Yo iba para algo en la vida

El blog en español de Raúl Quirós Molina

Mes: Enero 2008

Lo malo de Billy Collins

Lo malo de Billy Collins es que, aun sin estar muerto, sin pertenecer a una generación des enfants terribles y siendo un simple profesor neoyorkino haya conseguido vender más libros de poesía que muchos de sus adláteres nacionales y de ultramar. Se aduce -desde aquí, España- que practica una poesía bombástica y ramplona, se le compara y desprecia ominosamente con ciertas tendencias españolas de la experiencia -como comparar a Schulz con el bueno de José Escobar– y que por ello cala y se lleva tan requetebien con el inconsciente colectivo norteamericano; y añado, como prácticamente todos los poetas de los años 50 para adelante: Robert Lowell, James Wright, Robert Frost. Lo malo es que hablamos de un país de historia sans Reyes Católicos, Imperios Austrohúngaros, feudalismo, Inquisición, sin la pesada tradición a la que dar justo pago a través de críticos, historiadores, profesores de lengua, editores, antiguos profeta, modernos profetas, etcétera. Si el pecado nacional español es la envidia, unos contra otros; el de los americanos es el de la soberbia: unos encima de otros.

Que en lenguaje poético se podría decir lectura y diálogo con tus contemporáneos, oh, tus lectores. Y eso, no sólo en poesía, no está tan mal.

The Future
by Billy Collins February 4, 2008

When I finally arrive there—
and it will take many days and nights—
I would like to believe others will be waiting
and might even want to know how it was.

So I will reminisce about a particular sky
or a woman in a white bathrobe
or the time I visited a narrow strait
where a famous naval battle had taken place.

Then I will spread out on a table
a large map of my world
and explain to the people of the future
in their pale garments what it was like—

how mountains rose between the valleys
and this was called geography,
how boats loaded with cargo plied the rivers
and this was known as commerce,

how the people from this pink area
crossed over into this light-green area
and set fires and killed whoever they found
and this was called history—

and they will listen, mild-eyed and silent,
as more of them arrive to join the circle
like ripples moving toward,
not away from, a stone tossed into a pond.

Publicado en el New Yorker

El Futuro
por Billy Collins,
4 de Febrero del 2008

Cuando finalmente llegue allí,
y esto llevará varios días y noches,
me gustaría creer que otros me estarán esperando
y que quizá quieran saber cómo fue aquello.

Así que haré memoria sobre un cielo en particular,
o sobre una mujer con un albornoz blanco,
o sobre aquella vez que visité el estrecho
donde tuvo lugar una conocida batalla marítima.

Después desplegaré sobre una mesa
el extenso mapa de mi mundo
y explicaré a la gente del futuro,
vestida con pálidas ropas, cómo fue aquello.

Cómo las montañas florecieron entre los valles
y a esto se le llamó geografía;
cómo los barcos mercantes navegaron los ríos
y se le llamó comercio.

Cómo el pueblo de este área rosada
cruzó la frontera hasta este otro área verde claro
y prendieron fuego y mataron a todo aquel que se topó en su camino,
y cómo a esto se le llamó historia.

Y ellos pondrán atención, con la mirada leve y en silencio,
mientras otros se irán uniendo al círculo,
como las ondas que una piedra deja en el agua cuando cae en un estanque,
hacia el centro, no hacia fuera.

Edita Bartleby, que últimamente se están jugando el tipo.

The Cribs – Men’s Needs
Found at skreemr.com

Meta Ta Physika

I – He encontrado editor.

