Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: Octubre 2013

Un blanco corre por las favelas de Salvador

Un par de días después de aterrizar en Salvador de Bahía decidí salir a correr por la ciudad. Los poco entusiastas del atletismo nunca entenderán por qué un corredor amateur necesita salir a regarse los pies con kilómetros cada poco tiempo: lo comparan con una droga y a nosotros con drogadictos. Yo creo que la comparación peca de injusta. El drogadicto es la víctima de una superestructuras criminales que terminan por aplastarlo. Es el triste final de una cadena que incluye agricultores explotados, mulas detenidas en aeropuertos, camellos enganchados a su producto y poblaciones al borde de la destrucción. El corredor solo corre y si no puede correr se queda en casa comiéndose unas galletas y la cabeza. Con todo, nuestro anfitrión, Mark intentó convencerme de que no todas las rutas en Salvador eran seguras. Por supuesto, no le hice caso. ¿Cómo no iba a ser segura una ciudad cuya geografía esta compuesta de un setenta por ciento de favelas y un treinta por ciento de viviendas amuralladas, con guardas armados, alambre de espino electrificado y perros de presa?

No trato de ser sarcástico, y esta es la lógica por la que se guíaba mi reflexión. Usted tiene una ciudad maltratada por todos los costados; acuda donde acuda para documentarse, el viajero novato encuentra una y otra vez las mismas ideas, convenientemente entretejidas, sobre el carácter peculiar de Salvador de Bahía. Primero, que es la ciudad más africana fuera de África, por la cantidad de negros descendientes de esclavos que viven. Segunda, que el 70% de las viviendas son infravivienda. Y tercero, que es una ciudad tremendamente insegura. Estos hechos combinados con los polvos mágicos de los prejuicios, producen cadenas causa y efecto muy interesantes para estudiar el nacimiento del discurso racista: Salvador es una ciudad pobre, de negros y peligrosa. Pero la verdad es que si una ciudad pobre, de negros y peligrosa ha sabido mantenerse viva durante tantos siglos de tráfico de esclavos, si ha sido la ciudad que fermentó la creación de la capoeira, un arte, danza y lucha incluyentes; si ha logrado mantener su carácter a través de su religión, de la música, si ha sabido ser un verdadero hogar multicultural (puesto que alberga a los descendientes de un continente entero, África, y no de una sola nación colonizadora) uno no entiende cómo ha encontrado un camino en el que la ciudad no sea una zona de guerra constante.
Y sin embargo lo es: una zona de guerra. Pelourinho, el barrio de los turistas, es constantemente patrullado por la policía militar, que portan el elemento disuasorio más efectivo para los mendigos: una metralleta. Los apartamentos de las clases más pudientes están rodeados de pantallas de polimetilmetacrilato, custodiados por seguridad privada armada hasta los dientes, en las cualquier visitante es registrado y estudiado como si fuera un terrorista suicida. Se pide no correr por dentro del recinto y seguir las normas de seguridad, de otra manera, ¿qué podría pasar? Las vallas electrificadas vienen de serie. Es peculiar que los polvos mágicos de los que hablaba antes hagamos que nos de más miedo lo que puede ocurrir si corremos por una ciudad desconocida,  a un tipo de dos metros con una rifle cargado y vistiendo un chaleco antibalas.

ladeiras

Así que salí a correr. No sabía muy bien dónde quería ir, o por dónde quería correr, o peor aún, cómo iba a volver si me perdía. No es extraño ver a corredores en Salvador de Bahía. Desde el faro de Barra hasta las playas de Flamingo se pueden contar por cientos, la playa a un lado, la ciudad al otro. Sin embargo, no era una opción para mí, ya que el apartamento donde nos alojábamos quedaba muy lejos de la playa. Así que terminé donde tenía que terminar: corriendo por las ladeiras que, por cierto, hacen honor geográfico a su nombre. Que pregunten a mis piernas. Yo me imagino a mi potencial asesino afilando el cuchillo en el interior húmedo y caliente de su favela, esperando que pase por su calle para asaltarme y rebanarme el pescuezo y después hacer macumba sobre mis entrañas y lo que me encontré fue… Nada. Oh, sí. Salvador de Bahía. Una ciudad en la que la policía militar detiene a gente por la calle y los tumba en el suelo como si fueran terroristas suicida. Un tráfico que amenaza con comerse la ciudad. Miradas extrañas hacia el blanquito que con zapatillas de deporte suda una camiseta que cuesta lo que un salario medio en la ciudad. Mercadillos donde venden carajés de un aspecto más que insalubre junto a copias perfectas de bañadores Adidas. Y un calor que me perdió en mitad de la ruta.

