Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: agosto 2010 (página 1 de 2)

La mejor literatura desde las minas

Que la mejor literatura de ficción se da ahora en los diarios es un fenómeno que habrá que integrar en las tesinas de los filólogos y críticos en las décadas por venir. Será inexcusable su estudio como género. Que la dinámica propia del periodismo pretenda “informar” y consiga “narrar” es otra cosa, ajena por lo común a las intenciones de tal o cual periodista y más dependiente de la perentoriedad de constituir o construir una noticia ante un hecho.

Por ejemplo, las desapariciones de niños o jóvenes mimetizan con helado rigor el mejor folletín de suspense. Las imágenes de batidas de la Guardia Civil por los bosques de los alrededores, las declaraciones suplicantes de los padres del crío, las manifestaciones espontáneas de los amigos del pueblo donde vivía la joven y por fin el descubrimiento del cadáver o el felicísimo reencuentro con los padres son elementos perennes y exclusivos de este tipo de ficción.

Nada prohíbe hacer ficción de hechos reales; de hecho estas últimas suelen ser tomadas con fruición por los lectores o más bien espectadores, sin embargo es precisamente la renuncia a la ficción lo que distingue la prensa libre de la prensa amarilla. ¿Cómo diferenciar entre noticia y ficción ambigua? Habrá que interrogarse sobre qué es ficción y qué es noticia: los detalles. Las ficciones se construyen a través de las menudencias y las particularidades de sus personajes y cómo éstas se entrelazan para construir la historia.

Una noticia, por ejemplo, es: treinta y tres mineros quedan atrapados. Un comienzo de un relato es: Treinta y tres mineros quedan atrapados en su lugar de trabajo y algunos de ellos comienzan a padecer delirium tremens debido a su adicción al alcohol. La adicción al alcohol o a las drogas de un minero, por sí misma, no es noticia, pero ayuda a dibujar un argumento: los mineros deben ser rescatados cuanto antes para evitar la depresión, el síndrome de abstinencia o la violencia que pueda engendrarse por este motivo.

A diferencia de la ficción coherente sobre hechos históricos, la ficción creada a partir de hechos que suceden en el mismo momento de escribir tiende a atacar la sensibilidad más elemental del espectador-lector, un niño, un enfermo, una mujer maltratada, en definitiva, personajes desamparados ante unas circunstancias sobrehumanas que ponen a prueba la resistencia de su humanidad. De esta manera el receptor está casi impelido a sentir compasión por los protagonistas, está atado moralmente al niño desaparecido o a la mujer maltratada o al minero borracho.

La realidad noticiosa no se deja atrapar siempre bajo los cánones del folletín. Desapariciones que nunca se resuelven, secuestros simulados o la mujer maltratada que defiende a su agresor son relativamente comunes. La ficción creada por la prensa, por supuesto, no termina abruptamente, se va diluyendo a breves notas de prensa hasta que la ficción desaparece o es reemplazada con alguna otra.

