Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: Enero 2010

So long

“A bananafish,” he said, and undid the belt of his robe. He took off the robe. His shoulders were white and narrow, and his trunks were royal blue. He folded the robe, first lengthwise, then in thirds. He unrolled the towel he had used over his eyes, spread it out on the sand, and then laid the folded robe on top of it. He bent over, picked up the float, and secured it under his right arm. Then, with his left hand, he took Sybil’s hand.

J. D. Salinger, A perfect day for bananafish

Je me souviens

Me acuerdo de las cintas de cassette con canciones de bakalao grabadas de la radio.
Me acuerdo del accidente y muerte de Fernando Martín.
Me acuerdo de las repetidoras que fumaban detrás del colegio.
Me acuerdo del accidente y muerte de Juanito.
Me acuerdo de la Ley Corcuera.
Me acuerdo de Juan Guerra.
Me acuerdo del atentado del Puente de Vallecas.
Me acuerdo de que mi madre se parecía a la primera bailarina de “La classe de dance” de Degas.
Me acuerdo de mi padre regañándome por ver “La última tentación de Cristo“.
Me acuerdo de cuadros que pintaban tíos y abuelos a los que no conocía.
Me acuerdo de un cuadro con una jarra de cerámica.
Me acuerdo del hedor a estiércol por las calles de Sabiote.
Me acuerdo del accidente de coche donde me mordí la lengua y en el que no murió nadie.
Me acuerdo de la primera vez que bebí en una fiesta del instituto. (Y mi padre casi me pilla, porque se presentó de improviso, enfundado en una gabardina caqui).
Me acuerdo de la foto de la madre de Irene Villa, desangrándose en mitad de la calle.
Me acuerdo de la primera vez que leí “Escupiré sobre vuestra tumba”. Vaya que si me acuerdo.
Me acuerdo del primer libro que leí por gusto: “Juan Chorlito y el Indio Invisible“, de Janosch.
Me acuerdo de la primera vez que leí “El guardián entre el centeno” en castellano y la primera vez que lo leí en inglés. También me acuerdo de todas aquellas personas a las que lo regalé y de quién se lo leyó de verdad.
Me acuerdo de Markus.

Me acuerdo (homenaje a Perec), Pero Lucho

Diario de rehabilitación – Día II

a) No sabría decirte cuánto fue, pero desde luego no fueron la “puntas” que te pones en un pico del DNI y esnifas rápidolimpiamente. Podría haber sido lidocaína, yo que sé, hubo quién creyó tomar “cocaína uruguaya” y que por eso picaba tanto. La keta es muy rápida tomada en esa cantidad: te desplomas, te hundes en un hoyo y aunque siempre hay alguien empeñado en que te mantengas de pie, no existe lugar más cómodo para el trance que el suelo. No importa que sea alabastro o parqué, incluso el hormigón (en un hangar a las afueras de la ciudad) resultan tan cómodos como un colchón de viscolátex. Tienes la piel cubierta de gomaespuma y te piensas con la fuerza y energía suficientes como para hacer el pino con dos dedos. Lo mejor es la disociación, si es que esperabas la disociación: actúas y hablas normalmente, puedes llegar a discutir temas de relativa profundidad de manera automática con un lenguaje correcto, como si hubieras dejado un pelele en tu lugar mientras que tu única preocupación es pensar cuánta carrerilla debes tomar para saltar desde la terraza del piso en el que estás hasta la terraza del bloque de enfrente, cómo mantenerte en el aire o impulsarte con los árboles que hay entre medias y finalmente qué excusa donarle al sorprendido vecino. En Valencia llegué a pensar que podía trepar por las paredes. Más que pensamientos serios son ocurrencias divertidas: que puedes mantenerte en el aire durante unos segundos o que exudas conciencia(s). Esto último es bastante frecuente: cuentas con más personas de las que realmente hay, por eso tienes la sensación de estar rodeado de mucha gente.

b) Lo cierto es que yo andaba mucho más atenta a B. que a los monólogos de mi chico. Nos pasábamos la guitarra, hablábamos de acordes y canciones fáciles de tocar. Mi chico se levantó, cogió unos poemas y comenzó a revisarlos. Le pregunté entonces si podía leer alguno de ellos en voz alta. Me dejó uno y empecé a recitar, pero entre la keta, el cansancio y que el poema no tenía ni una maldita coma o pausa en las dos páginas que ocupaba, me entraba la risa y puse caras extrañas. Mi chico me arrebató el poema de las manos, lo leyó para sí y después lo tiró al suelo y lo pisoteó. Parece que le molestó darse cuenta de que aquel poema era malo, no sé, me dio un tanto igual. B. y yo continuamos con la guitarra y mi chico fue a preparar más keta.

c) El método de preparación es sencillo: se abre un bote y se vierte en un plato llano. Después se introduce en el microondas un minuto o dos, hasta que se evapore todo el agua. El residuo se raspa con una tarjeta de crédito y se machaca hasta que quede pulverizado. El polvo es muy blanco y muy fino. También hay quien lo bebe directamente: nunca la probé, pero tratándose de un anestésico no me fiaría.