Lo del chaval que limpia váteres en Londres

Estoy a dieta de noticias. Hace unos meses me instalé en el navegador web el plugin Chrome Nanny (que traducido al español quiere decir la niñera del navegador) y que se activa cada vez que trato acceder a la página web de un periódico. Así, cuando abro los matutinos ansioso por saber lo que ha pasado en el mundo durante mi sueño, un corto pero elocuente mensaje ocupa la pantalla de mi ordenador y no me deja acceder a la página web. ¿No deberías estar trabajando? dice.

Las dietas se llevan a cabo porque uno quiere sentirse mejor consigo mismo o por necesidad médica. Se abandona el azúcar para alejar la diabetes pero también para elevar los glúteos, se deja el alcohol para que uno no le duela el pancreas o la cabeza cada domingo de nuestro calendario solar, se deja de fumar porque acelera la muerte. Yo nunca había llevado a cabo una dieta de ningún tipo, al menos no de manera consciente, pero entiendo el sufrimiento de los dietistas sempiternos, como mi padre: cuando uno se propone dejar de comer algo, beber algo o hacer algo que entiende perjudicial para sí, el mundo se confabula contra él. El que quiere dejar de fumar se encuentra con que a la entrada de cada establecimiento – sobre todo si es un bar o un restaurante – hay alguien fumando. El que quiere dejar de comer porquerías se da cuenta de que las grandes ciudades están infestadas de locales de comida rápida; y el que quiere dejar de beber, bueno, nunca vio tan fácil acceder a una cerveza salvo cuando se propuso ser abstemio. Para calmar la ansiedad uno siempre puede saltarse la regla: hoy me como un dulce, pero no más. Hoy un sorbito de vino o un cigarrillo de liar. Pero ser benevolentes con nuestro vicio acucia más su condición, su realidad oculta y viciosa, y elpequeño sorbito se convierte por birlibirloque en la curda más grande del año, y eso que aún no estamos en Diciembre.

Con cierta intermitencia y debido a mi contacto con la irritante humanidad pero no tan irritantes amigos, acabo por saber cómo va el mundo según lo escriben los periódicos. No sé cómo van las cosas en el mundo en sí, porque vivo en un barrio chiquitito y casi nunca pasa nada, excepto que a un lituano le multaron por escupir en la calle y que la asociación de vecinos protesta por la cantidad de basura que se acumula en el barrio tras las noches de juerga. Lo que sí sé es cómo los periódicos, en concreto los españoles, retratan la vida en el mundo. Que viene siendo idéntica manera en cómo retratan la vida los periódicos de cualquier país. A los periódicos les parece relevante hablar y llenar páginas durante días de acontecimientos que bien mirados, no tienen ninguna trascendencia: por ejemplo, que un padre mate a sus hijos, más propio de una página de sucesos que de un periódico serio. No tienen ningún reparo en documentar, con una precisión casi pornográfica, cómo lo hizo, cuánto tardó en hacerlo, la mirada fría que mostró durante el juicio, el dolor de la madre, el sentimiento enconado del pueblo donde vivía, en definitiva, páginas y páginas de información inservible más apropiada para una mala obra de teatro que para un periódico, cuyo propósito inicial era el de informar y consecuentemente educar. Con Internet se multiplica porque además de los periódicos informando existen infinidad de “nuevos periodistas” que aprovechan lo suculento del plato dispuesto por los periódicos tradicionales para fustigar desde sus blogs estrella la baja calidad del periodismo español y proponiéndose con disimulo como garantes de la ética jornalística del siglo XXI. Como construir una casa con excremento y esperar que no huela a mierda.

