Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: noviembre 2010

Colaboración en Revista de Letras

Desde este fin de semana empiezo a colaborar con Revista de Letras, que tuvo la gentileza de invitarme a recoger un premio de consolación en Barcelona, el año pasado, donde conocí a varias personas, como Akaki o Franco Chiaravalloti. No le tengo tomado el gusto al faranduleo – ni siquiera lo practico en el blog, porque no sabría muy bien a quien debería enlazar -, pero estos dos escritores me caen genial y por eso hablo de ellos de vez en cuando.

El primer artículo de Revista de Letras lo podéis encontrar en: http://www.revistadeletras.net/diario-de-londres-por-raul-quiros-i-las-venas-abiertas-de-china/, y por supuesto, os invito a que me enviéis propuestas tanto para Koult, para la que seguiré escribiendo reseñas de teatro o de cine, o para Revista de Letras, donde trataré de enlazar crónicas y artículos sobre Londres. En ninguna de las dos revistas pagan el artículo y en contrapartida nos permiten saltarnos el manual de estilo de El País.

Resucitar a Sarah Kane

Desde el pasado 22 de octubre hasta el 20 de noviembre se representa en el Lyric Hammersmith de Londres la primera obra de Sarah Kane, Blasted. La obra, que cumple ahora quince años, fue tildada en su momento como un “nauseabundo festín de porquería” (disgusting feast of filth) debido a la crudeza de algunas escenas: la violación de uno de los protagonistas con el cañón de una pistola, el despiece de un bebé a mordiscos, todo ello entre diálogos francamente horrísonos sobre torturas, guerra, asesinatos y barbarie. Sin embargo, el público británico está acostumbrado a que de forma cíclica surjan propuestas de este calado que provoquen estas reacciones espontáneas (casi actos reflejos) en los columnistas de la prensa amarilla británica, de tal manera que casi se ha convertido en una tradición, en un ritual de paso para cualquier nuevo dramaturgo sufrir estas afrentas: ocurrió con John Osborne y su obra Look Back In Anger, Edward Bond con Saved, Joe Orton con Entertaining Mr. Sloane y en el año 1995 con Sarah Kane y Blasted.

A la dramaturga le acompaña su propia leyenda negra, que ha sido envés y revés de su consagración más allá de Gran Bretaña. Su suicidio a los 28 años la convirtió automáticamente en el prototipo de artista atormentada tan caro a actores, directores, promotores y agentes, muy a pesar de los reconocimientos que obtuvo en vida (algunos de dramaturgos como Harold Pinter); por otro lado la franca crudeza de sus textos es un elemento disuasorio a tener en cuenta, en vista de la escasa representación que sus textos han tenido en España. Son pocos los estudiantes de arte dramático que no conozcan, aunque sea de oídas, la obra de la escritora de Essex, sin embargo en los últimos años han tenido pocas oportunidades de ver alguna puesta en escena. La última que conozco, Fedrina Ijubav (El amor de Fedra), en el festival de Otoño de Madrid, en una incómoda y sobretitulada versión de Iva Milosevic; y, anteriormente, 4.48 Psicosis, interpretada con una contención espeluznante por Leonor Mansó, en una producción argentina que quizá mereció más atención. No sé de ninguna otra representación de Kane en la península en los últimos años, así que invito a aquellos que conozcan alguna a que dejen sus impresiones en los comentarios.

Lo de que Sarah Kane sea una autora para el análisis textual y no para la interpretación no es una cuestión de estética o buen gusto, de lo que es apropiado o no para la escena española. La escena de Madrid por ejemplo tiene una gran tradición en la obscenidad chiripitiflaútica y los monólogos epilépticos sobre el pene, la vagina o el mondongo, en los que no se duda en traer a escena, sin pudor alguno, revisiones esperpénticas de la liberación sexual, pasando por el incesto o la zoofilia si es necesario; en pocos periódicos (amarillos o no) se mesarán los cabellos por estas propuestas. La diferencia radica en que en los monólogos de risas, la obscenidad y la violencia es un fin en sí mismo (y por eso parece hilarante tanto un menage-à-trois como una violación), mientras que en Sarah Kane la violencia es una manera de reflexionar, que conduce a objetivos dramáticos infinitamente más lejanos. Blasted es una obra primeriza y como a tal se le pueden achacar defectos de desarrollo y de construcción: las diálogos son demasiado lentos y pastosos o se aceleran hasta la ininteligibilidad, la transición entre escenas carece de lógica en muchas ocasiones y es difícil explicar de qué va la obra: un periodista y una joven entran en un habitación de hotel, el periodista viola a la joven, la joven huye, un soldado entra en la habitación y una bomba estalla al lado del hotel, convirtiendo el lugar en algo parecido a una trinchera. Kane afirmó que la guerra en los Balcanes fue el gatillo que disparó la nerviosa escritura de la obra y el texto no deja lugar a la duda, pues su propia disposición parece la consecuencia de un atentado: la frivolización de la guerra de un periodismo que confunde el derecho a la información con la transmisión de datos, la impasibilidad ante la barbarie y, en las últimas escenas, la barbarie misma, desnuda y cruda, siguiendo una tradición más férrea y más griega que la que cabría esperar de un autor moderno, son algunos de los puntos de resistencia que permiten la vigencia de una obra como ésta. ¿Es posible, desde el teatro español, hoy, abordar la guerra sin concesiones, es decir, la guerra sin la mitología española casi medular, es decir, sin lo que toca por nuestra parte, a la manera que lo hizo Kane?

