Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: julio 2008

Cuaderno de Marrakesh – El guía (II)

Mi guía, ataviado con una chilaba blanca y babuchas desvencijadas, me condujo en primer lugar a un taller de cerámica. No se trataba del típico bazar donde se podía encontrar toda clase de baratijas además de teteras y ceniceros, era debido a su extensión una auténtica fábrica de poterie. Cerámica de todos los colores y tamaños se apilaban ordenadamente hasta el techo. Cada una de las piezas estaba impecable, ni una mota de polvo ensuciaba su brillo. Además su extraña organización por colores hacía del lugar un santuario del cromatismo; el silencio que imperaba (estaba situada dentro de un callejón alejado de las calles principales de los zocos) convertían el sitio en un lugar donde merecía la pena gastar un par de horas aun sin estar verdaderamente interesados en la artesanía marroquí. Como era evidente en mi caso. Mi guía, al contrario de lo que me temía, sólo quiso enseñarme la tienda: saludó al propietario, me mostró un par de obras y volvimos a perdernos en el magma de gente del zoco.

El taller

Nuestra próxima parada fue un taller de cofrería. El proceso de fabricación de un cofre requiere mucho más tiempo del que yo imaginaba: hay que curtir el cuero, cortarlo, encolar la lana, cortar los huesos y cuernos que lo adornarán, darles forma, pulirlos, tallar la madera, grabarla, etcétera. Los diversos muchachos que mi guía me iba presentando (algunos menores de edad) me saludaban extrañados aunque luego, al conocer de dónde venía, me interrogaron acerca del fútbol y demás andanadas de nuestro país. Lo cual me resultaba contradictorio y a la vez lógico, proviniendo de un país del Tercer Mundo en el tren de la modernización forzada. Por un lado se tarda tres meses en fabricar un cofre que se venderá a un precio muy inferior al que costaría en Occidente, las más de las veces utilizando obra de mano infantil, con utensilios de lo más rudimentarios (por ejemplo, para cortar huesos del tamaño de una falange se utilizaba un azadón); por el otro lado, todo el mundo sabe quién es Raúl González, Fernando Torres, resultados de la Eurocopa etcétera, para tal saber actualizado no sólo es necesario, a mi entender, un televisor, sino una antena parabólica para capturar la señal extranjera. Mi guía me explicó que en Marruecos todo el mundo sigue con mucha atención las noticias en España, especialmente el deporte.

Después de mostrarme todo el proceso de fabricación nos detuvimos en una pequeña habitación donde se encontraba un chico tallando pequeños huesos sobre un tronco de árbol. El cuartucho no poseía ventanas y estaba lleno de polvo, esquirlas de hueso y herramientas oxidadas. Se detuvo, se secó el sudor, me saludó y me preguntó en árabe si me apetecía un té. Llevaba un pantalón desgastado por el uso y un niki que le quedaba dos tallas más grande. Miré a mi guía, ahora también traductor, y acepté mientras me sentaba en una caja de madera.

Cuaderno de Marrakesh – El guía (I)

De los inconvenientes más agradables y a un mismo tiempo, emocionantes, de los que puede padecer un viajero es ser incapaz de entender un mapa. En Marrakesh poseer un plano resulta de poca utilidad ya que la mayoría de las calles no poseen placas rubricadas que las distingan. Incluso en las avendias principales, donde quizá sería de utilidad indicar direcciones a los automovilistas y ciclomotores, esta señalización tampoco existe: es más, si algo hay indicado son rutas a otras ciudades, que a su vez carecerán de las mismas placas convirtiéndose el país en una red de calles desconocidas.

El museo

Después de deambular sin ton ni son por varios museos en los que, a decir verdad, tenía escaso o nulo interés, he ido a parar a la zona de los bazares, justo al lado de la plaza de Jemaa el Fna (mi intención inicial era ir al barrio judío, pero una vez más traté de orientarme con un papel escaso, y por ir al Norte fui al Sur. Los museos y ruinas son, a fin de cuentas, tan ajenos a los lugareños como a los propios turistas (no se ven otros marroquíes más que los trabajadores del lugar). Ajenos porque quedan lejos de su cultura, de su tiempo y de su modo de vida, y los recursos de los que dispone un país como Marruecos para convertir una vasija hecha añicos en una sugerente historia, convenientemente tamizada y triturada con metáforas occidentales para deleite de los ídem son nulos. En conclusión: lo más que puede hacer el turistas allí es leer las inscripciones parejas, asentir indiferente y pasar la tarde abanicándose, esto es, más o menos que lo que podría hacer en cualquier museo de Londres o París.