II – En otro orden de cosas, Los Crímenes de Oxford es la prueba fehaciente de que Álex de la Iglesia no es director de cine, sino un trekkie con dineros, y un síntoma más o menos claro del tipo de cine que se promociona en España. Por ser dadivoso y tocarle con un adjetivo grácil diremos que es panderetesco. Hay una bizarra asunción por parte de los prohombres de generaciones anteriores (comenzando por los que rondan entre los 30 y los 40, y hacia atrás) que considera que ha de perpetuarse “porque funciona” una cierta línea intelectual prehistórico-puertohurraquiana, esto es, un anti-intelectualismo tan feroz como anquilosado en los albores del siglo pasado , e impensable en un mundo tan interconectado en el que cualquier manera de autarquía o nacionalismo cultural es por sí mismo absurdo. Así que, ¿a qué ese provincianismo modernizado de Torrentes, Mortadelos y Filemones, Santiago Segura, tetas y culos, culos y tetas, etcétera?

III- Por plantear una vez más el problema del cine en España: existen dos tipos de espectador, no necesariamente enfrentados, pero de gustos diferentes. Está el espectador que consume cine como elemento de ocio, y está el que consume cine como elemento de cultura. El primero se solaza como lo hace un aficionado en un partido de fútbol: sólo hay tres posibles soluciones al match, gana, pierde o empata. Los fuera de juego se pitan y los corner se sacan con el pie. Cuando el espectador va a ver Spiderman 3 sabe lo que está viendo, y no espera otra cosa que a Peter Parker metiéndole goles al Doctor Muerte. No espera que, por ejemplo, la tía May se suicide y el pobre de Peter tenga que vender su culo para pagar facturas.

El otro espectador se parece más al visitante de museo: a veces sabe de qué trata la exposición, otras se coloca detrás de un barbudo a escuchar sus sabias indicaciones y clases magistrales y en la mayoría de las ocasiones está por la novia o por los colegas.

Pues bien, los franceses, como son muy listos se dijeron a sí mismos: nosotros no podemos competir con el cine de terror estadounidense, las películas de acción estadounidense, las comedias de adolescentes estadounidenses, así que, ¡eh! ¿por qué no creamos el cine francés? Sacamos a unas tías macizas, creamos unos personajes que frivolicen sobre todo y actuamos como si el resto del mundo girara en torno nuestro.

(Continuará…)

Elvis Costello Notting Hill Soundtrack – She
Found at skreemr.com

Niebla

Niebla al llegar a casa, niebla al despertar.

Volver a leer

I – Vives con una pátina perpleja sobre los ojos: el trabajo escocido, el Atleti de Sabina, los rizomas que te has alisado, las microestructuras de poder a 5€ en el IKEA, Cría Cuervos de Saura para hacer el resto de las infancias más felices, la crisis periódica de la Bolsa.

II – Hace tiempo que piensas que los poetas se vuelven pretenciosos con el paso de los años, Antonio Gamoneda que pasa de un anonimato respetuoso a un protagonismo político feroz, César Antonio Molina ministro a la Semprún, Sabina… Un momento, se me ha traspapelado Sabina

III – Diríjase a una biblioteca. Busque en el catálogo un libro del depósito, a ser posible de teoría aporética, de aquellos que no tienen su contrapartida en los anaqueles de los pasillos. Deje que el bibliotecario se revuelva en su asiento y por fin baje a por el mencionado tomo. Tómelo. Hojéelo. Vaya a la estantería y tome uno más vulgar. Lea sólo la introducción.

Cuando alguien desalentadamente afirma: “todo está dicho en poesía” nos hace ver que tal vez ha entendido mal cuál es la función que ha de esperarse de ella. En poesía más bien “todo está siempre por decir”, por cuanto el mundo está siempre cambiando, o “todo está por repetir de nuevo como si aquello se dijese por vez primera”. De la misma manera que al hombre, cuando no ha nacido, no le importa saber que como vivo está repitiendo la vida de los muertos. Nada mengua tampoco el dolor que sufre por saber que antes que él otros han agotado esa experiencia, ni siente marchitado un placer, o disminuida su intensidad, porque sepa que antes alguien lo ha gozado, y quizá en un mayor grado. En este sentido, el nombre que de niños nos debiera corresponder a todos es el de Adán.
Francisco Brines

Entonces escribes. Lees. Y cuando llega, no hay manera de contenerlo. Mira a través de los cristales. Entre los andamios y los edificios de tu patria íntima. Allí estaba.

