No soy el señor del Universo.

Ahora sé que no soy el amo y señor del Universo. Hasta hace poco, creía que bajo mi sola responsabilidad caía la organización absoluta de todo lo que acontece en la realidad: desde el movimiento planetario a la polinización de las plantas, pasando por la casuística de las relaciones extramatrimoniales, el conflicto en Siria y la cura del cáncer.
Parece ser que no. Que todo era una ficción. No es que yo pensara que era Dios; no, ni mucho menos. De hecho, en mi concepto omnímodo yo era un Dios bastante raquítico como para ser considerado tal, en lo que a poder se refiere. Muy lejos quedaba aquello de la omnipotencia: era incapaz de controlar lo que me rodeaba. Qué más hubiese querido yo que hacer que mi compañera de piso dejara de incordiarme con sus exigencias de organización y limpieza, que mi enamorada me agasajara con aún más con piropos, regalos; o que yo hubiera acertado todas las apuestas que hice durante el fin de semana. Nada estaba bajo mi control, y cuanto más intentaba controlarlo, más crecía mi frustración. ¿Por qué las cosas no son como yo quiero que sean? ¿Es que el Universo está en contra de mí? ¿Cómo es que todo, y en ese todo incluyo también las leyes físicas, los pensamientos de la gente, los líderes mundiales, los virus mortales y los tubos de escape de los automóviles no obedecen a mis deseos, a mi forma de ver el mundo que es la única y verdadera y más congruente? ¿Por qué la realidad tiene esa querencia a hacer las cosas mal, y no bien, que es como yo las hago?

Qué bien sienta no estar a la altura de las circunstancias.

Qué bien sienta no estar a la altura de las circunstancias.

Yo creía que tenía que ser Dios, pero qué va.

Hasta que un día me cansé de preocuparme por todo y por el Todo. Ciertamente hay que ponerle un límite a lo que uno da al mundo. Uno da la mano y la Realidad le toma el brazo y no solo no se lo devuelve, sino que que quiere el otro. La Realidad es horrible. No se conforma con nada. Quiere esclavizar tu alma. Es una amante permanentemente insatisfecha, que quiere que te preocupes por ella las veinticuatro horas del día.
Así que hoy, me preocupo por lo poco que me queda. Estuve a punto de tocar el cielo y caí al fango. He asumido mi derrota. Soy un mortal imperfecto. Soy como el resto (o el común del vulgo, como yo solía llamarlos). Como ahora tengo mucho más tiempo, tengo preocupaciones banales, como cepillarme los dientes, hacer feliz a la gente que me rodea (una tarea nimia comparada con lo que yo solía hacer) y en general, problemas que puedo resolver por mí mismo o, en casos mayores, con la ayuda de algún conocido. Fue un tiempo bonito, cuando yo quería organizar el mundo a mi antojo. Yo creía que sabía, y seguramente lo sabía, pero mi poder finito me frustraba.

Supongo que ahora solo me queda pasar el resto de mi existencia preocupándome menos y menos por hacer saber a la Realidad que mi plan hubiera funcionado. Que el mundo hubiera sido mejor si se hubieran seguido todas y cada una de mis directrices. Qué más da. No soy el primero, ni el último que lo intentó. Al menos, a mí, ya no me agobia. Yo me reúno con la gente que tengo más a mano y discutimos sobre cómo arreglar lo inmediato, lo que está a nuestro alcance. Tiene algo de tranquilo esto de estar así, sin preocuparse por los experimentos genéticos, el desarrollo de la bomba nuclear en Corea del Norte, los planes de salud pública de los Estados Unidos y hacer cosas inútiles y hippies como ir en bicicleta en vez de ir en coche a todos lados, o echarle una mano al vecino porque no tiene ni idea de usar un taladro. A veces hasta participo en manifestaciones, y me enfrento a mis propios miedos escribiendo. Supongo que ahora soy como todos lo demás. Simple. Ingenuo. Mortal.