Diario de rehabilitación, Fernando Cifuentes

Aquellos maravillosos libros que no debemos leer

Durante aquellos años repletos de pensamiento mágico, tótems, supersticiones inventadas y catarsis que conforman la infancia, mi abuela, imbuida por un sentimiento de responsabilidad sobre mi formación espiritual, tuvo a bien alistarme en los salesianos del barrio para que, llegado el día, pudiera comulgar cristianamente. Solo hice un año de catequesis (lo normal son dos, pero si la endogamia vale con lo terrenal, ¡qué decir de los asuntos de Dios!) y luego la comunión.
La catequesis con los salesianos… Cómo decirlo… Moló. Creamos un periódico o algo así y nos íbamos de excursión. Dios y rezar y todas esas cosas eran un mal menor. Los monitores de las convivencias fumaban y contaban chistes verdes, dormíamos tres en la misma cama y hablábamos de enrollarnos y hacernos pajas.
Mi abuela, exultante por los resultados, me regaló un misalito infantil, perfectamente desechable por lo demás, pero que incluía las enseñanzas de un niño llamado Domingo Savio, que según rubricaba el propio libro, era “savio” de nombre y de espíritu. El niño, a decir verdad, daba escalofríos. No solo obedecía a sus padres y profesores, sino que tenía ataques de ira contra sus compañeros cuando estos se peleaban, fumaban o torturaban animales, es decir, todas las cosas que le hacían a uno niño. En una de esas aventuras, el Savio de Domingo encontraba a uno de sus camaradas leyendo un libro que consideró de carácter inapropiado (no especificaba de qué iba la historia que leía), así que el Savio de Domingo le arrebató el libro, lo hizo trizas delante de sus narices y luego levantando un dedo hacia los cielos soltaba algo así como: “los malos libros envenenan el corazón”
Esta historia se ha repetido hasta la saciedad y la imagen de la pira de libros es ya el símbolo supremo de la ignorancia, la mezquindad y la incultura de una sociedad. Nadie, con algunas lecturas a sus espaldas, promocionaría la censura de libros en virtud de nuestra salud literaria.
Excepto si el censor es un escritor. Por raro que parezca, cada vez hay más y más escritores e intelectuales que des-recomiendan la lectura de ciertos libros. Arguyen, eso sí, no que son perjudiciales para el alma humana, que corrompen nuestra sociedad sino que los libros “son malos” o “no son literatura”.
Una de las mayores frustraciones que he tenido como persona adulta ha sido el de no poder comportarme, siquiera una sola vez, como el matón que zurra a un empollón por sus maneras pedantes, sus aires de superioridad y su espíritu proselitista y condescendiente sobre cómo debe formarse el criterio (i. e. el espíritu) de sus compañeros lectores, quizá porque ¡ay! durante mi infancia yo formé parte o quise formarla de esa élite intelectual y me preocupaba más llegar intacto a casa que tratar de emplumar al empollón.
Ahora sí: el criterio de un lector o, más en general, de una persona se forma no sólo a través de las buenas lecturas o las buenas acciones, sino también a través de las malas; un criterio guiado solo por las buenas lecturas le convierte a uno en un lector parcial, de visión sesgada y segregacionista, en un lector manco o cojo: nunca se ha puesto de parte del malo. Ser escritor está muy bien, pero en realidad es una tarea muy vaga: uno se sienta con una idea y la escribe, allá el resto. Ser un buen lector conlleva un trabajo muy pesado que es el de tratar de descifrar los códigos que un tipo ha puesto sobre un libro, no aburrirse y tratar de destilar de todo aquello algo positivo. Si finalmente lo que lee le parece bueno, quizá sea bueno; si no, seguramente sea malo.

Por eso los ataques velados a la “mala literatura” me recuerdan mucho las historias de censura que el misalito incluía de boca de Domingo Savio, y las ganas de que uno se vuelva el matón que nunca fue reviven.