El juego era el escondite

El juego era el escondite. Lo jugaban cada tarde, la niña, su abuela y el piso de tres habitaciones donde convivían con los padres de la niña, cada tarde, después del colegio y la merienda. La niña se escondía siempre en tres lugares: debajo de la cama de sus padres, en la bañera y en el armario de la habitación de la abuela. La abuela contaba uno, dos, tres y los pasos cortos y prietos de la niña resonaban por el pasillo. Luego, la abuela anunciaba su presencia allí por donde pasaba. Se hacía preguntas en voz alta, «¿dónde se ha metido?» «¿se ha perdido la niña?» Tras un par de minutos la encontraba y vuelta a comenzar. A veces jugaban al escondite hasta que volvían a casa los padres de la niña. La abuela no se alarmó cuando no encontró a la niña ni debajo de la cama, ni en la bañera, ni el armario. Siguió lanzando las mismas preguntas al aire, mientras agradecía a Dios que le hubiera concedido a su nieta la inteligencia para esconderse de su abuela. Movió algunas mantas, miró bajo las tablas de la cocina, abrió los armarios que nunca utilizaban, registró los sofás, las mesas con mantel, detrás de las cortinas. Buscó durante cuarenta minutos. De vez en cuando se detenía y prestaba atención, en silencio, esperando que un murmullo, una risa o tal vez una carrera de un escondite a otro delatara a la nieta. La mujer, intranquila, salió del piso. Esperó unos segundos en el descansillo y dio la luz. Llamó a la puerta vecina y le preguntó por la nieta. La vecina se preocupó y se unió a ella. Llamaron a las dos puertas de enfrente. Después preguntaron a los vecinos de la planta superior y a los de la inferior. Por último, acudieron al portero. Nadie había visto a la niña. Varios vecinos se introdujeron en el apartamento y revisaron cada una de las habitaciones. Apartaron las sábanas que cubrían los fondos de los armarios, cambiaron los muebles con libros y comprobaron que no se había escondido en el espacio que queda entre la pared y las tablas. La abuela, mientras tanto, llamó a la madre de la niña. La madre de la niña acudió de inmediato. Llamó al padre. Se avisó a la policía y se puso en marcha un dispositivo urgente de búsqueda por todo el barrio. Mientras la policía interrogaba a cada familia del bloque, el padre y la madre de la niña, junto a algunos vecinos, sacaban a toda velocidad todas la pertenencias fuera de la casa. Se daban instrucciones en voz alta y se sudaba cuando las sillas eran transportadas fuera mientras la abuela apilaba los libros, la ropa interior, los zapatos y otras pertenencias en el descansillo de la escalera, mientras un corro de vecinos susurraba y se lamentaba de la fortuna de la abuela. Un niño se acercó a unos muñecos de la niña y fue reprendido por sus mayores, como si el juguete se hubiera transformado en una corona funeraria que guardara el recuerdo de su antigua propietaria. Después de varias horas, ya no entró ni salió más gente de la casa. Los vecinos volvieron temerosos a sus casas, la policía regresó a la comisaría y la abuela, que esperó a que el descansillo estuviera vacío y los últimos ánimos cayeran sobre ella, entró en el apartamento. Ahora, sin mobiliario, ni decoración, con pelusas rodando por el suelo y papeles que se habían derramado sobre el parqué con el movimiento del escritorio, parecía abandonado.
Dos años más tarde la abuela murió a causa de una insuficiencia renal. Las energías fueron abandonando poco a poco a los padres de la niña, que se dejaron llevar por una melancolía innombrable y desistieron de continuar buscando a su hija. Abandonaron el piso al poco de morir la abuela y se trasladaron a uno más pequeño, con menos habitaciones, para que no quedara ninguna vacía que les recordara a su hija. No lograron venderlo y el piso quedó cerrado salvo para el portero del edificio, que de vez en cuando subía a ventilarlo y a inspeccionar con tristeza los rincones donde la niña podía haberse escondido. Los vecinos fabricaron historias oscuras como que la niña había penetrado en alguna grieta en un tabique y había quedado atrapada entre los tabiques, que había trepado por el hueco del extractor de humos y había muerto asfixiada o creaban suspicacias en torno a la bondad de la abuela.
El edificio, en estado ruinoso, fue planificado para su derribo años más tarde. Todos los antiguos inquilinos fueron recolocados en nuevos bloques, siguiendo el mismo orden que el que guardaban en el barrio. El día en que las empresas de demolición acudieron con excavadoras, cizallas y martillos, se encontraron con una pareja que les rogó poder asistir a todo el proceso de demolición. Durante dos semanas, los padres de la niña permanecieron tras las vallas de protección sin perderse un solo movimiento de las labores de demolición y desescombro. Cuando la jornada en el tajo concluía se marchaban a su nuevo piso, pero al día siguiente los trabajadores los descubrían revolviendo los contenedores y vagando entre las ruinas del edificio. Se les expulsaba y volvían mecánicamente a su posición detrás de la valla. La pareja desapareció el mismo día que las obras terminaron y en el lugar donde se levantaba el edificio quedaba un solar calvo, ridículo, solitario, entre los nuevos edificios que se habían ido construyendo a la par. Los niños del barrio lo tienen como su lugar favorito para sus juegos.

