Cuando la calidad moral del personaje viene dada por lo traumática que ha sido su vida, algo huele raro. Huele a narración que nos quiere decir que ser inmigrante ilegal, ser anoréxica, suicida, violado o torturado le otorga una aureola moral que lo separa de las contradicciones de cualquier historia. Aquí, el fondo de la cuestión es que más allá de las historias que escribimos, hay por el mundo suicidas, torturados, anoréxicos, gente real que ha de vivir con estos hechos. Y aunque se podría hacer y se ha hecho una literatura magnífica son, con demasiada frecuencia, el objeto de abuso de periodistas y malos narradores.

Esto lo encuentro con recurrencia en la mala televisión y en los textos de escritores principiantes: un personaje que sufre un trauma para dotarle de un pasado lo suficientemente pesado como para que no nos quepa duda de que el que sufre de veras es él. De tan trillado, ha venido a convertirse en el comodín del mal escritor que ni se molesta en pensar dos veces  qué supone para la vida haber pasado por una experiencia tan desagradable. No desarrolla las consecuencias, no investiga, no sabe de dónde viene: cree que a través de la violación, cualquier acción que el personaje lleve a cabo ya será vista con ojos más piadosos, que los errores que cometa serán los propios de una víctima. El escritor encarcela al personaje en este papel de víctima y lo ahoga en un pasado del que no podrá reponerse.