Sobre la valla de una promoción Sacyr Vallehermoso

Con el tesón de un héroe
trágico, he tratado provocar
la más grande de las desolaciones
a quien se aventuró por mi camino,
hasta que el sordo fuego de mis pies
macabros consumiera nuestra carne,
y el gélido aire de la noche
soplara la ceniza hasta los prados
baldíos en los límites de nuestra ciudad.

La misericordiosa lluvia,
los caprichos del sol,
el estiércol dorado de animales
arbitrarios y ciegos se unirán
un día con la tiera emponzoñada
de cemento y cenizas,
y en las raíces de los brotes incrédulos
uniré mi sustancia a la de aquellos
que arrastré hasta mí y en mis huesos vivieron.

Entre las amarillas grúas
y los chalecos reflectantes
se encarnará entonces,
una vez más,
la vida.

Podría

Podría hablar de que se ha muerto Ángel González y de su libro publicado por Cátedra que leí de vuelta del aeropuerto de Dublín a mi casa ya en proceso de derrumbamiento moral, y de la tregua que el clima proclamó en esos cuarenta y cinco minutos de viaje: asi que abro el libro, escojo un poema y me ordena callar.

¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?

Repaso el inventario de quejas al uso: que me tengan frito las consultoras y sus entrevistas de paja, que no me aplique con la Teoría del Conocimiento, que no tenga casa, que mis sombras no me quieran ni ver, que no tenga ganas de leer ni un libro ni el mundo, que me quieran cobrar medio kilo por publicar (!):

Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y verás que hermosa es la vida:
carne, fríjoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.

Jaime Sabines

Le hablo al dictáfono. Y dos semanas después lo escucho.

Cuando la noche baja
y baja
para conocer su nombre
en tu piel…

Y el reto de la semana…
¿En qué película sale el fragmento de ópera siguiente?
Los que lo sepan escríban al correo y les enviaré una grata sorpresa.

Goldfinger

Todo el club ardía en humo y en música. Ray Dillington se había confabulado con el piano para congelar el aire en el New Rome’s, cerca de la calle 37. Sólo respiraba la piel del pianista. El camarero me dirigió una mueca amarga y le pedí otro vodka con Martini. Entonces me dió por pensar en todas las mujeres que habían pasado por mi vida, y declaré ese momento patético e insulso como el más emocionante de todo el día. Sin nuevos casos, con los de Hacienda pisándome los talones y el único traje en la tintorería aquel antro en aquel preciso instante era lo más cercano al paraíso que había conocido. Cuando yo tenía trece años, hubo una chica que quiso que fuéramos novios: rubita, ojos azules, pizpireta. Había comenzado a fumar hace poco, para aparentar ser mayor delante de las otras chicas. A pesar de tener otras cosas en la cabeza, cosas que le son propias a los chavales de esas edad, dije que sí, no sin cierta desgana. ¿Qué era ser “novio”? ¿En qué cambiarían nuestros juegos? Pasé las dos semanas siguientes tratando de evitarla. Una tarde me encontró por fin y me dijo que no quería ser mi novia nunca más, después rompió a llorar y se marchó corriendo a su casa. Desde entonces, he ido evitando a todas y cada una de las mujeres que he me han amado, con mayor o menor fortuna.
[…]
Y entonces ella entró en la sala como un rompehielos contra un iceberg. No era descaradamente guapa, ni tenía un cuerpo de vicio pero la sala pareció girar por un instante en torno a su sonrisa. Se sentó a mi lado y pareció reconocerme. Yo agaché la cabeza y me bajé el ala del sombrero. Si la miraba, aunque fuese por un segundo, sabía que me metería en problemas. No pude evitarlo: su sonrisa venía a cazarme, maldita sonrisa depredadora. De cualquier modo, si estaba esa noche en ese club, escuchando a ese pianista suicida, borracho de vodka, era siempre por ella, porque sabía que vendría con su vestido de flores azul y su collar tribal. A traerme problemas que yo no podría evitar esta vez.
La Angustia Austríaca, Clark Manzarek

No escupas en mi tumba

I – Lo buscas, lo has probado, es una miel demasiado cercana, demasiado próxima a la química de tu piel. Bienvenido a tu júbilo, amigo.

