En febrero de 2014, Melissa Dean, la directora artística de BAREtruth theatre, me propuso crear un nuevo show que definiera la estrategia artística de la compañía. El primer espectáculo de BAREtruth estuvo basado en Theatre UnCUT, la respuesta teatral a los recortes en el gasto público que se habían llevado a cabo en el Reino Unido durante la legislatura Tory. Dicho espectáculo fue muy bien recibido en Londres (a pesar de tratarse de una lectura dramatizada). Ya desde su inicio parecía claro que BAREtruth quería proponerse como una compañía que quería trabajar con temas controvertidos, algo que a mi entender, es bastante necesario en la escena londinense y en cualquier escena artística que se precie. Después de varias entrevistas, Melissa me ofreció el puesto de ayudante de dirección artístico y yo acepté.

El primer espectáculo de la compañía abordaría lo que en el mundo anglosajón viene a llamarse FGM o Female Genitalia Mutilation, que ha sido traducido por los medios españoles por la no menos cruenta expresión “ablación del clítoris“. Con todo, la expresión inglesa es más certera, ya que la práctica de la mutilación femenina no se limita solamente a la ablación del clítoris sino que también incluye la infibulación (cosido de la vagina), la extirpación de los labios menores e inferiores, así como el corte, la perforación o la abrasión de los genitales femeninos por razones no estrictamente médicas. La razón para escoger este tema residía en que hacía poco menos de dos meses se habían iniciado el primer proceso judicial contra dos personas envueltas en un caso de infibulación (cosido de la vagina) en el Whittington Hospital en el Norte de Londres, y esto había creado una ola de interés social en mucho tiempo. Periódicos como The Guardian, o Evening Standard, y la aparición de portavoces como Fahma Mohammed o Leyla Hussein habían traído a las portadas una práctica oculta que afectaba a más de 60000 mujeres en el Reino Unido y a 125 millones en todo el mundo. Existen países como Somalia o Egipto, donde la mutilación femenina alcanza porcentajes de hasta el 95%.

Melissa me pidió escribir una pequeña pieza “verbatim” para el show. Esto quiere decir que tendría la oportunidad de entrevistar a supervivientes, líderes locales, trabajadores y otras personas del entorno y plasmar sus palabras, tal y como ellos las expresaran, en una obra. No se trataría de una obra “basada en” o “inspirada en” las entrevistas que mantuviera con estas personas sino que sería sus testimonios literales los que serían actuados en escena. Esta obra se llamaría a la postre “Where do I start?” (¿Por dónde empiezo?), formaría parte del show Little Stitches (Pequeños puntos de sutura) y se estrenaría a finales de agosto del 2014 en el Theatre 503 de Battersea, Londres.

Escribir una obra de estas características es un sueño para cualquier escritor. A lo largo de mi carrera como dramaturgo, siempre he considerado que el teatro es una poderosa herramienta para transformar el mundo que nos rodea. La denuncia sobre el papel es muy útil contra la injusticia prevalente en el mundo, pero la escena nos toca a través de los sentidos. Además, iba a sentarme con abogados pro derechos humanos, trabajadores sociales, voluntarios que habían viajado a países en guerra para educar a las mujeres acerca de su salud sexual, gente que empoderaba a los más desfavorecidos y lo continuaba haciendo año tras año.

Tras varios meses de investigación, ya había leído todo el material relevante en lo que se refiere a la mutilación genital femenina. Había leído todos los libros, estudiado minuciosamente todos los documentales y películas, asistido a decenas de conferencias y atendido varias mesas redondas. Ya había mantenido varias conversaciones con activistas y líderes comunitarios que habían expresado sus opiniones con contundencia y severidad. La obra estaba casi escrita. Ya sabía qué forma y que imágenes contenía, qué mensaje iba a enviar al público. Tan solo necesitaba sentarme con un par de supervivientes para certificar lo que ya había descubierto.

Pero me equivoqué. La primera entrevista que mantuve con una superviviente lo transformó todo radicalmente. Estaba equivocado y tenía que comenzar a escribir la pieza de nuevo.

* * *

En ocasiones se nos pregunta a los escritores, los actores, los directores de teatro por qué hacemos lo que hacemos. Y nuestras respuestas, la mayoría de las veces, no son más que un eco en el vacío, como la declamación de un mal poema en un auditorio sin gente. Hacemos teatro porque lanza preguntas sobre nuestro mundo, porque nos preocupa la sociedad, porque queremos denunciar la injusticia. Esto en realidad no significa gran cosa. No significa nada. Es una mentira de tan repetida se ha vuelto peligrosa. ¿Nos creemos lo que decimos, cuando decimos que nos preocupa la verdad? ¿Hemos sopesado las consecuencias artísticas de ser fundamentalmente honestos?

Durante mi primera entrevista con una superviviente de este abuso, me di cuenta que la primera tarea, la más importante antes de escribir siquiera una sola línea de la obra, era la de revisar a qué llamamos verdad en el teatro. Porque sucede que en ocasiones los actores, los escritores y los directores nos interponemos entre una historia y su verdad. Que irrumpimos en el dibuo de nuestros personajes, que las verdades que precisan ser dichas quedan a medias tintas y a medio decir, y por completo falsificadas por nuestras asunciones y privilegios.