Tal día como hoy se murió un amigo.

Tal día como hoy, 27 de agosto, se murió uno de los escritores que componíamos la revista Efímero. Lo cierto es que nuestro escritor se quedó tieso un día 27 de julio, pero no nos enteramos hasta un mes más tarde. Durante ese mes seguíamos creyendo que estaba vivo, así que la muerte, real, se dio el 27 de agosto. De entre las inextricables normas de publicación que el secretario imponía, las dos más elementales y a partir de las cuales se podían reducir las restantes eran no firmar nunca los artículos y no ponerle nunca precio de venta. La revista la financiábamos entre los cuatro escritores que componíamos el núcleo duro de la redacción.

No quiero que este escrito se cargue de melancolía por un amigo que se perdió así que contaré el origen de su apodo, que me servirá, a su manera, para mantener su anonimato.

Mi amigo se hacía llamar Markus porque era el nombre de un actor porno.

El chiste que más gracia le hacía era uno que yo interpreté repetidas veces hasta alcanzar una representación casi perfecta: ” Un hombre está bebiendo junto a un amigo en un bar. El amigo le dice: -¿Sabes? Las peores mujeres son las de ojos negros. Guárdate de esas mujeres, son las peores. A lo que el otro borracho dice: -Coño, si mi mujer… Y sale corriendo del bar. Llega hasta el portal de su casa, abre la puerta, se precipita hasta la habitación donde encuentra a su mujer dormida sobre la cama. Se abalanza sobre ella, le abre un ojo, enciende la luz y exclama:  -¡Negro, negro! y el amante negro, emerge de debajo de la cama y le pregunta: -¿Como me de-cubrihte?” Markus era negro.

En una ocasión pretendió hacer algo de dinero grabando y vendiendo películas de DVD, en los tiempos en que grabar un DVD era costoso y no existía el top manta. Para ello necesitaba algo de dinero, pues las grabadoras DVD no eran precisamente baratas y Markus siempre encadenaba un trabajo basura con otro. Así que decidió casarse por dinero. Conoció a un nigeriano que le daría dos mil euros si convenía una boda con una compatriota. Markus, que era español, aceptó. Al final el nigeriano le pagó la mitad de lo convenido, y cuando Markus protestó, el nigeriano le amenazó con romperle las piernas. Compró la grabadora DVD y el resto lo invertió en DVDs vírgenes. Se encontró con el problema de no saber cómo instalar la grabadora en un ordenador y cuando acudió a mí, como redactor con conocimientos de informática, le dije que su ordenador no era compatible con la grabadora de DVD. No sé que ocurrió con todo lo que había comprado, pero desde luego no creo que llegara a vender un solo DVD. El ayuntamiento en el que se había casado con la inmigrante ilegal publicó hace un año un edicto en el que concedía el divorcio por encontrarse en paradero desconocido. Él había muerto hacía dos.

Un amigo común, Z., conoció a una chica en un bar. Se gustaron y comenzaron a quedar. Z. quería ir a más con esta amiga, y pensó en escribirle cartas de amor, pero como no tenía habilidad acudió a Markus. Así que Markus comenzó a escribirle las cartas a Z. También a intercambiar mensajes con la chica, haciéndose pasar por Z. Al tiempo, la chica, extrañada de que Z. fuera un cazurro en persona y sin embargo tuviera una prosa de gran talento, decidió cortar con la relación.

Se enamoró de mi hermana. No de verdad, sino como se enamoraría un personaje de alguna canción de Alejandro Sanz (escuchó todos los discos de Alejandro Sanz para descubrir “qué era el amor” y cómo quedaba reflejado en las letras del cantante). Así que le hizo un dibujo. No se parecía mucho a ella, y aún así lo recibió con entusiasmo y lo enmarcó. Más tarde confesó que había encargado que le hicieran el dibujo, ya que él mismo no tenía ni idea de trazo. Luego confesó que un día había robado unas bragas de la habitación de mi hermana. Mi hermana dijo que ella no echaba en falta ninguna prenda interior. No quise preguntarle a mi madre.