Así que estos días ha salido por los periódicos un chaval que con dos carreras y un máster está limpiando váteres en un café de Londres. Mis amigos estaban completamente indignados: quien más y quien menos, ha podido hacer de Londres su hogar y prosperar en sus carreras más rápidamente que en España. Conozco abogados, diseñadores, retocadores de fotografía, historiadores y, por qué no, escritores como yo que gracias a nuestro esfuerzo hemos encontrado en Londres una recompensa dificil de obtener en nuestro país. Me preocupa la irritación de mis amigos porque parece que en su queja se descolgaba una acusación al chaval: de ser un incompetente, de sufrir de estrechez de miras y de dar una imagen de la inmigración española en Londres completamente errónea y fuera de lugar. Pero tras saltarme mi dieta de periódicos y atiborrarme a noticias y sentirme tremendamente culpable por ello me di cuenta de que el chico de los váteres no ha querido dar imagen ninguna. Esto fue lo que ocurrió: publicó un post en Facebook y publicó un twit en el que venía más o menos a decir que le parecía injusto estar limpiando váteres con dos carreras y un máster. No, el chaval desde luego no escribió un artículo en El País, tan dado a retratar a españoles desnutridos en las colas del paro de Oslo o fontaneros trabajando en negro en Berlín. No escribió al ABC hablando de las bondades del jamón y las fiestas españolas que organiza en Sao Paulo para matar la morriña, ni acudió a El Diario a acusar al PP de que los españoles se estén yendo en masa al extranjero. Yo me imagino a Benjamín llegando a su casa después de un día de perros y dejando constancia de su malestar en su Facebook y en su Twitter, como hacen miles de millones de personas en este mismo momento en Facebook y en Twitter. Después se prepararía la cena y se iría a dormir porque al día siguiente le tocaba la misma mandanga. Ése el relato de su maquiavélico proyecto de desprestigio de la vida en Londres.

Luego llegaron los periódicos. Y crearon a Benjamín Serra, el español con dos carreras y máster que limpia váteres en Londres. Y de repente todos los españoles en Londres limpiábamos váteres y vivíamos en la cola del paro.

Post de Benjamin Serra en Facebook

Post de Benjamin Serra en Facebook

Hay dos rasgos o dos pinceladas que distinguen a un emigrante español de otro cualquiera y dejadme que construya aquí un estereotipo para su posterior derribo. Lo primero es su incensante y apasionada búsqueda de la verdad. No trato de hacer una caricatura: el español que se anda con medias verdades, que cuenta una parte de la historia o que utiliza el secreto como arma no es bien recibido por otros españoles: es considerado un farsante y un cobarde. Esto nos causa muchos problemas en entornos donde cierta vaguedad es necesaria, donde se precisa el edulcorante de la mentira, como en una entrevista de trabajo. Si nos preguntan cómo fue nuestro anterior empleo y sentimos que fue una basura, no dudaremos en decir que nuestro jefe era un cabronazo, que estábamos muy mal pagados y que lo dejamos porque estábamos hasta los mismísimos cojones. Tal acto de sinceridad acobarda a cualquier manager, tener a un empleado que te cante las cuarenta cuando metas la pata requiere una resilencia de líder mundial. El desempeño del día a día puede convertirse en un infierno cuando tu equipo está formado por empleados que van a escrutar tus decisiones y hacerte saber lo erróneas que son. El otro rasgo distintivo de los españoles es que una vez alcanzada nuestra verdad, se enraíza en nuestro propio ser, nuestra verdad es nuestro rostro, nos identifica y nos concede un valor único frente a los demás. Dudar de esa verdad, ponerla en cuestión e incluso abandonarla para encontrar otras verdades es poner en duda nuestro valor y en consecuencia nuestro ser. Nos convertimos en nada, en parias, en marginados. Por eso defendemos nuestras verdades levantando la voz en las discusiones, aporreando el teclado en los comentarios de las noticias o soltándole un sopapo a algún despistado de vez en cuando.