El reparto en el Lyric Hammersmith incluye a Danny Webb en el papel de Ian, sobre el que recae la mayor parte del peso dramático de la pieza y que cumple con elegancia y alguna nota de humor. La dirección de Sean Holmes se ajusta milimétricamente al texto y no inventa nada, no siendo esto último una nota negativa sino un respiro de agradecimiento. Por último aplaudir sin concesiones el megalómano diseño del escenario, imposible si se piensa en el poco tiempo que se tiene para convertir una habitación de hotel de cuatro estrellas en un hoyo de mortero.

Artículo publicado en Koult el día 25 de noviembre de 2010

Diario de Londres – Un monólogo de Kes, de Ken Loach (1969)

Uno de los monólogos más bellos de la historia del cine.

Un partido genial.

Diario de Londres – Donde comienzan los sueños

Una vez escuché la historia de un barbero-cirujano que había inventado un cataplasma fantástico. La medicina se aplicaba a los niños con terrores nocturnos y epilepsias. Se les ungía con la plasta y se les dejaba dormir. Al día siguiente despertaban sonrientes y relajados y cuando trataban de explicar qué habían soñado se inquietaban, se revolvían y se reían con tanta fuerza que a veces se llegó a pensar que el cataplasma empeoraba sus tiernas condiciones mentales. La realidad era más bella: los chiquillos tenían sueños lúcidos, que son aquellos en los cuales los soñadores son conscientes de su ensoñación y por tanto podían convertirse en creadores de su mundo onírico: inventaban animales imposibles, doblaban el tiempo, le cambiaban el rostro a sus padres y amigos para hacerlos más guapos o más feos, o daban paso sin freno a las pulsiones sexuales más inocentes y perversas que guardaban en sus corazoncitos, sin que el temor a ninguna ley los contuviera.

Luego despertaban y solo recordaban algunos restos de la aventura, como si el sueño hubiera sido un barco y el momento de despertar el cañonazo último que lo hace saltar por los aires. La piel era la única que conservaban la humedad refrescante de ese universo, gotas fresca se adherían, como la niebla al cabello, a la piel, más cuanto más se hubieran esforzado en jugar con sus sueños y sus fantasías.

Despertaban agotados, sí, pero toda la energía que parecían contener la hermética cabeza de los epilépticos se disipaba como la sal en un vaso de agua con los cataplasmas y las medicinas. De lo de después ya no me acuerdo. Posiblemente apedrearan al barbero por no curar a un niño con cáncer, o el Mal aparece y roba el arte mágico del pueblo, que acto seguido quedó sepultado por la lava de un volcán.

He estado pensando durante toda mi vida, o al menos durante toda mi vida consciente en lo que quería ser en el futuro. Veía a un tipo en la televisión aporreando la guitarra con voz flautil y por la noche me encajaba los auriculares en mi cama de 1.20 y mientras escuchaba los desgarradores aullidos con letra sobre lo inútil que es la existencia, me veía arrojando eructos a un público irracional y encantado con mis idioteces, y yo escribiría esas letras y destrozaría las guitarras al final del concierto.

Conforme fui creciendo quise hacerme escritor, pero no del tipo miserable que trepa desde el cubo de cangrejos donde se encuentran otros escritores, concejales de cultura, editores de tercera, libreros, etcétera, todos utilizando sus pinzas y sus patas sólidas para impedir que nadie más salga del cubo, sino un escritor del tipo que proviene de un país en guerra o en desarrollo, y se asienta en París, y cada escrito es oro y denuncia y no necesita hacer un máster, ni mandar copias y plicas a buzones de aldeas en la provincia de Soria, España. Yo quería ser más ben del tipo que llaman para un bolo en la UNESCO o con el Papa, del tipo que podría recibir o no recibir el Nóbel (según el clima político del momento) pero que definitivamente estaría en la lista.