Un par de años antes de su muerte tuvo la ocurrencia de convertirse en mendigo. No pasaba por apuros económicos, ni había sido echado de su casa, pero quería experimentar qué era ser mendigo. Aguardó detrás de los supermercados a la hora del cierre, para hacerse con la comida que éstos desechaban, se peleó con otros mendigos y sí, durmió en la calle. Cuando volvió contó que lo más duro era pedir dinero y más que eso, la compasión de la gente.

Cuando nos enteramos de su muerte lo primero que pensamos fue que se había hecho un seguro de vida y trataba de estafarlo. No nos hubiera extrañado tanto.

Luego de volver de su aventura como mendigo no quiso saber más de nosotros. No teníamos ninguna disputa con él, supongo que era su manera de estar solo. Luego nos enteramos de todo y le echamos de menos. Aún hoy. No sé que más decir, sinceramente.

La distracciones

Para establecer un ritmo de trabajo para estos días, lo primero que he hecho ha sido bloquear todas aquellas páginas web que consumen más tiempo del deseable. En la lista se incluyen redes sociales, periódicos y sobre todo blogs.
Mientras pensaba la lista e iba añadiendo direcciones fui tomando conciencia de qué tipo de blogs me atraen más. Para mi sorpresa no son aquellos que proporcionan curiosidades, anécdotas o conocimiento de interés (para las dos primeras me bastan los periódicos, para el último la wikipedia), sino aquellos que me irritan intelectualmente. Diarios sobre teatro, literatura, poesía, deporte cuyos redactores aplican una escritura a la defensiva: oraciones engoladas hasta la diabetes, citas y referencias ad hoc y extirpadas de cualquier intención discursiva real, malabarismos sintácticos que consiguen decir justo lo contrario de lo que se pretende decir. Pero es fuera del post, en la hostilidad de los comentarios, en el ad hominem a los lectores donde se fragua mi frustración como lector.

La frustración proviene de la insufribilidad de su lectura, de la insistente aparición del autor como protagonista hegemónico de lo que él escribe. Si la escritura es la disolución del autor detrás de sus textos, el blog se enfrenta de manera frontal a esta idea, y crea su propio proceder discursivo para erradicar esta idea: yo (el autor) soy lo que escribo, y por encima de eso, el que elige a sus propios lectores: el sistema de comentarios o autorreferencias son una ficción lejanísima que se trata de hacer pasar por un nuevo ágora, aunque, como se comentan en las voces más críticas con esto de la democracia 2.0, más que parecerse a un parlamento se parece a una asamblea de estudiantes de primero de ciencias políticas: no existen unas reglas del juego claras, la participación es indiscriminada en favor de una mala razón democrática y las discrepancias reales suelen entenderse como un ataque al autor del blog, que no tardará en censurarlas mediante un movimiento esencial para la supervivencia del concepto de blog: el descrédito o el silencio o, si es suficientemente afortunado, de colusión entre los lectores más integristas.

La portada de la revista Time del 23 de agosto de este año está dedicada a Jonathan Franzen. Según se ha notado en algún sitio, es la primera vez en once que un escritor vivo hace portada. En el extenso artículo dedicado a su nueva novela, Freedom (Libertad) terminada nueve años después de Las correcciones, copio el siguiente párrafo acerca de las distracciones (traduzco al vuelo):

Franzen trabaja en una oficina alquilada que ha limpiado de distracciones. Utiliza un Dell pesado y obsoleto del que ha eliminado cualquier traza de Corazones o Solitarios, hasta configurarlo casi a nivel de sistema operativo básico. Puesto que Franzen piensa que no se puede escribir ficción de una manera seria en un ordenador conectado a la internet, no sólo ha retirado la tarjeta Wi-Fi de su portátil sino que ha bloqueado el puerto ethernet. “Lo que tienes que hacer”, explica, “es conectar con superglue el cable al puerto, y después serrar la cabeza del primero”.