El complejo de Don Quijote

Esto, que bajo el prisma del sentido común se llama testarudez, los periódicos llaman “libertad de opinión” y hacen de ello un negocio. Por eso Benjamín Serra era tan suculento. El españolísimo sentimiento trágico de la vida, tan castizo como el Quijote, tan cristiano como el propio Jesucristo, en el cual las cosas no valen nada si no se han conseguido desde abajo, es una verdad muy extendida y jugó en contra del chaval. Cuando para merecer un puesto de trabajo bien remunerado uno tiene que servir cafés y limpiar váteres, o haber pasado una temporada larga en el infierno, cuando uno tiene que beber del amargo cáliz de la vida para disfrutar apenas de una alegría, cuando Job es un principante comparado con la larga travesía por el desierto que es la vida laboral, quejarte en Facebook de lo injusto que es tener dos carreras y un máster y estar quitando mierda es pecado. A este mundo se ha venido a sufrir y a no rechistar por ese sufrimiento, esta es la verdad. Olvidan mis queridos amigos londinenses los primeros compases de sus estancias en Londres. La incertidumbre a la hora encontrar casa. La insondabilidad del caracter inglés. Las horas trabajadas en negro por mucho menos de lo que cobraríamos en España. La pequeña alegría de encontrarse con otro español y de compartir penas, consejos y esperanzas con una pinta. Estoy seguro de que si Benjamín Serra no hubiera aparecido en todos los periódicos del mundo y hubiera sido nuestro compañero de piso no nos hubiera indignado tanto su impaciencia, su rabia, su dolor, su tremenda ingenuidad de chaval de veinticinco años. Nos hubiera conmovido y seguramente le hubiéramos invitado a una comida. Pero leímos a Benjamín Sierra, protagonista de una ópera que llena páginas y blogs y periódicos cada día. La ópera se llama “Realidad” y “Lo que pasa” y la música lleva definiendo guerras, acusando movimientos populares, destruyendo culturas desde Gutenberg. En nombre de la libertad de información. Ahora habrá que volver a la dieta, una vez más. Es una cosa de salud.

Addenda: Los vascos no son velocirraptor.

Recuerdo la primera vez que me encontré con un vasco. Fue en un hostal en Dublín. Para un madrileño, encontrarse con un vasco era como encontrarse con un velocirraptor. Uno debía bajar la cabeza y no mirarle directamente a los ojos, hablar con frases cortas y claras en un español neutral pero comprensible y tratar de evitar cualquier contacto más allá de la cordialidad que se nos debe. Cuando la estrechez del hostal nos hizo coincidir en la cena y comenzamos a conversar acerca de nuestras vidas me di cuenta de dos cosas. La primera era que mi vecino vasco no guardaba una pistola en la mochila. La segunda, que él guardaba los mismos prejuicios contra los madrileños. Mi amigo vasco me dijo que la primera vez que fue a Madrid estaba aterrorizado. Según la imagen mental que tenía, Madrid era una zona de guerra controlada por bandas de skinheads que patrullaban las calles en busca de vascos, catalanes e inmigrantes para darles mamporros y de una patada devolverlos a su país, que en el caso de Cataluña y el País Vasco no era su país de verdad, era nuestro país, pero no lo era, bueno, ese lío. Así que un día hizo de tripas corazón, llegó a Madrid y… No pasó nada. Se emborrachó en Malasaña, se enrolló con una chica de Soria, sufrió unas cuantas coñas sobre los cócteles Molotov (una bebida clásica) que se echaba al colate y volvió a Zumárraga impaciente por visitar los madriles otra vez.