II – El tipejo de abajo estuvo en Dublín varias veces y ni me molesté en ver de quién se trataba.

III – Ya no puedo leer otra cosa que poetas del hiperrealismo urbano, habrá que retomar, como me sugiere Fánegas de los Pinos, a los clásicos de nuestra adolescencia. Me recomienda La Naúsea, aunque yo soy más de ese Bogart francés llamado Albert Camus. También habrá que seguir la pista a Boris Vian, de quien me metí en una tarde Escupiré sobre vuestra tumba o J’irai cracher sur vos tombes en mis tiernos 15 años y logró levantarme una de las erecciones más salvajes que recuerde leyendo un libro (¡si no la única!). Además murió en la proyección de la película homónima, lo cual le da el toque bizarro a la cosa.

Así que para suplir tal pérdida yo me aficioné al suicidio. Ya sé que esto puede sonar macabro o descabellado pero a mí me ha servido para precisamente no morir de aburrimiento cada jornada. Por la mañana me despierto a eso de las siete y media, me calzo mis zapatillas de estar por casa, realizo algunos estiramientos y me dirijo raudo al cuarto de baño y mientras me cepillo los dientes, comienzo a planear qué muerte debería cometer ese día. Una vez decido, entro en la ducha y exploro los detalles menores del suicidio. Si, por ejemplo, he elegido ahorcarme en la cocina pienso en dónde debería comprar la soga, ya que no vale cualquier cuerda comprada en un supermercada: debería ser alguna parecida a la que usan los barcos para amarrarse al puerto. No hay muchas ferreterías cerca de mi casa, así que tendría que desplazarme en el descanso del desayuno a un supermercado de bricolage a las afueras de la ciudad. Allí tendría un género lo suficientemente extenso para pasar el día allí: cuerdas para tender la ropa, cuerdas para embalar, cuerdas ásperas, cuerdas de tacto agradable, de material sintético, coloridas y clásicas. De paso, me detendría en la sección de menaje para adquirir un gancho o polea que pudiera instalar en el techo de la cocina, ya que el único punto fijo es de la lámpara y mucho me temo que no aguantaría el peso de mi cuerpo pendiendo en el aire. Aunque claro, investigando por foros de internet, he descubierto que no es necesaria tanta parafernalia para llevar a buen término la muerte de uno mismo. Según he podido leer, los cables eléctricos de la general pasan justo por encima del frigorífico, así que bastaría abrir un boquete en la escayola, arrancar un par de sujeciones (con cuidado de no electrocutarme) y después asegurar el resto, realizar un lazo y colgarme allí mismo. El problema, como siempre, es la resistencia. He pensado en otras alternativas, como por ejemplo el cuarto de baño o mi propia habitación, pero las casas modernas parecen construidas a propósito para evitar la muerte intencionada: ya no hay maderos que atraviesen los techos de un lado a otro, balcones lo suficientemente resistentes o altos – acabaría cayendo en la terraza del vecino con probabilidad de que alguien me viese y me salvase, con la consiguiente molestia a la policía, ambulancia y psiquiatras. Otras formas incluyen arrojarse desde un edificio alto, tarea que se me antoja difícil por el hecho de vivir en una urbanización de chalets donde lo más que conseguría sería romperme el apéndice o un pie y aparecer en la portada del diario local, con el consiguiente escarnio de los vecinos. Los barbitúricos son difíciles de conseguir, las cuchillas de afeitar demasiado endebles, los gases del coche son inocuos debido al frenético uso de carburantes ecológicos que no contaminan y así un largo etcétera que exploro cada día que pasa.
Mis días son más largos que los tuyos. Giovanni Materazzi

