Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: junio 2010

Fantasmas

Hacer el amor, follar, echar un polvo o un quiqui: sexo es aburrimiento tras la puerta cerrada de nuestro hogar. Horowitz, el programador de la compañía que me sirve de confidente observa, muy sagazmente, que sexo es sobre todo batalla y que una pareja que se lleva demasiado bien, que es demasiado responsable, demasiado querida y leal es seguro un fiasco entre las sábanas.

Fantasmas, Fracking Räta

Un elefante en el salón

Tengo la impresión de que, desde que me convertí en un elefante, mi mujer y mis hijos hacen todo lo posible para evitarme durante el día. Esto que digo no es más que una sospecha que aún no me he atrevido a aclarar y, para ser honesto, no tengo ninguna intención de espiar las conversaciones que mantienen a mis espaldas, caso de que las hubiera. Hace un par días me sentí tentado de preguntarle a mi esposa, de manera frontal, si había pactado el silencio por mi condición de paquidermo. La duda se me enquistó a raíz de descubrir una tarde a toda mi familia reunida en la cocina con cara largas y en silencio. Parecía que mantuvieran una asamblea. En cuanto se percataron de que les observaba, se miraron entre ellos, no abrieron la boca y se dispersaron. Todas estas actitudes sospechosas como por ejemplo la de no recibir ninguna queja cuando destruí por accidente el adorno de cerámica que mi hija me regaló por el día del padre. No solo la ausencia de una protesta o advertencia contra mi torpeza sino la abnegación y pasmos absoluto con el que mi hija se lanzó a recolectar los trozos de su manualidad destruída y a deshacerse de ellos, como si se tratara de una mascota que hubiera asesinado por mi inoperancia y que no debiera ver para no sentir culpa.
Si finalmente no exigí a mi esposa una explicación fue por evitar que me apuntara con los ojos mientras arruga la boquita y después, mascullando algo entre suspiros y ayes terribles, mascullara algo entre dientes y expulsara un ignominoso “nada”, ademán que por otra parte me sulfura. Conozco el enojo de mi mujer y estos gestos acrecenta mi ansiedad y mi irritación porque es su manera de protestar: “¿es que acaso no te das cuenta? ¡Eres un elefante!”

Un elefante en el salón, Alcestis Logoi

Nada hoy

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Nada hoy.

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El aburrimiento. El aburrimiento que me lleva a emplear un día entero en ver El Mago de Oz. Hay algo kitsch en El Mago de Oz. La sexta o séptima vez que la vi ese día, traté de encontrar algún gesto o símbolo que premonizara el fin de Judy Garland. Solo tenía trece años.

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El aburrimiento. También es kitsch y anticuado llamar ‘kitsch’ a El Mago de Oz. El aburrimiento es ¿kitsch? Fui consciente de ello la octava vez que vi la película el mismo día. La decimotercera vez estaba amaneciendo. Lo dejé ahí, aunque pude haber aguantado otro visionado. No trato de ser un héroe. No es eso. Desde que descubrí, en el octavo visionado, que El Mago de Oz era un cliché, me sentí tentado de dejarlo de una vez por todas y no disfruté, en realidad, de las sesiones restantes. Inclusó cabeceé un par de veces. No entendí muy bien la película. ¿Cuál es el asunto, cuál es la trama? Es un insulto, ¿un mensaje a la Humanidad? ¿Está Judy Garland riéndose de sus compañeros? ¿Del hombre sin cerebro, el hombre sin corazón, el hombre sin alma? ¿Por qué separar cerebro, corazón y alma? Judy Garland se ríe de los tres hombres, porque ella tiene corazón y cerebro y unos zapatos brillantes, y ellos se humillan ante ella. ¿Está Judy Garland riéndose de la Humanidad, a través de esos tres hombres? Pensar en ello me sulfura. Hay un hombre disfrazado de león. Casi me pongo a llorar.