Velocirraptor vasco en Londres

Velocirraptor vasco en Londres

¿De dónde viene ese miedo? Yo no recuerdo que en la escuela tuviéramos una clase en la que el profesor nos hablara de los vascos como velocirraptors. Había una ligera noción el aire, algunos estereotipos flotando en la atmósfera pero eran tan pequeños que eran inasibles. Mis padres nunca hablaron mal de ningún vasco, porque no conocían ninguno… ¿De dónde surgía ese horror a los vascos? Y entonces uno recuerda que cada vasco y cada catalán que aparecía en televisión, en los periódicos parecía el mismo diablo en persona. Eran tipos que hablaban de la opresión española (no de las fuerzas de seguridad españolas, que no son elegidas por los españoles, sino de los españoles en sí, a título particular que elegían joder a los vascos y catalanes), que hablaban de barbaridades como el RH-, la genética única, la raza, la identidad. Mi colega vasco hablaba igual pero desde el otro lado: los españoles llevábamos la constitución tatuada en la espalda y secretamente acudíamos al Valle de los Caídos a honrar a los caídos por la patria. Por mucha cara bonita que tuviéramos. Descubrimos cuál era el origen del problema: si uno quiere ver animales prehistóricos solo tiene que reforzar esa idea día a día, año tras año y un día emergen de esa atmósfera inasible. Velocirraptors. Llevan extinguidos millones de años. Y los podemos ver. Ese día hicimos un pacto, no leer periódicos hasta el día que nos encontrarámos de nuevo. Nos dimos la mano y me juré cumplir la promesa.

Lo siento, Mikel.

Seguiré viéndote como un velocirraptor.

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Links de este blog sobre las penurias de encontrar piso en Londres

Amados monstruos inmobiliarios

Amados monstruos inmobiliarios II

Amados monstruos inmobiliarios III

Amados monstruos inmobiliarios IV

Gestione su pobreza con inteligencia empresarial. Otro viaje a Brasil I

Soy uno de los viajeros más torpes del mundo. Cada vez que organizo una visita a un lugar nuevo, empiezo a diseñar mentalmente cómo va a ser mi viaje y sé cómo va a transcurrir: hablaré con gente nueva como si fueran viejos amigos, me moveré con fluidez en el idioma local, castigaré al paladar con las exquisiteces autóctonas y dejaré el país en un reguero de nostalgias y adioses que, como la soga de esos barcos pequeños que cruzan islas cercanas, siempre tendrán una parte de mi corazón en su tierra.

Lo que pasa luego es que me doy cuenta de que soy un turista y como buen turista espero que todas esas aventuras sucedan, de otro modo me llevo una decepción tremenda y acuso al país de no proporcionarme la experiencia adecuada a mis expectativas, levanto el puño al cielo y juro por mi sangre que nunca más volveré a pisar el suelo de esa nación. Además, jamás me preparo como es debido para la experiencia turista: en Bruselas me presenté con poca idea de francés, sin mapa y sin cámara de fotos en la estación de metro Gare du Midi, que en mi cabeza quería decir: Puerta del Centro (Midi – Medio como buen cognado), es decir, centro, es decir, atracciones turísticas sin peligro de ir a caer en un barrio con gente que destripa gallinas y turistas de manera indistinta. Infelizmente Gare Midi en flamenco es Zuidstation, que ya se parece más a Estación del Sur y Sur, en cualquier lenguaje civilizado quiere decir pobres, muerte y enfermedad. Y así fue: caí en el barrio de los inmigrantes, donde la gente en la calle no lleva cámaras de vídeo sino carros de la compra y en vez de FNACs hay fruterías. Me gustó más Bruselas así que en su versión carta postal, con alemanes chupeteando mejillones y americanos admirando la Grand Place. Me hizo pensar que Bruselas era una ciudad habitable después de todo y que tenía vida detrás de su historia de pasquín informativo.

Si no has hecho algo así, es que nunca has salido de tu país

Si no has hecho algo así, es que nunca has salido de tu país.