Lo siniestro de los museos de la tortura.

Hay algo siniestro en todos los museos de tortura del mundo: aquellos instrumentos o métodos que no aparecen. Se encontrarán la guillotina, la hoguera, la cuna de judas, la dama de hierro, como los pecios de una Historia que se ha convertido en ficción. Se condescenderá tal vez con el garrote vil, por ser un monumento a la terquedad vanagloriosa y brutalidad del carácter nacional.
Pero el visitante no encontrará alguno documento o representación de la picana, de un zulo, el submarino, las descargas eléctricas o la violación. No hay rastro de dictaduras, ni militares ni comunistas, no hay salvo en algunos países apresurados por atraer el turista hacia el morbo, ni una sola nota acerca de aquello. Un museo es la representación estática de una narración, de algo que por su distancia en el tiempo ha ido acrecentando su condición de relato mágico, de leyenda, y por tanto enajenando de cualquier principio de realidad. Mantener intacto su carácter y abandonar cualquier propuesta verdaderamente documentativa es condición esencial para su supervivencia no solo como institución cultural, sino como encubridora de la atroz verdad.

Se acabó el laburo

DESPUÉS

El cielo de veras que no es éste de ahora
el cielo de cuando me jubile
durará todo el día
todo el día caerá
como lluvia de sol sobre mi calva.
http://www.literatura.us/benedetti/oficina.html

Último poema

Esta noche gotea entre las sábanas
que tendrán que esperar a la mañana
para ser sacudidas en el sol
del patio.
A través de la ventana
alguna imagen de la calle estática
es invadida por los parabrisas
monótonos, ajando oscuramente
el agua de la lluvia, de los vientos.

Ya no queda despierto casi nadie,
los delirios y gritos son ahora
cigarras cuyo cuerpo está latiendo
en los rincones entre los pasillos.
No llega el sueño y yo no correré
para alcanzarlo.
Me miro las manos
y me asusta su carne blanquecina,
las cosas que no pueden contener.

Cruza por la ventana aquel caballo
mojado que soñé entre las nubes
de otra noche, con los cascos de plata
retumbando sobre el asfalto, terco,
ocultando con sus crines el rostro
amargo de quien lo monta.
Jinete
que construye con pasos metálicos
el temblor que ilumina tímidamente
la cara que le mira en vigilia.

La almohada reclama el vasto reino
que se ha perdido en mi cabeza como
un diamante en un bolsillo de hielo.

Un pájaro

Hay un pájaro en el cielo de la
noche, hay un pájaro ciego que
habla desde mi lengua,
hay un pájaro que dice hay luz
hay un pájaro que se abre paso
a través de nuestro corazón
por una grieta minúscula y dice
existes
eres
hay una grieta y un precipicio tan
humanos
que crecen en mi piel
y florecen.

La fábula del lechero

Nunca te dirá no conduzcas hoy
nunca te dirá tenemos que visitar a mi madre
nunca te dirá el niño es tuyo
nunca te dirá ella te ha vuelto a llamar
nunca te dirá sin ti no soy nadie
o por favor no te enfades
no me golpees en la cara
estás enfadado
jamás volverás a verme
o me enciendes como una tea
cambia de canal
estás engordando
estás borracho.

Nunca te dirá ven a mi casa esta noche.
Nunca te dirá ¿estás solo? ¿Solo? ¿Solo?
Solo. Solo.

Lecho

Lecho para dos uno y otro
uno entre otro tu vello y el mío
unidos ciegamente
invisibles
elegantes
tejidos como las cuerdas de un libro

abrazados al sudor
sal en tus labios
agitados
contra mi frente

abrazos a una lluvia
que no llega

fuera
no hablan los pájaros
ni los árboles
rezan al sol que se clava en la piel
de la ciudad
durante horas
horas en que tus uñas
son el sol tu pelo los pájaros
tu sexo no habla

te delata el verano
que puebla tus axilas
tu espalda
tus senos cubiertos de lluvia
las gotas
que inventamos para el verano
el uno y el otro
el uno contra el otro.

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