El guía

En el bazar apareció un guía espontáneo que me salvó del atropello de una moto. No hay lugares delimitados en lo que a tráfico se refiere: calles, aceras, incluso parques públicos son lugares consentidos de circulación. Los semáforos las más de las veces son optativos y sin embargo, por algún extraño orden dentro del caos, las veces que vi un embotellamiento fueron pocas, comparadas con los estivales atascos mastodónticos de nuestras carreteras nacionales de cuatro carriles y arcén. Mi guía espontáneo hablaba un francés más correcto que el mío, y en todo momento me trató con educación y respeto. En ningún momento se habló de dinero, e incluso antes de empezar la visita mencionó que él no hacía eso por unos cuantos dirhams (por amor al arte, ¿quizá? Soy un poco incrédulo).

La carta de amor que me perdieron en un avión. (Una historia con final feliz)

Una historia con final feliz

Y ¡al fin! lloró desconsoladamente sobre la almohada. Los ojos se le habían resistido durante toda esta semana en la que había hecho todo lo posible por distraerlos: ir al teatro, al cine, a los museos. La había maldecido, qué poco respeto, qué arrogante, dejarme a mí, incluso llegó a taladrar los oídos de algún amigo que ya no lo sería nunca más (por pesado), pero claro es que ella ni siquiera se había dignado a quedar, a montar la escenita como está mandado, en la plaza o en un café, con un té tembloroso entre las manos no menos temblorosas; no, en vez de eso, cogió el teléfono y le dijo que ya nunca más, que ya estaba bien y que quería vivir su vida (la de ella).

Y, claro, todo fue porque, según él pensaba -pero él pensaba siempre, y no siempre era bueno-, el día anterior había estado taciturno, violentamente taciturno, y cuando ella se puso a llorar en el ascensor de su piso, y a perdonarse y a odiarse cada cinco minutos, creía que se trataba solamente de una crisis pasajera (él no lloraba nunca, le dejaba ese trabajo a ella, a veces sucio a veces alegre) y que volverían a ser felices. Como cuando ella cogía un avión de improviso y se presentaba en su piso con una peluca y un vestido que había escogido para él; o él reservaba una habitación de hotel, algunas desastrosas y funcionales, otras de lujo e igualmente funcionales, pero no importaba, porque días antes ella le había dicho: te quiero, y era un “te quiero” tan cálido que aún a pesar de su pose canallesca y su aparente frialdad de gentleman tuvo que frotarse los brazos para que ella no se percatase (me he percatado, te has percatado, nos hemos percatado) de lo erizado que tenía el vello.

Tan erizado como el aftermath de la primera noche, allí en el parque poniendo caras estúpidas frente a su cámara, besándose y contándose sus vidas como si llevasen esperándolo toda la vida (la de él más larga, la de ella más intensa), y eso que sólo habían pasado unas doce horas desde la obra de teatro a la que él la invitó, y unas catorce desde que él entró en el café, hecho un auténtico basilisco porque ella se había retrasado más de quince minutos, qué niñata, hacerme a mí esto, y entró en el café, se quitó el sombrero, la miró y ya supo que ambos estaban en problemas, porque a él se le había atragantado el cabreo y no podía decir ni mú (tan impropio de él, siempre con la lengua afilada) y ella se había ruborizado ante aquél tipo que escribía tan raro y tan firme, y él supo que su vestido y ella estaban hechos o hechas de las mismas flores, y que a eso lo llamaban flechazo de amor, y que aquello no estaba tan mal, aunque le trajera problemas.

Al hombre del futuro

Hombre del futuro de dentro de dos días,
que se me había olvidado contarte una cosa que me ronda las mentes últimamente. Te preguntarás el porqué de escribir. O tal vez no, y tan solo se trate de una vanidad pasajera de todos los escritores. Vanidad un tanto fuera de lugar, todo hay que decirlo, porque seguro que tú, que no eres más que un fontanero, un cocinero, un telepizzero o cualquiera de esas profesiones que no producen esos regüeldos gustosos de cultura que sí produce el escribir una novela intimista o de corte minimal, o donde se cite a San Agustín y a Calvin Klein en el mismo párrafo; seguro que tú sí que no te preguntas el porqué de tu profesión, ni la esencia de la silicona, la magia bicarbonatada de la levadura, o porqué el secreto está en la masa.

