Hoy fue mi último día en mi oficina. Se cumple un mes desde que me senté con mi jefe en uno de los despachos y le comuniqué mi renuncia a mi puesto de trabajo, con carácter irrevocable. No creo que le sorprendiera. En los dos últimos años, el conteo de víctimas de la desidia que se respira la organización ha ido aumentando. Éramos un banco grande y hoy somos una oficina agonizante en Moorgate, en la vieja City de Londres. La ocupación de nuestra planta es de solo un diez por ciento.

Así que comenzamos en ese momento con las formalidades. Que qué era lo que causaba mi despedida. Dicho así, parece que la organización sufre una falta de autoestima preocupante. Son preguntas como las de un novio que ante la inminente ruptura quisiera saber qué ha hecho mal. Mi respuesta parecía aprendida de memoria: no eres tú, soy yo. Y no mentía, porque no tenía necesidad de hacerlo. Pasamos a quién va a ser la siguiente. Vuelve a mi cabeza la imagen del ex-novio despechado: ¿y a quién te vas a tirar ahora?

Le respondí que a nadie. Mi jefe frunció el ceño, insatisfecho con la respuesta. Pensó con toda seguridad que le había estado tomando el pelo. Me siento tentado de ponerme poético, de decirle que quiero descansar, aprender de la vida, pero minutos antes de entrar a este despacho me he prometido ser honesto. No tengo ningún otro trabajo asegurado. No tengo ningún negocio entre manos. No tengo ningún proyecto. ¿Qué vas a hacer? me pregunta, ahora sí, con ironía.

Estoy sentado en el sillón de la peluquería. Nunca volveré a esta peluquería, y no porque no me gusta como cortan el pelo. En primer lugar, es cara, veintiséis libras con las cuales podría apurar otros tres cortes de pelo en cualquier barbero turco en Stoke Newington. El segundo motivo es mucho más siniestro. Aquí no remojan el pelo como en las peluquerías en España o en otros sitios, en las cuales el peluquero te reclina boca arriba, el cuello apoyado con suavidad contra la pileta, de manera que uno puede ver en todo momento qué se trae el peluquero entre manos. Aquí el procedimiento es otro: el cliente hunde la cabeza boca abajo en la pileta, y la peluquera sostiene la nuca mientras lava los cabellos. Nunca pregunta si el agua está demasiado caliente o fría; sin embargo sí pregunta si puede usar la cuchilla para repasar la línea de la barba. La pregunta ya contiene una sospecha: ¿por qué iba yo a dudar de su capacidad para contenerse y no rebanarme la yugular?

Esta peluquera es polaca y deja entrever que aún no está hecha a los usos y modos del silencioso carácter inglés. Por eso me pregunta, en un tono y un acento inaudible. Quiere saber quién soy. Y le digo que hoy era mi último día en mi empresa. Me anticipo a su interrogatorio y aclaro que no tengo intención de trabajar y que mi único proyecto es el de sentarme en un banco, si hace sol, y esperar a que algo ocurra. Sonríe y me pregunta si tengo ahorros. Demoro la respuesta, y ella detiene la cuchilla en un gesto involuntario. Respondo que sí y parece aliviada. Aún tengo dinero para pagar.

Parece obsceno, proverbialmente hablando, dejar un trabajo con la que está cayendo. Ese mismo epíteto me dedicó un conocido al que le confesé mi macerada aversión al trabajo. Es obsceno. Es obsceno que con casi seis millones de parados en tu país decida, de un día para otro, abandonar mi trabajo en la capital financiera de Europa, renunciando a un salario tres veces mayor al de cualquier ingeniero en Madrid y que cualquier licenciado español suspiraría por tener. Le hago ver que dejar un trabajo es ofrecer la oportunidad a algún licenciado a levantarse un buen sueldo. Ahora que no estoy yo, que entren otros. Yo ya cumplí mi parte del pacto. Los seis años de carrera, dos de ellos trabajando, sin una sola beca. Las clases de inglés, autofinanciadas. Los tres meses en Francia, también de mi bolsillo. Como el curso de alemán. O la semana encerrado en un hotel en las afueras de Londres, aprendiendo las tripas de aquella base de datos que nunca utilicé. Más cursos de “actualización de conocimientos”, en derivados financieros. Yo lo hice todo, llegué hasta aquí y ahora estoy cansado, y no quiero trabajar.

Declarar así, a corazón abierto, que uno rechaza el trabajo asalariado lo convierte, de alguna manera, en el centro de un espectáculo involuntario. Los tipos de personas que se me acercan se dividen según la agenda que tengan para mí, la semántica que le quieran dar a mi gesto. Los hay que ven en ello una cuestión política, que mis lecturas marxistas de juventud han ido fraguando a lo largo de los años y ahora estoy deglutiendo los frutos. No predico yo que uno deje su trabajo y se una a la sección sindical o al partido comunista más cercano. Además, esto no es un manifiesto. Tal vez vuelva mañana a mi carrera. Tal vez vuelva nunca. Tan solo sé que no quiero trabajar más.

Los hay que indagan y sacan razones antropológicas: que el hombre siempre ha trabajado. Habría que tomar estos razonamientos con precaución. Porque yo no dejo de trabajar (este escrito, por ejemplo, es trabajo: pongo mi energía, mi tiempo, mi ser en él, lo corrijo, contrasto referencias, lo envío a mis correctores). Yo dejo de trabajar como asalariado, es decir, para alguien que me da un sueldo y ha cambio obtiene beneficios. Y la antropología del trabajo asalariado no se remonta más allá de dos siglos. También hay quien dice que sin trabajo no se puede vivir, salvo que a uno le toque la lotería. Entonces llevo razón: lo que se necesita para subsistir en una economía dineraria es dinero, no trabajo asalariado.

Me puede el miedo y es justo que así sea, porque desde que tengo edad legal no he hecho otra cosa más que trabajar. No conozco otra cosa. No conocía los lunes por la mañana o los miércoles a medio día lejos de un complejo de oficinas. De hecho no sabía que existían: para mí, eran territorios propiedad de jubilados y parados, y eso ya dice mucho de mis propios prejuicios. Yo no soy jubilado ni tampoco parado (¿qué validez tendría mi gesto si mitigara el miedo con el paro, con una pensión, con el trabajo de otros?) Ahora habito los mismos tiempos, los mismos lugares que ellos. No puede ser de otra manera. La semana está estructurada conforme a la jornada laboral, de lunes a viernes, así que no puedo llamar a nadie, no puedo quedar con nadie hasta eso de las seis de la tarde. Si es que, claro, alguien quiere quedar conmigo ahora que no trabajo. Después de ocho horas en la oficina quedan ciento y pico cosas que realizar: por ejemplo, hacer la compra. O ver a la novia. O visitar a los padres. La expresión “hacer vida” fuera de la oficina reverbera en mi cabeza: hacer vida tras la oficina, la oficina como negación de la vida.

No hago un manifiesto de la vida sencilla. Nadie te prepara para esta soledad. Sigo.