Donde vive la gente normal. Aun con todo, la deuda no era lo peor – el banco Papá y Mamá no carga intereses por demora – sino la recurrencia de ciertos pensamientos cuando vivía solo en ese piso. ¿Y qué pasaría si una noche me da un infarto y me muero? ¿Y si me caigo en la ducha y me desnuco? Quedará mi cadáver expuesto al ridículo y la voracidad de los insectos carroñeros, sí pero ¿cuánto tiempo? ¿Una semana, dos semanas? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que alguien me eche de menos?

En esto entretenía mis noches cuando vivía en ese piso, así como en organizar en mi imaginación orgías y encuentros fugaces con prostitutas de alto standing  que nunca llevaría a cabo. La ética católica es firme en este aspecto, y es imposible librarse de la misma así como así. Lo primero era pagar las deudas, luego la diversión. Donde quiero llegar con todo esto es que ayer estuve durante dos o tres horas mucho más desprotegido que cuando lo estaba en ese piso en el que viví durante un año en Angel. Ayer estaba en la calle: no tenía dinero, no tenía casa, hacía frío y el sudor seco no me hacía el acompañante más ideal. Caminaba en pantalones cortos y observaba a la gente cenando en restaurantes, abrazados a sus novias o celebrando el final del día en algún pub. Yo llevaba una libra en el bolsillo con la que me pagué un Gatorade, y el abono transportes u Oyster card.

Cuando siento que no quiero continuar corriendo o me descubro poniéndome límites en distancia o tiempo, y la mente empieza con la cantinela “para aquí”, “para allí” o “para, cojones” ensayo el siguiente ejercicio: ¿y si el fin no estuviera aquí, o a cien metros, o a doscientos, o a diez kilómetros? ¿Y si tras cruzar la meta tuviera que seguir corriendo hasta que las rodillas reventaran? ¿Cómo lo iba a hacer? ¿Y si mis compañeros de piso no hubieran vuelto, como finalmente hicieron, porque se habían desnucado en la ducha, o habían organizado una orgía y en ese caos no había dios que escuchara el timbre?

¿Qué habría pasado entonces?

Lo peor de las expectativas no es que se cumplan, es que si uno no las domestica terminan por acaparar el espacio de todas las posibilidades. No puedo correr una maratón porque me asfixio a los diez kilómetros, no puedo dedicarme a escribir porque necesito un salario, voy a morir solo y abandonado en la calle porque me he olvidado de las llaves del piso. La expectativa, fatídica o sublime, ocupa toda la imaginación y la estrangula.

Reviso las mías: quiero una casa para mi novia y mis futuros hijos, pero no quiero morir pensando que he renunciado a mi vida para pagar una hipoteca. Quiero escribir, pero no quiero enfrentarme a las especies que pululan el ambiente: críticos, agentes, productores. Sobre todo, no quiero enfrentarme al peor de todos: yo mismo, que acudo a la escritura con los dientes apretados y una visión repleta de prejuicios y ideas preconcebidas que poco o nada ayudan al oficio.

Y sin embargo, ocurre. Uno se sienta a escribir y escribe, o se mete en una hipoteca, o deja su trabajo, o sigue corriendo, no para cumplir la expectativa sino por esa fascinante cualidad que tiene el hombre de ir en contra de la lógica que uno mismo ha creado. Uno abandona las expectativas y, como si un muro de contención se hubiera derrumbado, entra la vida. Tu novia te dice que te ofrece casa y comida, y hasta lecho caliente, si te portas bien. Que los niños, si vienen, no necesitan vivir en una mansión con cinco habitaciones: necesitan un padre atento, cariñoso y sobre todo, honesto consigo mismo. Revisas la lista de amigos a los que podrías acudir para tomar una ducha y que te dejen algo de dinero hasta el día siguiente sin que te pusieran demasiadas pegas y resulta que son más que un puñado. Tengo a Bárbara y Sergio. A Verónica y a Edu. Efrem, Carlos, Chris… Descubres que después de diez kilómetros aún podrías correr otros diez. Que podrías correr una maratón.

Descubres que estás semidesnudo en la calle y solo, sin casa y sin dinero, y empieza a hacer frío en un verano que nunca se parecerá a los veranos en España y que no es que no tengas un lugar al que ir, sino que puedes ir a cientos. Al abandonar la expectativa de volver a casa, a tu cama, a la comodidad del fuego conocido se abre la posibilidad de hacer de cualquier sitio desconocido tu hogar.

Descubro que la casa está dentro de uno mismo. Y solo uno mismo la puede habitar.

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