Nosotros que en cambio nos tiramos todo el día entre perífrasis y anacolutos tenemos la necesidad imperiosa, tan imperiosa que ni el propio Napoleón la contuviera en sus pololos, de decir al mundo porqué escribimos. Pues yo digo ¡ea! ¡basta ya! Hombre del futuro de dentro de dos días transmite este mensaje a los escritores de tu generación con gonorrea autocomplaciente:

– Que no escriban por melancolía otoñal, para la melancolía ya está el mismísimo otoño, un clásico: bastantes hojas ya se caen de los árboles como para encima malgastar unas cuantas más describiendo algo que se muestra por sí mismo.
– Que no escriban por creerse muy listos, a día de hoy, todo el mundo sabe leer y escribir, así que es más difícil que antes engatusar incluso al más tonto.
– Que no escriban sus memorias, ni sus viajes. Lo primero no existe y no tiene orden, lo segundo se llama turismo de cultureta. Todos los posibles viajes a la India de todos los posibles nórdicos de todos los mundos posibles, ya están escritos de todas las maneras posibles en el Bhagavad Gita. Y las sopas de moscas no van a aportar nada. Y por supuesto no escribas un libro sobre el Bhagavad Gita. Sería una redundancia cercana al borgianismo.

En definitiva: que escriban por aburrimiento, por dinero, porque están presos y hartos de mandarle cartas a su madre y su amada, porque hace frío y la tele no funciona, el internet anda a pedales y la biblioteca está cerrada. Escribir debería ser lo último que se debería hacer en la vida. Escribir detiene al menos dos vidas: la del escritor y la del lector que para de siliconar o levadurar o amasar para leer su experiencia cercana a la muerte. Escribir es siempre escribir cosas muertas para los muertos.

Carta al futuro.

Esta entrada está escrita en el pasado para ser visualizada por las gentes del futuro.

Hola habitante del futuro.
Quizá no me conozcas, y yo desde luego a ti tampoco. ¿Qué tal es vivir en el futuro?
No creo que en estos dos o tres días que han pasado hayan ocurrido muchas cosas. Ni vacuna del SIDA, ni viajes interestelares, ni gaitas. Lo más probable es que estés sentado en el trabajo, evitando hacer algún balance de cuentas; en tu casa, obviando los exámenes finales o en la playa, de la que ya estás más que aburrido.

¿Cómo eran las cosas en el pasado de hace dos días? Qué podría contarte, qué no supieras. De entrada, hacía sol. Una leve brisa agitaba los árboles, pero eran árboles estándar, de estos que no tienen ni nombre ni fruto, y que los ayuntamientos plantan para cumplimentar el teñido de verde compulsorio de las aceras. Al menos daban fresco. A lo mejor esto no te importa, es igual. Seguramente en el futuro tengáis los mismos árboles, un poco más viejos, un poco más desmemoriados, pero árboles a fin de cuentas.

Las chicas aún salían con minifalda a la calle y los chicos se les quedaban mirando. Son las cosas que tienen los veranos aquí. En otros sitios, por estas fechas no es verano sino invierno, así que uno no puede salir tranquilamente a la calle, sentarse en un banco y pasar la tarde haciendo esto: se helaría. Y además ninguna se atrevería ni por asomo a ir en minifalda. En vez de eso (juntarse en los parques y pasear y tal) pues quedaban en cafeterías o se iban a una discoteca o tomaban café y jugaban al parchís en casa de alguno de ellos. Lo normal vamos.

No sé que más contarte. Había gente triste incluso cuando hacía sol, y había gente que cantaba en su trabajo, incluso si era aburrido. Espero que estas cosas sigan así. Nada me aterraría más que un futuro en el que todo fuera unísono, tanto para lo bueno como para lo malo. Así que espero que tengáis la suerte de tener todas estas cosas allí.

Mándame una postal cuando tengas tiempo.