Cuando llegué a la edad adulto, tan solo quería ser un ágil ejecutivo en mi empresa. Salvaría, con mis conocimientos en fusiones frías, a dos frágiles entidades bancarias al borde de la bancarrota, evitando que mucha gente fuera al paro en una época de crisis, sería de los que unifican nóminas, presupuestos, mantendría swaps y opciones a la orden del día, y trabajaría en oficinas en Londres, Abu Dhabi, Baltimore. Ganaría dinero en monedas de distintos países, cantidades obscenas, por supuesto. Me dejaría llevar lacónicamente por un diminuto sentimiento de vacío ante una copa de whisky de malta en un hotel de cinco estrellas de El Cairo.

El cataplasma del barbero infiel sería fantástico, pensé un día, deberían inventarlo. Así nos quitaríamos del terror nocturno y podríamos dormir tranquilos estos días. Pero en el cuento el cataplasma solo podía hacerles efecto a los niños: los que ya habían crecido, los que ya han asumido responsabilidades y la consciencia de ser alguien o tan solo de “ser” sufren un terror alimentado por sus acciones, por lo que el cataplasma solo les permitiría cambiar de terror en el sueño, como un mando a distancia de su inconsciente, para que tuvieran televisión, rock, mercados financieros y monstruos en sus sueños, también en sus sueños.

Roberto Aledaño, Diccionario de traducción

Diario de Londres – No gastar más dinero

El otro día me enteré de que Sonia había muerto. Charlotte, que reconoció mi voz al otro lado del teléfono, me lo soltó como si deslizara una barra de hielo a través del auricular. Luego me dijo que si quería, podía enviarme a otra escort como Sonia, que había muchas chicas que habían comenzado esa misma semana y que ya me acostumbraría. Colgué. Me molestó que tratara de endilgarme a cualquier otra fulana, pero lo que realmente me dolió es que la utilizara en el comparativo, tan a la ligera. Otra escort “como Sonia” le hubiera servido a cualquier otro putero que frecuentara el apartamento que la agencia mantenía en King’s Cross, alguno de esos tipos de la City que llegan a la puerta con la bragueta bajada y doscientas o trescientas libras asomando por el bolsillo, pero a mí, que no conocía a otra escort que no fuera Sonia, me habría asustado ante la desnudez de una muchacha real, es decir, una con pechos reales y sin pene.

Steve Reyna, Travesti

Diario de Londres – Lo que podría haber hecho por una carrera literaria


Una carrera literaria, ¿para qué? ¿No bastaron los embarazosos cinco años de facultad, la fanfarronería de los catedráticos “de la calle” o el consejo de sabios de la “cafetería”, los estertores antes de los exámenes de estructuras algebraicas, Shapiro, los geeks y los frikis, los que no se enteraban de nada y los que acaparaban todas la becas? ¿Por qué erosionar el poco espíritu que a uno le resta después de las clases de libre elección, último momento dulce de la ingeniería, por qué terminar con su ternura en bregas con personajes que visten de negro, cazalleras de cualquier sarao montado en la biblioteca del barrio, editores que desaparecen tan rápido como la subvención y reaparecen al siguiente año fiscal como agricultores, conservadores arqueológicos o amigos del pueblo Saharaui?

If a boy must wonder,
let him recall
not the lightening grace of falcons,
the dizzying aeronautics, Darwin’s finch,
the voyage of ancients
who saw farther, whose charts and sails
and bubbly telescopic minds
brought ashore hope
to lift
a charioting god to the moon
but how
even a rogue dream of stars
once birthed the possibility of flight.

Si un muchacho ha de asombrarse,
dejad que recuerde
no la gracia liviana de los halcones
la vertiginosa aeronáutica, el pinzón de Darwin,
la travesía de los antiguos
que vieron más allá, cuyas cartas de navegación y velas
e ingenios efervescentes
trajeron a tierra la esperanza
de llevar a un dios en cuadriga hasta la luna
sino como
un sueño travieso con las estrellas
una vez dio luz a la posibilidad del vuelo.

Leon Luchin Lau (1993 – )