Las visitas inesperadas

Este año mi fantasma de las Navidades pasadas ha llegado tarde (estamos a principios de enero) y con un aspecto enfermizo. Dice que debido a un documento perdido o traspapelado fue primero a Dublín, luego a Londres, Albania (sic), París, Lyon y por fin Alcalá. Apareció a eso de las cuatro de la mañana, mientras leía cartas de amor y desesperación muy antiguas que nunca llegué a enviar, un placer que me concedo cuando sospecho que estoy demasiado eufórico o que las nimiedades cotidianas no me pesan como para considerar seriamente el apartarme de la vida. Mi fantasma saltó de una confesión donde me prometía convertirme en un terrorista de corte ideológico tan nihilista que incluso las bombas que pusiera o los fusiles con los que fusilaría a mis enemigos estarían fabricados exclusivamente con aire (tanto las armas como los enemigos).

El agotado fantasma se sentó en el sillón que tiene una mancha de ceniza de tabaco, se secó el sudor con un pañuelo que sacó del bolsillo y comenzó a recitar lo que parecía las advertencias y consejos para el futuro venidero. Luego desapareció o salió volando sin que pudiera objetarle algunas de sus predicciones pasadas que jamás llegaron a materializarse.

En cierto modo, aunque la visita de mis fantasmas no deje de inquietarme, se ha convertido en una tradición ineludible de la Navidad: el Gordo, el día de mi cumpleaños, los fantasmas, Nochevieja, etcétera; y por ese mismo motivo ha perdido todo su efecto dramático y aterrador que de pequeño me estremecía. Además, quien sea el que manda a los fantasmas debería cuidar un poco más el casting. Los fantasmas de los últimos años vienen pareciéndose cada vez más a mí, y para que me recuerden que me estoy haciendo viejo ya tengo el espejo. Estoy pensando en poner una reclamación. No sé a quién. Quise entonces encender un cigarrillo pero me acordé de que ya no fumaba y de que había estropeado el sillón, así que me quedé mirando la estela ectoplásmica que el fantasma había dejado en el aire. El sillón también me lo dejó perdido, pero me es igual, odio ese sillón.

Él llegó apresurado y se sentó en la mesa, frente a ella. Trató de no hacer mucho ruido, puesto que el bibliotecario era un tipo gruñón y además apestaba.
Durante la primera media hora estuvo transcribiendo la biografía del doctor Juan José López Ibor de una enciclopedia, la segunda media hora la dedicó a copiar pasajes del libro ‘El español y su complejo de inferioridad’, a en punto levantó por fin la vista y ella la retiró algo azorada.
Empezó entonces el baile en la lengua del silencio: ella levantaba los ojos cuando creía que él la miraba, él se daba cuenta y respondía con los ojos “¿qué?”, y ella se retiraba. Él, extrañado, miraba al rato, ella se percataba y le preguntaba también “¿qué?” con los ojos, él, descubierto, se obstinaba en López Ibor.
Al cabo de una hora de parloteo de esta manera, llamaron a la conciencia de ella el Deber y el Placer, ganó por poco el Deber – Placer aún no había nacido, así que tenía pocas posibilidades -, recogió sus cosas y se puso el abrigo. Se abrochó y se dirigió hacia la salida de la biblioteca. Para olvidar el asunto, él pensó en fumarse un cigarrillo y olvidar al doctor por unos instantes. Pero claro, y aquí está lo gracioso del asunto, ella se había olvidado de devolver un libro, así que tuvo que volver al edificio, de tal manera que los dos entraron al mismo tiempo en el vestíulo, esta vez sin bibliotecarios apestosos, se quedaron mirándose el uno al otro como dos tontos, y claro, decir “hola, qué tal” les resultaba estúpido, así que se besaron mucho y bien en la boca, que es como se dice “hola, qué tal” en la lengua del silencio.
Historias que te pasan o no, Lorenzo Lamprea