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Hoy había una carta en el buzón. Era de un psiquiatra al que acudí hace cinco años por el asunto del insomnio. Fui a un par de sesiones, me recetó algunas pastillas, no funcionó y dejé de ir. Le había pagado por adelantado dos meses pero no volví. La secretaria no llamó para reembolsarme el dinero: supuse que no había tomado bien mis datos. No es exactamente una carta del psiquiatra, es una carta de publicidad para que vaya al psiquiatra. Qué curiosidad, saber cómo es la publicidad de un psiquiatra. ¿Cómo promocionarse? La abrí con mucho interés, luego lo perdí y lo tiré: se dedica casi por completo a adolescentes y a adicciones. Será frustrante para él: el mismo problema, una y otra vez, con caras distintas. El mismo adolescente con el mismo problema: ser adolescente. Ser sí mismo. Los demás problemas me parecen ridículos.

Nada Hoy, Clariste Yuri

La forja de un plumífero: Los sueños.

Hoy he soñado que, harto de mi trabajo en la oficina, le pedía a un compañero que me disparara en la nuca. Yo me encargaba de hacerme con el revólver y las balas, de encontrar la sala donde procedería a mi ejecución y a preparar todo el ritual de acuerdo a lo que yo entiendo que se corresponde con una ejecución militar. No quería que me matara en un rincón de la sala de aire acondicionado: era justo que si iba a morir lo hiciera con algo de rigor marcial. Dos compañeros se ofrecieron de testigos y me preguntaron si quería vendarme los ojos. Respondí que no. Nos encerramos en la sala, me di la vuelta y mi compañero disparó dos veces.

Las dos veces me alcanzó. Pero no en la nuca, sino unos centímetros más abajo del cuello. Mi compañero es católico y por eso se veía incapaz de darme muerte solo porque yo se lo hubiera pedido. Volvimos a nuestros puestos y continuamos con nuestra labores insustanciales. Yo me lamentaba de la elección del matarife y levantaba suspicacias contra él. Las dos balas se habían alojado cerca de la columna vertebral y ahora sufría unas punzadas terribles en las cervicales. Temía que el cirujano que extrajese las dos balas tocara algún nervio de la médula espinal y quedara inutilizado de por vida.

Ya por la tarde, dos agentes de la policía me visitaron en mi puesto. Me preguntaron por el tirador y yo, por supuesto, encubrí a mi compañero. Les hablé de la inutilidad de mi puesto, del malgasto de tiempo que hacía la empresa conmigo y de mis deseos de escapar de esa situación. Los policías apuntaron todo esto con un aire de compasión y me preguntaron varias veces por mi compañero, el pusilánime. Lo negué todo y ellos aceptaron mi respuesta. Se marcharon y no dijeron sin tomarían medidas. Volví a mi escritorio y continué con lo que estaba haciendo hasta entonces, soñando con la posibilidad de una muerte menos rocambolesca.

Nikolay Yazoben, Los sueños

Un barrio

—¡Papi, papi, que el Miguel se ha matado!
Y volví a la habitación a la carrera, con mi padre pisándome los talones.
—¡Mira! —le dije.
Mi hermano seguía allí, con la lengua fuera como un ternero degollado, los ojos en blanco y las rodillas flexionadas para evitar hacerse daño en el cuello. Es genial mi hermano, algún día será actor y nos sacará a todos del hambre y de estas ocurrencias peregrinas. Mi padre me miró, luego a mi hermano, luego otra vez a mí y me lanzó un galletón que esquivé porque ya tenía la experiencia con mi madre; mi hermano, como tenía los ojos en blanco y además estaba atado a la litera no vio a mi padre acercarse y recibió un galletón doble, una por hacer el indio y otra porque yo me había librado del mío. Mi hermano dio varias vueltas sobre sí mismo y se zafó de la soga raudo para esconderse en un rincón, al tiempo que mi padre salía del cuarto echando humo por la nariz. Le oímos cantar «gol» cinco minutos después.

Un barrio, de Un hombre cae de un edificio