El mundo muerto

John Jay John creyó entonces que lo mejor sería utilizar un buen combustible. Lo distribuiría a lo largo de la calle para que abarcara la mayor extensión posible y así provocar un buen incendio. John Jay John se metió de nuevo en la casa y del garaje extrajo un bidón vacío que su padre había utilizado para guardar el compost del año pasado. Con una manguera succionó el combustible del coche de su padre y del de algunos vecinos hasta que el bidón quedó lleno de gasolina hasta los topes. Después lo ató con firmeza a su bicicleta y antes de echar a pedalear, le hizo unos agujeros en la base con una navaja, de modo que el combustible iba cayendo sobre la hojarasca a medida que avanzara con la bicicleta. John Jay John condujo varias veces a lo largo y ancho de su calle y solo paraba para llenar el bidón con el depósito de algún otro coche. Tardó poco tiempo en realizar toda la operación, unos quince minutos. La calle olía fuertemente a gasolina. John Jay John aparcó la bicicleta en el jardín de su casa y con mucho cuidado vertió el resto del combustible sobre la acera de enfrente. Después le prendió fuego.
No hubo una deflagración ni nada por el estilo. La gasolina echó a arder, pero las llamas no eran muy altas, apenas llegaban al tobillo de John Jay John. Por supuesto, las llamas no tenían la suficiente fuerza como para prender la hojarrasca y de hecho, se extinguió, en muchos tramos del circuito de gasolina que John Jay John había preparado. Enormemente enfadado por este nuevo fracaso, John Jay John agarró el bidón de gasolina, que aún contenía más de tres cuartos de su capacidad de combustible, y lo arrojó con todas sus fuerzas contra las ridículas llamas. Luego volvió a su bicicleta y ¡boom!, una explosión le arrojó al suelo. El bidón había estallado al entrar en contacto con el fuego, y parte del contenido había salido disparado contra el tejado de la casa de los Neherlans, que empezó a arder con vigor. Otra parte del combustible se había esparcido a lo largo de la calle y, unido al fuego que ya había provocado una deflagración bizantina. John Jay John se sintió satisfecho esta vez.

John Jay John en el Mundo Muerto, Sunil Priepa

Diario de Londres (todavía sin casa) – El dinero

¡El dinero!
El dinero no existe. Su inexistencia no es la de “¡oh!, ¡no tengo dinero!” sino de “los reyes no existen”. ¿Quién ha visto alguna vez “dinero”? Se imprime en los titulares de las revistas, sábanas de billetes que pasan a toda velocidad por unos cilindros turulatos y luego se corta a guillotina y dejan un restro paralelelípedo por el cual comprar cosas o hacerse turulos.
El dinero es todo (lo que se pueda comprar con ello). Por lo tanto, todas las cosas del mundo son intercambiables, a través del dinero. Sin embargo, el dinero, así, pierde su gracia, ¿qué sentido tiene crearlo? No sirve más que para hacer de cambio, es rugoso, frágil, se imprime y el coste de hacerlo a veces es mayor del valor que contiene. Necesita crecer.
Todas las cosas de este mundo decrecen y perecen. Excepto el dinero. Nada crece más. Es una bendición y una maldición: ¿qué ocurriría en un mundo dominado solo por el dinero, donde los humanos hubieran sido exterminados? No habría dinero, claro… Porque el dinero es humano.
Es en esta manzana, con cierto aire a Jefferson, que creo que empiezo a entender, querido Watson.
¿Por qué internet es el sistema de libertades de información y opinión del mundo? Por dos motivos. Los que escriben chorradas, no reciben un duro, así que el dinero (la ausencia del mismo) les garantiza una parcelita de libertad. En un momento dado, el dinero, llama a su puerta, a través de un periódico o similar y le aconseja ampliar la parcelita de libertad: el dinero, especulador inmobiliario. Al cabo de los años, los lectores reclaman más y más, y hay que construir más páginas, constructor inmobiliario. Para entonces, las chorradas ya no puede ser chorradas, no es lo mismo que te construyas un campo de patinaje sobre hielo y ahora tu te quieras ir a jugar a las chapas.

Eso es el dinero: una soga que te atas, te ahorcas, te desatas y se la vendes al siguiente.

Diario de Londres – No olviden que, ante todo, este es un diario de creación literaria y los pormenores de dos españoles sin empleo sin casa y sin dinero por Londres son de relativa importancia dada la generosidad de los sistemas de seguridad social en occidente, sin contar, todavía, a EE. UU.

A mí, los tloros nunca me habían parecido un pueblo digno de estudio. Vaya por delante que en ningún caso abogo por excentricidades antropocéntricas, y más siendo yo doctorado en ciencias humanas, pero los tloros, como millares de pueblos a lo largo de la historia, están condenados a la indiferencia. Un pueblo sin referencias culturales, sin escritura, sin rastros arquelógicos, que no ha dejado testamento físico de ningún tipo es un pueblo extinto. Se sabe (y así lo documenta Pascual Merino, uno de los discípulos más entregados de Menéndez y sospecho que amante ocasional del profesor) que los tloros existieron por terceras y cuartas referencias de historiadores locales. En el Prontuario de las Yndias Americanas, escrito por Juan Choz, a la sazón aventurero y canalla español, hay un párrafo en el que menciona a los Tloros como enemigos naturales de “las economías espirituales reales o ficticias, así como de cualesquiera menesteres relacionados con la esperitualidad (sic) o la adoración de ídolos, falsos o cristianos”.
Markovitz, Los Tloros