Esta forma boba de viajar tiene sus ventajas: con el paso de los años y de los billetes de Ryanair uno ya no espera nada de sus viajes y es entonces cuando le ocurre de todo, y termina reflexionando sobre elementos del viaje en los que uno no repararía si se tratase de un turista con guía en mano o de un aventurero con machete y zurrón. En enero de este año, Alice me propuso visitar su país, Brasil, durante un mes y yo acepté encantado, aunque mi interés por visitar Sudamérica era nulo hasta entonces. En agosto tomamos un avión desde Londres hasta Salvador con escala en Río de Janeiro.

A los cinco minutos de aterrizar en Río, ya sabía todo lo que tenía que saber sobre los brasileños, su cultura, sus costumbres, sus pecados y su encanto y de alguna manera ya me estaba despidiendo de ellos.  Digo esto porque encuentro muy práctico formarse una idea preconcebida sobre un país una vez que uno pone un pie en el país y no antes. Si yo, por ejemplo, anuncio que los cariocas son presuntuosos sin haber salido de España mi credibilidad como viajero es muchísimo menor que si afirmo que los cariocas son presuntuosos y yo lo sé porque estuve allí dos semanas. Así que yo siempre aconsejo a mis amigos que se formen todos los prejuicios posibles justo cuando lleguen a los países de destino y luego esperar a que lo azaroso del viaje los vaya deshaciendo, poco a poco, como un cuentagotas sobre una terrón de azúcar, hasta que al fin el prejuicio no tenga asideros y uno tenga que aceptar que el mundo es peligro, misterio y alegría y que no sabemos cuáles son las proporciones exactas y que tal vez por eso nos dediquemos a viajar.

Lo primero que anoté en mi cuaderno sobre mi viaje a Brasil fue tomado en el aeropuerto de Río de Janeiro, mientras esperábamos la conexión con el vuelo a Salvador, fue que uno de los signos inequívocos de la explosión del desarrollo económico de un país es la inundación de las librerías del aeropuerto con libros sobre gestión empresarial, management, liderazgo y demás argot postindustrial. Pensé: en Brasil aún no han llegado las noticias de la caída de Occidente, donde tipos con MBAs y cursos de resolución de conflictos se suicidan desde los edificios más lujosos cuando ven acercarse la muerte de la ideología yuppie. Todo aquello que nos creímos acerca de cómo influir a gente importante, cómo construir tu carrera con racionalidad, cómo invertir en bolsa como un broker de Wall Street tuvo su graduación con honores el día que los empleados de Lehmann Brothers llevaban sus pertenencias, sus esperanzas y su ideología yuppie en cajas de cartón minutos después de ser despedidos.

Está lección no estaba incluída en las clases del MBA

Está lección no estaba incluída en las clases del MBA

Si en Brasil va a ocurrir lo mismo o no, ahora que está en el sendero del crecimiento económico (y por tanto ideológico), tendrá mucho que ver con cuánto de esa ideología queda en el fondo del armario de sus políticos. De momento, los estantes de las librerías de los aeropuertos añaden un elemento peculiar a esta palabrería sobre management, gestión de fondos y cómo hablar en público: Dios. Una gran parte de los libros editados bajo la materia “negocios” incluían la religión como parte consustancial al buen hacer financiero. Títulos de libros tales como: Dios, Mi Jefe de Negocios, Citas de la Biblia para manejar a sus empleados, Qué haría Jesús en su reunión, Dios está en cada despacho de márketing añaden a Dios al ya confuso lingo de los negocios. Ahora tener un negocio próspero o liderar una organización con habilidad no es tan solo una cuestión de conocimiento, capacidad y azar, sino también de gracia divina. Si Dios está de nuestro lado, los beneficios de las empresas florecerán y el país se beneficiará… Pienso todo esto mientras miro a través de los ventanales del aeropuerto y imagino las favelas cubriendo las colinas de Río: si Dios está con los que hacen dinero, ¿qué hará con los que no lo tienen? Terminé por no comprar ningún libro, ya que nos entró la sed y no habíamos dormido bien durante el vuelo desde Londres.