La primera pregunta que Felicity me realizó cuando me senté en una habitación de Manor Gardens, y que es la línea que abre fuego en mi obra, fue la siguiente:

FELICITY – ¿Por dónde empiezo? ¿En el momento en que me cortaron?

La persona que se sentaba frente a mí dictó estas palabras como si de una máquina se tratase. Como si le hubiese pedido recordar, detallar, explicar cien y mil veces como había sido su experiencia; en los talleres que impartía, en las entrevistas que concedía, en su trabajo como activista, en las preguntas a la prensa y otros escritores; dejó caer estas palabras porque asumía que cualquier persona interesada en su experiencia querría saber de inmediato los detalles cruentos del corte. Y eso era exactamente lo que yo quería. Antes de entrar a esa habitación donde Felicity me esperaba tranquilamente, ya sabía lo que quería que me contara y ella había asumido que eso era lo que yo quería saber: si le había dolido, si odiaba a quien la había cortado, y cómo se sentía hoy día.

Cuando uno escribe sobre asuntos como éste que han generado tantísimo sufrimiento y que se han originado desde tiempos remotos como es el caso de la ablación del clítoris, distinguir entre un teatro de activismo y un teatro que sea verdadero puede ser borrosa. Como ciudadanos concienciados queremos erradicar esta aberración y poner nuestra pluma a trabajar por un mundo más justo. Y, desde luego, el teatro puede ayudar a aproximarnos a lo que ocurre en el mundo; mas como arma para el activismo, es falible. No puede competir con el documental televisivo, que puede ser irradiado a todo el mundo, le falta la espectacularidad del cine con sus luces y contraluces, por último, el teatro no se lleva muy bien con las estadísticas y los números ya que éstos acercan las obras al tedio más que a la revelación. La realidad es que cualquier pieza de teatro, incluso la más rabiosamente política, se fundamenta en una verdad muy simple: una historia sencilla que solo alcanza a unos pocos espectadores en un audiotorio. Incluso en la obra de dimensión más épica, el teatro se enraíza en minucias. No se trata sino del recuento de lo que le pasa a un personaje a través de sus defectos, sus dudas, sus fobias y las situaciones en las que se deja caer; en última instancia, una obra de teatro se cierra con los descubrimientos de este personaje. Una bombilla que se funde en el peor momento. Un hombre que nunca acude a una cita. Un pequeño animal de vidrio que se rompe. Una carta con malas noticias. El teatro cuenta sus historias a través de elementos tan insípidos como estos y por ello es tan poderoso, porque nos apela a través de lo cotidiano, de los objetos y situaciones frugales que nos rodean cada día. Y estos detalles, por sí mismos, parecen lo contrario a lo que se precisa para enviar un mensaje de cambio al mundo.

Aquella tarde estaba sentado frente a una persona que había sufrido una injusticia tremenda. Estaba escuchando a una superviviente, pero también a una chica con un novio escocés a quién tenía que esconder de su familia, al menos hasta que se casaran o ella se quedara embarazada. Una chica que ya ha decidido qué nombres le va a poner a sus hijos, Adam y Sarah, y a quien le encantaría trabajar con críos aunque le asusta las injusticias que a veces sufren. Una chica a quien le gusta la playa, que ha visitado España y que tiene curiosidad por saber cómo es Cuba. También me contó que fue mutilada en Somalia, que vio la catástrofe de la guerra allí y que tuvo que emigrar al Reino Unido sin conocer la lengua ni la cultura. Dice que sus mejillas regordetas la hacen parece más joven de lo que es, pero en realidad es la manera que tiene de mirar.

Felicity no es el producto de una cicatriz, o una entre las 137000 mujeres mutiladas que viven en el Reino Unido. La obra que escribí contiene todos los detalles, las cifras, los debates que a veces se escuchan entre políticos y activistas, entre abogados y detractores, pero una vez que todo ha terminado, que el debate ya no da para más, una vez que todo el mundo ya ha salido del foco de atención, Felicity toma la escena y poco a poco, sin dramatismos ni aspavientos, se digna a recordar su historia, en sus propias palabras, sin necesitar de un escritor que la traduzca, la corrija o le diga cómo tiene que decirlo. De ahí viene la fuerza del teatro: de voces verdaderas como la suya.

Las supervivientes de la ablación necesitan de los abogados, de los activistas, de los periódicos para que cuenten al mundo quiénes son y por qué luchan, necesitan de directores de cine para que aparezcan en pantalla, pero también necesitan del teatro para explicar que son mucho más que un caso, una sobreviviente, una historia de interés: son su propia voz, y eso es de lo que trata “¿Por dónde empiezo?”. De conceder a mujeres como Felicity ser escuchadas sin filtraje, sin agendas, sin una conclusión premeditada. Conceder a mujeres como Felicity empezar su historia desde donde ella quiera.