No debería contar esta historia, porque no sé narrar historias de gente qué conozco. No he tenido buenos vecinos en Londres. A decir verdad, no he tenido ni buenos ni malos: la mayoría han sido sombras pasajeras en el trajín del día a día, personas decentes con los que intercambiaba un buenos días y un buenas tardes si se daba el caso y la frustración del día lo permitía. Cuando llegué aquí, mientras trataba de ajustarme al cambio de piel que es una nueva ciudad como Londres, me ocurrió lo peor que le puede pasar a uno en estos procesos: perdí la llave de mi casa. Vivía solo por aquel entonces y apenas llevaba cuatro meses en este país, así que poco sabía de la celosa intimidad de la que presumimos los londinenses y que llena las consultas psicológicas y los pubs a diario. Fui tocando puerta tras puerta hasta que un vecino en calzoncillos se apresuró a abrirme la puerta. Le dije que era nuevo en el vecindario, que había perdido la llave y que tenía varias bolsas de la compra en la puerta: ¿no sabría por casualidad de algún portero o vecino que guardara una copia de la llave? Sorprendido, casi cómico, el hombre me dijo que no sabía y se volvió a quien parecía ser su amante, preguntándole si sabía de alguien que tuviese una copia de mi llave. La pregunta les era alienígena, ¿quién confiaría la llave de la puerta de tu casa a un vecino? Llamé a otra puerta menos amable que me mandó a la mierda y ahí decidí que lo mejor sería recorrer en metro las quince estaciones de metro que separaban mi casa de la de la dueña, española, que me dio una copia y la factura del cambio de cerradura dos días después.

Cuando vuelvo a España, cada dos o tres meses, los vecinos, lo quiera o no, me dan el parte de lo sucedido no ya en mi planta, si no en todo el bloque. Da igual que permanezca un fin de semana o un mes entero, que vaya acompañado o no, día tras día, cada encuentro son diez minutos de un fragmento de la gran novela que construimos en nuestro edificio de apartamentos. Al principio lo desdeñaba como cotidianeidades sin sentido pero hoy tengo más humildad y me lo tomo como un intento colectivo de crear una historia sobre el lugar en el que vivimos, sobre contarnos nuestras vidas de una manera que tenga sentido. Muertes, nacimientos, casamientos, achaques, nuevos inquilinos se cruzan transversalmente con el momento político, con el parte meterológico o el tráfico, y mi posición como observador intermitente casi pone en revuelo a la comunidad, que parecen esperar un día tras otro para encontrarse conmigo y regalarme fragmentos de una historia tan trivial como fascinante.

En Londres, solo he conocido a un tipo así, que vivía en el piso de abajo. Lo conocí en 2012 y me despedí de él en 2014, desde el autobús. Me cuentan que descubrieron su cadáver la semana pasada. Llevaba varias semanas muerto y al parecer, la ola de calor facilitó que el hedor del cuerpo llegara a las otras casas. Llamaron a la policía, al juez y certificaron su muerte. Ahora estoy muy cansado, incluso para contar esta historia, pero quiero contarla.

Conocí a mi vecino por mi compañera de piso: no te acerques al tipo de abajo, que está loco. ¿Está loco? Está loco, no hables con él, no sea que vaya a ser peligroso y nos mate a todos. Esta era mi compañera de piso, que se volvía histérica porque los de abajo ponían música caribeña a las 11 de la mañana o porque la limpiadora brasileña le arruinaba el día cuando no terminaba su turno antes de que ella volviese del trabajo. Todos están locos menos yo: es el chiste del conductor suicida, que ve a los otros conductores en dirección contraria. Era una invitación a que nos presentaran.

¿Estaba loco mi vecino? Bien, me pasaba notas ilegibles debajo de la puerta y estaba convencido de que la CIA orquestaba un espionaje mundial a través de nuestros teléfonos móviles. ¿Estaba loco? Sí, lo estaba, estaba diagnosticado, tomaba litio y era muy consciente de lo mal que se encontraba a veces. Me enseñó la caja de pastillas cuando tomábamos agua en su apartamento, y una foto en la que aparecía su hermano con su sobrino. Su hermano se pasaba, de vez en cuando, pero quienes más se pasaban eran los servicios sociales. A veces se lo llevaban una temporada y venía calmado y un poco más triste. Yo solía salir a correr a la misma hora todos los días y él sabía a qué hora llegaría, allí en el descansillo, me esperaba fumándose un charuto. Me contaba que el lavado de cerebro de los londinenses llegaba a límites esquizofrénicos, que venía originalmente de Isla Mauricio, que había sido electricista (me enseñó el título) y que echaba de menos trabajar.

No tenía absolutamente nada en la casa. Nada. Ni siquiera cubiertos. Ni sábanas, ni persianas. Así vivía mi vecino. Con la pensión del estado, las pastillas, su título de electricista y la foto de su hermano con su nene. No necesitaba nada más. Solo las historias: sabía que la pareja de arriba se iba a mudar porque iban a tener un bebé, que los de abajo preparaban un jerk chicken genial y que el del primero estaba cambiando el parqué. Digo esto porque mi vecino era el único que contaba la historia de toda su comunidad y como el cuentacuentos, como el Tiresias de Balls Pond Road, tenía que estar por fuerza un poco loco, un poco ido, porque se cargaba sobre sus espaldas la novela y la historia de tantas familias.

Tiresias, como yo, se quedó un día sin poder entrar a su casa y ni se molestó en ir pidiendo la llave: para qué, si ya conocía los recovecos de sus vecinos. Si ya sabía que le consideraban un loco. Intentó tirar la puerta abajo y no desistió hasta que una ambulancia y unos señores de verde le agarraron del brazo y se lo llevaron por unas semanas. Mi compañera de piso pudo salir de casa y la vida siguió su curso. Y cuando volvía de correr allí seguía, recabando historias, preguntándome directamente porqué seguía trabajando en la oficina si yo lo que quería era ser escritor.

Leo la historia de Joyce Vincent, que murió durante la Navidad de 2003, rodeada de regalos y la televisión encendida y su cadáver no fue encontrado hasta tres años después, en 2006; leo la historia de David Clapson, un ex-soldado que murió de inanición (sí, de inanición, en el Reino Unido) con 3 libras en el bolsillo y una bolsa de té en la despensa; me pregunto por toda esa gente que quise profundamente y que insiste en escapárseme de mi vida, en desaparecer absolutamente como agua en el océano de ojos tristes y paso apretado que es esta ciudad, y en toda esa gente a la que yo he desertado por hastío, por pudor, por venganza; me entero de la muerte de Tiresias y de su cadáver preguntándose, segundo tras segundo, qué será de una comunidad tan ciega y tan sorda, de una gente tan mezquina como la que se queda en la tierra, y no encuentro, de verdad que no encuentro las palabras con las que añadir si quiera una palabra amable a esta novela comunitaria que estábamos escribiendo, en qué momento se nos olvidó contarnos los unos a los otros nuestras vidas, en que momento saltamos de este punto fugaz, pretendiendo olvidar lo pequeños y preciosos que somos en el gran gran vacío que es este universo oscuro y frío.