Por ejemplo en:

Hay libros malos que están muy bien escritos y éstos a la larga son los peores, pues suelen tener muchos lectores que creen que la lectura fácil es la verdadera literatura. Los editores los llaman “literatura comercial de calidad”. Estos libros, más que no acabarlos, lo que se debe hacer es jamás empezarlos.
Santiago Gamboa

En fin, no hay nada especial en esta digamos literatura, y olvídense de que estamos ante un Stephen King o cosa por estilo. Ya puestos, estamos ante un Zafón escandinavo. Aquí el éxito se debe, por si también alguien lo pregunta, a la cantidad de basura que almacena nuestra cabeza y a la ocasión que nos proporciona Larsson de rebozarnos en ella.
Alejandro Gándara

Diario de rehabilitación – Día I

El asunto de inyectarme tampoco me llamó mucho, una mala experiencia con fentanilo me hizo desistir por completo del asunto de los opiáceos que es lo único que uno puede inyectarse sin miedo. Era paradójico lo fácil que era encontrar pastillas de codeína o morfina, o ampollas de fentanilo en la enfermería de cualquier consulta particular, cuando no en el hospital. Además, era limpio y elegante: no había que conducir hasta Valdemingómez para conseguir una dosis de C21H23NO5, aquí tenías cajas enteras sin cortar.

No había nada de particular con la morfina ingerida, salvo respetar los tiempos. Una o dos pastillas servían para alcanzar el duermevela que te hacía fantasear, sobre todo si uno se encuentra a solas. Los opiáceos no son sustancias recreativas. Las reacciones físicas no son agradables puesto que en ningún momento se logra dormir aunque tampoco se encuentra en completa vigilia, así que se entra y sale del sueño casi constantemente, lo cual le revienta a uno. Es mejor no moverse demasiado, se pierde el equilibrio, uno puede cortarse y no sentir nada hasta la mañana siguiente, cuando todas las sábanas están manchadas de sangre. La percepción del tiempo se dilata como cuando se fuma chauen.

En ocasiones, alguien la tomaba con demasiada ansia y acababa vomitando al menor movimiento. En realidad, todos acabábamos haciendo lo mismo en algún momento o en otro, así que comenzamos a machacar pastillas de codeína y a esnifarlas. Eso te destrozaba el tabique y el efecto no era mucho más rápido. Una noche, después de acabarnos un par de botellas de J&B compramos un par de jeringuillas para diabéticos en una farmacia de guardia y nos inyectamos fentanilo. Comencé a sentir picores por todo el cuerpo casi inmediatamente y la boca se llenaba de una saliva espesa, “como bolas de algodón”. Nos tiramos en un sofá y pusimos “La mirada de Ulises” de Angelopoulos y antes de que terminara el plano secuencia con los manifestantes apagando las velas, me quedé dormido. Al día siguiente, tenía el cuerpo destrozado. Conduje hasta mi casa y no encontré las llaves, vomité bilis en el jardín. Tuve  resaca durante dos días.
Diario de rehabilitación, Fernando Cifuentes

Como Lemmings

En la piscina de bolas los niños reptaban por los tubos de metracrilato, trepaban por la red de sogas, se asían de las coletas y de los botones, aullaban hasta que sus caras se encarnaban y, agotados, se dejaban acribillar por una avalancha de bolas. Los padres, a salvo del furor desbocado de sus criaturas tras una aséptica y fina pared de cristal, hablaban a un mismo tiempo de la moqueta y los potitos, del carricoche, del chupete a los tres años -aún-, del trabajo que costaba hacerle comer otra cosa que no fueran papillas y de la poca intimidad de la que podían disfrutar desde que llegó el segundo.

La marea de críos se arremolinó en torno al tobogán de color púrpura, y entre empellones y risas sin aliento comenzaron a deslizarse. La primera niña desapareció entre las bolas en menos de lo que dura un chillido. El segundo niño, rubio, tímido, también desapareció entre la masa de pelotas de plástico. Así un tercero, y un cuarto, y un quinto; lo siguiente en desaparecer fue una oleada de pelotas que se precipitaron hacia el agujero que se había formado en el centro de la piscina. El sexto también se tiró lanzando un grito de guerra pero el séptimo, un niño de pelo negro y lacio, quizá demasiado grande para estar en aquel juego, palideció al borde del tobogán y se asió tan fuertemente a las barandillas que todo el columpio se estremeció. Uno de los adolescentes que cuidaba el parque entró con torpeza en la atracción, dirigió una mirada al foso y comenzó a hacer aspavientos mudos a sus compañeros, mientras la gorra con el osito que el lugar tenía como logotipo le caía de la cabeza y se perdía en el recién abierto foso.

Los padres interrumpieron sus conversaciones y giraron la cabeza hacia la piscina de bolas, y el leve alzamiento simultáneo de cejas parecía preguntarse el porqué de aquel repentino silencio.

Los lemmings, Dominique Grande