Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: julio 2010 (página 1 de 2)

Tarde en Bellecour

Y me pregunto si esta tarde no es
una pausa del mismo tiempo que
en otras ocasiones nos obliga
a aprender su gramática de plomo
hirviente con la que se escribe el mundo.

Una canción parece estar oculta
en los árboles del parque, en las hojas
que vuelan en bandadas a ras de suelo,
ya perdida su casa, hasta mis pies.

Quien fuera una de ellas y rodara
en soledad por la tierra y el asfalto,
puliendo mis aristas con la lluvia
y el viento, y reposar entre otras hojas
en un cruce de dos calles al fin.

Algunas tardes escucho una voz
al otro lado del parque que dice
‘ven, tu lugar no está junto a la luz,
sus raíces no son las tuyas,
tú eres el parque, tú eres la canción’

Levanto la mirada en ese instante
y contemplo el volar de las palomas
sobre el aire encendido por las
hojas que, en remolinos de ardiente oro
se despiden de los últimos rayos
de la tarde, del aire,
para siempre.

Se acabó

Se acabó
no hay más
no quedan ni los abismos
que a nuestra débil voz asustaban.

El mañana nunca llega
y el pasado es Historia
flotando en el tiempo.

Se acaba la vida entre estos paredones sin rostro
el centro de las cosas se ha desperdigado,
es una granada aplastada contra la Tierra.

Hay una infinitud,
la de las cosas que no existen,
que es desterrada de este aquí y este ahora
por eso ya no queda aire para la asfixia
y todo se termina, se acaba,
esto
aquí
ahora
no existe.

Reflexión

El agua, como el tiempo, no posee
ánima hasta que es en silencio amada.
Las hojas que el otoño posará
entre nuestras dos manos cubrirán
las raíces de lo que hubiera sido
nuestra vida en un cielo por completo
distinto al que queríamos morar:
sin palabras, totalmente aislados
de las enfermedades del lenguaje.
La vida, sustentada por los signos
que pueblan la memoria de la carne
que aguarda su condena.
El otoño se lo llevan las hojas
que se llevarán las aguas del río
que se mueve por siempre en su cuerpo
interminable.
El cuerpo y el tiempo
aún te aman en silencio.

Alma

Comida por las venas vacías del desierto
como el bramido de la luz
fuera de sí,
el alma aprenderá a aparecer
en el brotar mismo de la palabra
que la contiene. Muere fugazmente
no en tus labios ni en los míos, ni en todos
los labios: muere en la palabra misma,
en las pupilas de animales
que jamás se alimentan de cenizas.
Alma, no eres, no existes, no conoces.

La grieta

Esta es la grieta.
Aquí la grieta.
A partir de ella, las cosas se miran,
las unas a las otras,
para no desaparecer.
Más allá de sus límites
caerían en la incógnita
de lo real.
No media la luz cuando se contemplan
las cosas, media la separación,
la hendidura, la grieta.
Y la grieta,
ella misma, no es una cosa.

Las cosas se miran enamoradas.
Las palabras se miran, inseparablemente.
Colman en su vacío
la oscuridad de su materia
impalpable.

Tarde

La tarde tumba su cuerpo agotado
sobre la rota piel de un parque.
Un borracho condensa su mirada.
Los ojos pesan en su calavera.

En esta misma tarde, un niño
ha gritado papá
entre los vacilantes edificios.
El grito ha levantado las sábanas húmedas
que se zarandean en las terrazas,
ha penetrado en las celosías,
se ha perdido en el corredor.

A veces el sonido de las cosas
las hace palpitar
en la marea de polvo en la que habitan.
La embriaguez del sentido ya ha durado
más que esta época eterna
y el sentido está fatigado
de esta borrachera de tiempo.

Un niño ha gritado papá en la calle
y el atardecer le ha devuelto
un abrazo.

Alondra

Tú golpeas el aire con tus alas
coralinas y haces el viento tuyo
para que la brisa abra así su cuerpo
y te regale su mundo interior.

Porque no había alondra antes que el nombre.
Ni al amanecer, ni en los blancos nidos,
ni en el recuerdo del pájaro contra
los muros poblados de esta casa.

Tú invades con perfume la tarde
sobre el río, tú vistes con tus plumas
el agua para que ésta eche a volar.

No otra cosa es la alondra sino su lento vuelo,
sino el aire cortado por sus alas
afiladas con su canto profundo
en las llagas de la hendidura.

Tú pasas en la noche, y permites
que la noche pierda su nombre: alondra.

Oración a Dios

Dios, tú que vives en todas las cosas,
haz que las cosas tengan alma.
Porque solo nosotros las amamos,
porque están en nosotros y no en ellas:
concédeles nuestro perdón.

Porque las cosas no poseen alma,
ella están vacías de sí mismas,
por qué Dios, por qué, si estás en cada una
de las cosas no nos dejas amarlas.
Por qué te obstinas en hacernos creer
que hay cosas y no Dios, Dios, Dios.
Por todas partes la masa de Dios,
de un Dios continuo que arroja a sus fieles
al fuego, a la luz que nunca acaba,
a la luz que no existe,
que nace únicamente en Tus Ojos,
que no crece en las cosas mismas,
que no se engendra en nuestra lengua.

Dios, abre con tu cabeza el cristal
de la noche y deja que nos ahoguemos
en el magma de su presencia,
las cosas y nosotros,
fundiéndonos como el estaño
contra la llama.
Dios olvida tu camino
salvaje contra el mundo que creaste
y ten piedad de tus fieles mortales
que idean entre las cosas
ese lugar en el que Tú, por fin,
puedas ser lo que seas.

Astilla

Negra astilla que lates
entre las brasas de un bosque incendiado,
cuál es tu color, te preguntas, porque
tú no sabes lo que eres.

No eres naturaleza ni cobijo
contra la caída del cielo,
¿cómo poder hablarte,
a ti, que no eres más que astilla,
que no puedes siquiera refugiarte
de la pasión del fuego?

Eras una hoja inacabada,
un amargo tonel de vino
y una estaca para arreciar el viento,
y ahora ni astilla eres,
indigna ante las llamas,
negra cicatriz de un bosque que muere.

Rama negra que ostentosamente
te agitas contra el aire,
arrastrando en tu cuerpo,
de las hojas, su ceniza verde,
del bosque, su vacío inmenso.

Tragedia

Una polilla detiene su vuelo
sobre el mapa blanco de la pared.
Cuando el reloj, con sus agujas
tensas como sogas de puro mármol,
muerde la primera hora de este día,
deja una atmósfera de polvo y pelo
azabache que encarcela la luz.

Descifrando el miedo oculto en la noche
observo la polilla e imaginando
las trayectorias que trazó a ciegas
por la habitación, dibujo la casa
donde vivió cada antepasado
de la cansada mariposa gris.

Los que no surgieron de la seda,
los que tuvieron hojas que comer
y murieron de hambre de una fatal sed,
los que soñaron con blancas paredes.

Al fin imagino la puerta donde
mi insecto respira en total silencio.
La puerta de una casa inexistente.
La puerta que imaginó una pared.

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